Capítulo 6 El primer choque
Adrián empujó el pesado portón de madera, que cedió con un gemido de bisagras oxidadas.
El interior de la iglesia era un vacío gélido, un espacio donde el tiempo se había detenido hace décadas.
Las sombras de las velas, dispuestas sobre una mesa de trabajo improvisada, bailaban frenéticas contra los muros de piedra fría, proyectando formas distorsionadas que parecían observar cada uno de sus movimientos.
El aire, denso y cargado con el olor agrio a cera quemada, humedad de siglos y cal viva, le saturó los pulmones.
Entonces, la vio.
Una figura emergió de la penumbra del ábside, moviéndose con la calma de quien no teme a la oscuridad.
Era Jimena.
Llevaba una camisa de lino arrugado y pantalones de trabajo toscos, cubiertos de una capa grisácea de polvo de piedra.
Sus manos, callosas y manchadas de cal, sostenían un cincel con una naturalidad que le resultó intimidante.
Adrián, impulsado por una urgencia que aún arrastraba desde Madrid, intentó enderezarse, tratando de recuperar el aura de autoridad que le había servido para cerrar negocios millonarios.
—Necesito un teléfono —lanzó, su voz sonando extrañamente hueca en la inmensidad de la nave—. Mi coche se ha averiado y he perdido la señal. Pagaré lo que haga falta por un transporte hasta el pueblo más próximo o por una conexión satelital.
Jimena ni siquiera parpadeó. Lo calibró con la mirada desapasionada de un experto que evalúa un material defectuoso, recorriendo sus zapatos destrozados y su rostro desencajado con una frialdad que le erizó la piel.
—Aquí no hay teléfonos, ni cobertura, ni hoteles —respondió ella.
Su voz era áspera, como si el silencio del páramo hubiera dejado una marca de lija en sus cuerdas vocales—.
El pueblo más cercano con señal está a veinte kilómetros a pie por el monte.
Si esperas que alguien te rescate por el mero hecho de que te hayas perdido, te has equivocado de lugar.
El desdén en su tono encendió una brasa de rabia en el pecho de Adrián.
Intentó dar un paso al frente, un intento de recuperar el espacio y el control, de imponer esa presencia que siempre le había funcionado.
Pero sus piernas, castigadas por la caminata y el pánico, se negaron a obedecer.
Un temblor incontrolable le recorrió los músculos, y se tambaleó.
En un intento desesperado por no caerse, se lanzó contra el andamio tubular que rodeaba el altar.
El impacto sacudió la estructura metálica.
Una hilera de herramientas —mazas de hierro, escarpas y reglas de medir— se precipitó al suelo con un estrépito descarnado que rebotó contra los muros de piedra, rompiendo el silencio como un golpe de martillo.
Adrián quedó allí, apoyado contra el metal frío, jadeando, mientras el eco del desastre se apagaba y la mirada de Jimena, impasible, terminaba de despojarlo de cualquier resto de arrogancia urbana.