Capítulo 5 El esqueleto de adobe
Adrián comenzó a caminar sin un rumbo definido, guiado solo por la inercia de la huida.
La tarde se deshilachaba sobre el horizonte en un azul medianoche frío, un tono que parecía absorber el calor que aún quedaba en el aire.
Sus mocasines de cuero, diseñados para las alfombras del Paseo de la Castellana y el mármol de los lobbies, se estaban desintegrando a cada paso.
La piedra rota de la estepa turolense, afilada como navajas, le destrozaba las plantas de los pies, pero el dolor físico era, paradójicamente, lo único que le impedía perder la razón.
El viento, una presencia constante en aquel desierto, le cortaba la piel del rostro con un silbido metálico.
Adrián caminaba con la mirada baja, hasta que una ondulación del terreno lo obligó a coronar una loma.
Allí, el paisaje se detuvo. Ante él se alzaban las siluetas desdentadas de una aldea abandonada: un amasijo de muros de adobe devorados por la intemperie y vigas de madera vieja que se erguían hacia el cielo como los restos de un naufragio prehistórico.
No había un solo ruido humano.
Ni el zumbido de un coche, ni un pájaro, ni el eco de una voz.
Solo el silbido del aire colándose por las rendijas de las fachadas desplomadas, un sonido que le produjo un escalofrío en la base de la nuca.
Adrián se detuvo, con el pecho agitado. Por un momento, se quedó mirando aquel esqueleto de pueblo y sintió que su propia estructura interna se estaba desmoronando a la par: él también era, a esas alturas, un edificio en ruinas, una fachada de éxito que no guardaba nada en su interior.
La sed, una aridez punzante en su garganta, le nubló la vista, y durante un instante estuvo convencido de que aquel lugar no era real, sino una alucinación inducida por la fatiga y el colapso de su mundo de pantallas.
Pero entonces, el parpadeo de una sombra lo obligó a parpadear.
En mitad del silencio sepulcral, donde la oscuridad comenzaba a adueñarse de cada rincón, distinguió un haz de luz tenue, mortecino y titilante, bailando en el interior de lo que parecía la antigua iglesia del pueblo.
La luz no era eléctrica; era un fuego, una chispa de vida en mitad del cementerio de piedra.
Adrián dio un paso adelante, arrastrando los restos de sus zapatos, con el corazón golpeándole contra las costillas con una violencia que nunca había sentido en ninguna reunión de accionistas.
Había alguien. Y, por primera vez, aquel pensamiento no le produjo alivio, sino un miedo primitivo, atávico, que le erizó el vello de los brazos mientras se acercaba al corazón de las ruinas.