Capítulo 4 El Colapso Digital
El coche dio un último estertor metálico y se quedó mudo.
Un siseo de vapor denso escapó por debajo del capó, elevándose en la tarde gélida como un espectro que se desvanecía en el aire.
Adrián salió al exterior, con las piernas entumecidas, y el silencio del páramo lo golpeó con una fuerza física, un vacío que le zumbaba en los oídos con la insistencia de un aviso de error fatal.
Justo cuando estaba a punto de gritar, el terminal parpadeó una vez, un espasmo de luz pálida, y se apagó de golpe con un destello negro que se sintió como una muerte.
El ataque de pánico estalló en su pecho como una onda expansiva.
Sin ese cristal, sin la conexión constante a los datos, Adrián sintió que su identidad empezaba a disolverse en el aire gélido.
Si no estaba conectado, si no estaba registrado, ¿quién era?
El miedo se transformó en una rabia ciega, una furia animal que no pudo contener.
En un estallido visceral, lanzó el teléfono con toda la fuerza de su desesperación contra una roca calcárea que sobresalía del suelo como un colmillo.
El impacto fue seco. El cristal de la pantalla estalló en mil esquirlas, los circuitos de plástico saltaron en pedazos y el aluminio se deformó contra la piedra, que permaneció impasible, gris y eterna.
Adrián cayó de rodillas en el barro denso de la cuneta, con las palmas de las manos hundidas en la tierra fría.
El aire le faltaba, convertía sus respiraciones en jadeos cortos, roncos, mientras el viento restallaba en las copas de los pinos aislados, un sonido que le recordaba a un latigazo.
Ante sus ojos, los restos inertes del móvil —su única ancla con el mundo de las cifras y el éxito— yacían esparcidos entre el lodo y la cal.
Adrián se quedó allí, colapsado, con los rasguños en sus manos supurando una sangre tibia que se enfriaba al contacto con el suelo.
Estaba solo. Por primera vez en toda su vida adulta, no había nadie al otro lado.