Capítulo 3 El desvío
Buscando alejarse del eco constante de las notificaciones, Adrián giró el volante hacia una carretera secundaria.
El tráfico desapareció. Pronto, la pantalla del navegador empezó a parpadear con una estática errática, incapaz de reconocer el terreno.
Allí donde debería haber una línea recta, el mapa mostraba zonas en blanco, un vacío digital que era el reflejo exacto de lo que Adrián sentía en el pecho.
Por primera vez en su vida, el sistema no podía guiarlo.
De repente, un estruendo metálico —un quejido seco seguido de un arrastre sordo— reventó la calma del habitáculo. Los bajos del vehículo golpearon contra una piedra oculta bajo la gravilla sucia.
Adrián frenó en seco, rodeado por un paisaje de encinas esqueléticas que se retorcían bajo un cielo gris plomo. El silencio que siguió al motor fue absoluto, casi opresivo.
El pulso, que durante horas había mantenido un ritmo frenético, se le congeló en la garganta cuando miró el cuadro de mandos.
La aguja de la temperatura estaba en la zona roja.
Una nubecilla de vapor denso comenzó a filtrarse por el capó, envolviendo el coche en una bruma blanca.
Adrián bajó la ventanilla y el aire del exterior —un viento frío que olía a tierra quemada y a olvido— le golpeó el rostro.
Intentó comprobar la cobertura en su terminal: una raya, apenas un destello parpadeante que se desvaneció al instante.
Estaba atrapado. La seguridad tecnológica en la que había construido toda su identidad acababa de abandonarlo en mitad de ninguna parte.
Adrián se apoyó contra el volante y, mientras el metal del motor crujía al enfriarse, una risa histérica y ahogada escapó de sus labios.
Había huido del ruido del mercado para terminar varado en el silencio absoluto de un páramo que no lo conocía, ni lo necesitaba.