Capítulo 2 La última llamada
El error no fue un estallido; fue un deslizamiento silencioso hacia el abismo. A media mañana, bajo la luz mortecina de los tubos fluorescentes, Adrián ejecutó una orden de venta inversa que, en menos de tres segundos, pulverizó la cartera histórica de su cliente más antiguo.
El vacío que dejó aquella transacción no fue solo financiero: fue la confirmación de que su brújula interna se había desmagnetizado por completo.
Los terminales empezaron a chillar. Primero fue una notificación, luego una ráfaga de correos, y finalmente el bucle interminable de las llamadas del comité de dirección, que vibraban sobre la mesa como insectos mecánicos.
Adrián se levantó. Sus piernas, pesadas y extrañas, apenas respondían, pero la decisión se tomó en su sistema nervioso antes de que su mente pudiera procesarla.
No recogió sus cosas; no apagó el ordenador.
Dejó el despacho de cristal atrás, sintiendo que las paredes de la oficina se estrechaban como un torniquete.
Al bajar al aparcamiento subterráneo, el aire se volvió denso, cargado de monóxido de carbono y estática.
Sus pasos resonaban con una sequedad antinatural sobre el hormigón.
Solo llevaba las llaves del coche y el móvil, que, en su mano, palpitaba con una insistencia casi dolorosa, como si el propio aparato estuviera tratando de drenarle la vida.
Cuando finalmente alcanzó la rampa de salida y el sol de Madrid golpeó el parabrisas, el calor del asfalto le devolvió un soplo de realidad insoportable.
Era un muro térmico, una bofetada que le recordó que la ciudad ya no tenía nada para él.
Su socio principal, el hombre que le había entregado el timón de la firma, volvía a llamar.
El nombre parpadeaba en la pantalla del móvil, posado en el asiento del copiloto como una bomba de relojería.
Adrián no miró el dispositivo. Metió la primera marcha, pisó el acelerador y se incorporó a la vía de servicio con una brusquedad que hizo chirriar las ruedas sobre la gravilla.
Enfiló la salida hacia la autovía del Nordeste, dejando atrás la Castellana, las torres de cristal y la farsa que había sido su vida hasta ese instante.
A cada kilómetro, el horizonte de la capital se hacía más pequeño.
La crisis de ansiedad le subía por el pecho, un nudo de acero que le impedía articular palabra, pero el movimiento del coche, el zumbido constante del motor y el paisaje que empezaba a dorarse bajo el sol de verano le devolvieron un atisbo de aire.
El teléfono vibró de nuevo, un aviso que pedía explicaciones, lealtad, cifras.
Adrián se limitó a acelerar. El ruido del motor de la M-30, el calor sofocante y el destello cegador sobre las carrocerías de los otros coches se fundieron en un único estrépito.
Ya no había vuelta atrás: había abandonado el naufragio, y ahora, por primera vez en años, solo le importaba el asfalto que le separaba del vacío.