La sed de la piedra (Latidos en silencio nº 8)
© inepub.com
Capítulo 1 El tic-tac del mercado
Las pantallas envolventes se encendieron como un estallido de neón, bañando el rostro de Adrián en una alternancia epiléptica de rojo sangre y verde eléctrico.
La información no fluía, se precipitaba sobre él.
Adrián encadenó tres llamadas simultáneas, gestionando inversores con la voz entrenada de un croupier: firme, desapasionada, absolutamente desprovista de duda.
Mientras su mano derecha deslizaba el ratón con precisión quirúrgica, la izquierda sostenía el auricular, su oído izquierdo habituado al ruido blanco de los datos, mientras el derecho procesaba las instrucciones de los clientes.
El aire acondicionado, un chorro de oxígeno reciclado y gélido, le resecaba las mucosas, creando una atmósfera hermética donde el asfalto que se vislumbraba tras el ventanal —la vida real, el tráfico de Madrid, el cielo de la mañana— parecía una película muda proyectada tras un muro de contención.
Fue entonces cuando el índice asiático sufrió una fractura.
Un movimiento súbito, un desplome de divisas que los algoritmos no habían previsto, hizo que el gráfico principal se tiñera de un rojo absoluto.
El parpadeo de las pantallas se volvió frenético.
Adrián sintió cómo su propio ritmo cardíaco intentaba sincronizarse con la cadencia de los números: sístole, diástole, caída de punto.
El vacío descarnado que solía esconder tras su máscara de infalibilidad comenzó a filtrarse.
Sabía, con una certeza casi animal, que no había margen para la pausa.
En ese mundo de alta frecuencia, el silencio era sinónimo de quiebra y la duda era una rendición.
Si se detenía, si apartaba la mirada de la fluctuación, el mercado lo devoraría sin piedad, dejando al descubierto que él mismo era tan inerte y prescindible como el mobiliario de diseño que ocupaba el despacho.
El dolor llegó de improviso, como un cortocircuito.
Una punzada seca, afilada como un bisturí, le atravesó el lado izquierdo del cuello.
Adrián se quedó inmóvil, con la mano en pausa sobre el ratón.
Por un segundo, el ruido del parqué pareció alejarse, dejando solo el pitido agudo de su propio sistema nervioso.
Era un aviso, una advertencia biológica que el software de la empresa no podía detectar: el motor de su cuerpo estaba girando a demasiadas revoluciones, forzando los pistones hasta el punto de la ignición.
Apretó los dientes, ignorando el aviso, y volvió a pulsar una tecla. El mercado no esperaba a los hombres rotos.