Capítulo veinticinco
Finca Altamira,
Caracas, Venezuela
—¿Que hicieron qué? —La voz de Robin destilaba veneno, a medio camino entre el grito y el siseo.
—Solo intentan protegerte a ti y a la empresa —respondió Zach. Lo habían sorprendido en una posición comprometida con Natalia y llevaba más de dos horas intentando explicar lo que realmente había pasado.
—¿Arruinando mi vida? ¿Qué esperaban conseguir? Y tú. —Le señaló directamente con el dedo—. Llegas aquí haciéndote el simpático y el buen hermano para que bajara la guardia y poder entrar a saco. Ya veo que te ofreciste voluntario sin pensártelo dos veces.
—Por milésima vez, Robin. No pasó nada.
—Ni se te ocurra empezar otra vez con esa mierda.
Siempre haces lo mismo. Tienes que probar a todas las mujeres de tus hermanos para asegurarte de que están a tu altura.
Lo hiciste con Aurora, y ahora intentas colarte y acostarte con Natalia.
Tienes a todas las malditas mujeres del mundo a tu disposición y tienes que venir aquí a hacer esto.
—Te conté lo que pasó de verdad. Te dije la verdad. Te expliqué por qué e incluso te conté lo que ella dijo. Tienes que creerme.
—No tengo que hacer nada de eso. —Llamó a uno de los empleados de la casa. Cuando el hombre mayor llegó, visiblemente alterado por los gritos que llevaban resonando por toda la casa las últimas dos horas, hizo una leve inclinación.
—¿Necesitaba algo, señor?
—Llame al coche.
—¿Va a salir, señor?
—No. —Señaló a Zach con el dedo y escupió las palabras como un latigazo—. Él sí.
—Muy bien, señor.
Cuando el hombre se marchó, el silencio se adueñó de la casa durante unos instantes. Cuando Robin por fin habló, lo hizo en un tono tan bajo que apenas resultaba audible incluso para Zach, que estaba en la misma habitación.
—Estaba poniendo mi vida en orden. Estaba enmendando mis errores.
Me he partido el culo para demostrar que mi familia podía volver a confiar en mí.
Natalia era parte de esa transformación.
¿Sabes lo que es que alguien te quiera? ¿Sabes lo que es tener algo maravilloso, increíble?
¿Sabes lo que se siente al levantarte cada mañana con ganas de comerte el mundo?
Tú no lo sabes, y por eso estás celoso. No podías soportar ver tanta felicidad en mi vida.
No solo te colaste para ver si podías «echarte un polvo con una de Venezuela buenorra», sino que ni siquiera tuviste huevos para admitir lo que estabas haciendo.
Tuviste que inventarte una historia de mierda…
—Te estoy diciendo la verdad —protestó Zach.
—¡Para! Para ya. Asúmelo, madura y dime la verdad.
—Te he dicho la verdad.
—¿De verdad vas a seguir con esa historia? Mira, todos sabemos que eres un mujeriego empedernido. Lo has demostrado mil veces. No hace falta que volvamos a pasar por esto.
—¿Lo que dijo Natalia no te hace pensar que quizás teníamos razón? ¿No ves que podrías estar metido en un lío de verdad? Por favor, Robin, escúchame. Te lo suplico. Solo intentamos ayudarte.
—¿Sabes qué? Estoy harto. Ya hemos pasado por esto cien veces. Vete. Recoge tus cosas y lárgate. —No había ni amabilidad ni rencor en su tono.
Al ver que le resultaba imposible razonar con su hermano, Zach salió por fin de la habitación.
En el silencio que siguió, varios minutos después, oyó cerrarse la puerta principal en la planta baja, el sonido de las puertas del coche al cerrarse, el zumbido de la verja y el golpe metálico cuando encajó en su marco y quedó asegurada.
Solo unas horas antes, Robin había tocado el cielo.
Su hermano estaba allí. Se llevaban bien y Natalia era la guinda del pastel.
Todo iba de maravilla hasta que se hundió en lo más profundo, cuando vio a Zach y Natalia abrazados en la terraza.
Se quedó helado y los observó durante un largo instante, luego reprimió su rabia y habló con normalidad mientras se acercaba.
No acusaría a Natalia; ella no era más que otra víctima de Zach.
Sin duda él le había prometido algo a cambio de su traición.
Los dos se habían separado al instante en cuanto él llegó, prueba adicional de la traición de Zach.
Haciendo un esfuerzo por mantener el control, le había lanzado una mirada furiosa a Zach, pero logró guardar las formas.
Al cabo de unos momentos, Natalia se había excusado diciendo que estaba agotada tras el día que había tenido y que los dos hermanos tendrían mucho de que hablar.
Él la había acompañado hasta la puerta y la había mandado a casa en su coche.
Había notado algo diferente en ella, y parecía que había estado llorando.
Cuando volvió de despedirla, Zach se había trasladado al estudio, que le servía de despacho y también de sala para tomar brandy y fumar puros después de cenar.
Como si no pasara nada entre ellos, Zach estaba sentado con media copa en la mano y un puro entre los dientes. Ya le había servido una copa a Robin.
La confrontación había empezado de forma tranquila mientras Robin buscaba las palabras adecuadas para la tormenta que estaba a punto de desatarse.
La primera pregunta pilló a Zach completamente desprevenido.
Robin vio la sorpresa en sus ojos. El maldito traidor había dado por hecho que se había salido con la suya.
A su acusación le siguió la patética excusa que Zach había intentado usar como explicación.
Zach le había contado que Rebecca había investigado las agencias de citas y descubierto que una de ellas —a través de varias capas— conducía a un frente revolucionario llamado SLG ubicado en la frontera entre Colombia y Venezuela.
Le había dicho que Rebecca no estaba segura de si Robin había conocido a Natalia a través de esa agencia en concreto, pero que sospechaba que Natalia era una infiltrada a sueldo, contratada para acercarse a él y sacarle información.
O para distraerlo mientras hacían algún movimiento, probablemente contra Guyton Industries Commodities Trading en Venezuela.
Había seguido explicando cómo habían decidido poner a prueba a Natalia para ver si sus sentimientos por Robin eran reales o si le habían pagado para seducirlo; así que Rebecca había ideado el plan de que Zach desplegara su encanto y viera cómo reaccionaba Natalia.
Rachel le había presentado la idea a Aurora, quien en un principio se había opuesto porque creía que Natalia era sincera.
Sin embargo, por el bien de la empresa —y probablemente porque esperaba que Zach se llevara una bofetada— había aceptado.
Zach le explicó cómo había intentado coquetear con ella y tirarse a la piscina durante toda la noche, pero ella solo le había respondido con una sonrisa tolerante y educada.
Luego le contó que cuando Robin había ido al baño, le había propuesto abiertamente quedar con él.
En el momento en que lanzó el anzuelo, ella se echó a llorar y se apoyó en su hombro.
Entre sollozos, había dicho: «Robin está metido en un lío».
Robin se había creído la historia hasta el último momento.
Conocía demasiado bien a su hermano. Era un mujeriego de la peor calaña y siempre conseguía exactamente lo que quería.
Robin nunca había entendido qué clase de hechizo era capaz de lanzar su hermano pequeño, pero lo había visto funcionar una y otra vez.
Muy probablemente había funcionado con Natalia. Ella se había marchado avergonzada y…
En cuanto Zach se fue, un pensamiento lo asaltó de golpe: Puede que ella nunca regrese. Apenas las palabras tomaron forma en su mente, sintió un dolor profundo en el pecho y empezó a frotárselo, buscando algo de alivio. ¿Y si nunca vuelvo a verla?
Robin era el más estoico de los estoicos, un hombre nada dado a derramar lágrimas, pero en ese momento se dio cuenta de que podría haber perdido a Natalia por culpa de alguna maniobra descabellada de gente que simplemente no soportaba verlo feliz.
Zach había jurado que Will no sabía nada, pero Robin dudaba incluso de eso.
Todos estaban en su contra, hasta el último.
Querían venganza por sus chantajes, sus maquinaciones para hacerse con el control y los insultos que había proferido contra Aurora y Will.
La angustia se le transformó en un frenesí de rabia al contemplar su propia impotencia.
Robin cabalgó esa montaña rusa de emociones hundido en el sillón acolchado del estudio, sirviéndose copa tras copa de brandy.
Aunque el dolor no cesaba, el alcohol seguía quemándole la garganta y nublándole la mente cada vez más, hasta que al final, ya fuera por los efectos de la bebida o por puro agotamiento, la cabeza se le fue hacia delante y se quedó dormido.