La secretaria del multimillonario Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

Oficina de Guyton Industries,

Caracas, Venezuela

—Hola, hermanito —dijo Robin con una amplia sonrisa mientras estrechaba la mano que Zach le ofrecía—. ¿Qué te trae por estos lares? Y sin avisar, además.

—Parece que eso está muy de moda últimamente —se rio Zach mientras estrechaba con fuerza la mano de su hermano mayor.

—Touché —Robin miró los ojos de Zach, habitualmente brillantes y confiados, y vio un atisbo de preocupación, aunque desapareció enseguida.

Lo achacó al jet lag. No estaba seguro de en qué continente había estado últimamente el casanova de Zach, pero seguro que era algún lugar exótico—. ¿Ya pasaste por la casa?

—No. Vine directo aquí porque todavía es temprano. Mandé la maleta a la casa con el coche.

—Entonces necesitarás que te lleve.

—Ese es el plan.

—¿Y si me niego? —Hacía tiempo que no disfrutaban de ese intercambio de pullas, y Robin lo estaba saboreando.

—Supongo que vagaré por el centro hasta que alguna belleza venezolana se apiade de mí —declaró Zach, ajustándose los gemelos con gesto teatral.

Robin no levantó la vista del whisky.

—Guárdate bien la cartera antes de salir. Si vas enseñando dinero por aquí, atraerás algo más que admiradoras —el hielo tintineó mientras daba un sorbo pausado.

—Vale, vale —suspiró Zach, palpándose los bolsillos con fingida solemnidad—. Confiaré únicamente en mi encanto arrollador y mi cara de buen chico.

—Entonces llévate un saco de dormir —dijo Robin impasible—. Va a ser una noche larga.

Zach adoptó un acento callejero espantoso, apuntando a su hermano con los dedos como si fueran pistolas:

—Ey, el pana no sabe ná de mi flow pa ligar—

—Dios —Robin hizo una mueca y por fin levantó la vista—. Eso no era un acento. Era un crimen de lesa humanidad.

—Ya. A ver si tú lo haces mejor.

—Ni siquiera voy a intentarlo.

Robin echaba de menos aquellos tiempos de juventud en los que sentían que tenían libertad para hacer el tonto y bromear entre ellos.

Will siempre había sido el serio, mientras que él y Zach eran más dados a pasárselo bien.

En algún momento, cuando Robin empezó a estudiar contabilidad, se volvió mucho más serio y reservado.

Las cosas se habían ido tensando entre los hermanos a medida que competían por la aprobación de su padre dentro de la empresa, y él y Zach se habían distanciado; con Will también.

En parte, de eso había ido su viaje a Georgia: de tender puentes. Y parecía haber funcionado.

—Bueno, el viejo dice que estás haciendo un trabajo estupendo aquí. Me enseñó los números.

—¿Papá mirando números? —Sonaba raro. Cuando John Guyton dijo que se retiraba y lo dejaba todo en manos de los chicos, Robin supo que iba completamente en serio.

—No. Fue Will. Joder, se han cambiado los papeles con el viejo. Ahora él es el serio, centrado y ambicioso, mientras que el viejo está de juerga sin parar.

Robin se rio solo de imaginarse a su padre de juerga.

—Sí. Nos va bien aquí. Hemos tenido crecimientos de un dígito cada mes y espero que este mes pasemos a dos dígitos. Puede que no sea mucho, pero oye, ¿quién se queja?

—Yo no, no pienso quejarme de nada. Y bueno, ¿qué tal Talia?

—¿Talia? —Robin frunció el ceño.

—Talia... diminutivo de Natalia... madre mía, tío, estás en las nubes.

—Qué curioso. Nunca había caído en eso —sonrió y se lo pensó. Le gustaba cómo sonaba—. Está muy bien, la verdad. Este fin de semana tenemos pensado subir a El Hatillo a visitar a sus abuelos.

—¿Qué es un El Hatillo? —El español de Zach era aún peor que el de Robin.

—No es una cosa. Es un municipio pequeño en la ladera de la montaña.

—Tío, te la voy a dejar pasar. Te estás volviendo blandito. Ya no tiene gracia. Esa belleza tuya te debe estar fundiendo el cerebro.

Robin se limitó a sonreír y encogerse de hombros.

—¿Has faltado mucho al trabajo por estar «enfermo»? —preguntó Zach con una sonrisa pícara.

—No. No he estado enfermo para nada.

—Ay, hermano, hermano, hermano. Es como si ya ni lo intentaras.

Robin pilló la indirecta un poco tarde.

—Ah. Ya. Ya caigo. Mmm. Una o dos veces por semana, a veces.

—Madre mía —Zach sacudió la cabeza y de pronto se puso serio—. Oye, ¿hay algún sitio decente por aquí cerca donde tomar ese famoso café sudamericano?

—Pues sí, hay un sitio decente aquí abajo. Hay café en cada esquina por aquí.

—¿Colombiano?

—Nunca pregunto. ¿Qué más da? Son las mismas montañas, ¿no?

—Podrías mentirme y no me enteraría.

—Sí. Vámonos de aquí, nos tomamos un café rápido y luego a casa. Te voy a dar una paliza al billar antes de que llegue Talia.

—Mira tú, ya lo estás usando.

Zach estaba disfrutando de una camaradería que no habían compartido en años.

Y eso le hacía sentirse fatal por el verdadero motivo de su visita.

Al principio, había rechazado de plano la petición de Rebecca.

Hizo falta que Aurora interviniera y que comprendiera la situación potencialmente peligrosa que podría acechar bajo la superficie de Guyton Industries para que aceptara; aun así, el asunto todavía podía estallarle en la cara.

Lo único que terminó de convencerlo fue la oportunidad de vengarse un poco por cómo Robin le había tendido una trampa y, como consecuencia, le había hecho pasar un fin de semana en una cárcel de las Bermudas.

Las partidas de billar —porque fueron varias— entre los dos hermanos habían sido tan reñidas como de costumbre, y costó lo suyo arrancarlos de la mesa cuando insistían en jugar «solo una más» para empatar.

Zach llevaba una partida de ventaja, y eso no le hacía ninguna gracia al hermano mayor.

Quien logró separarlos fue Natalia, enfundada en un vestido ceñido de rayas de cebra y tacones de quince centímetros.

De repente, Zach ya no se sentía tan mal por el encargo que le habían asignado.

Durante el vuelo a Caracas, había deseado que lo de Robin fuera auténtico.

Había visto lo genuinamente feliz que era su hermano.

Pero cierta parte de su anatomía, algo más al sur, albergaba la esperanza de que ella estuviera metida hasta el cuello en asuntos turbios y buscara la manera de comprar su silencio. Sabía exactamente cómo cobraría.

Hubo un tiempo, breve y prometedor, en que él también había probado suerte con el matrimonio, pero tanto él como su entonces esposa descubrieron enseguida que entre ellos no había nada una vez que se apagó la pasión.

Lo resolvieron todo con una anulación discreta, apenas dos meses después de su apresurada boda.

Cuando se acercó a saludar a Natalia, le tendió la mano como buen americano, pero ella la ignoró y se inclinó para darle un abrazo fugaz y un beso.

El aroma que dejó flotando y el suave roce de sus labios carnosos contra su mejilla le provocaron un escalofrío que le recorrió la espalda. «A esto podría acostumbrarme».

Durante la cena, procuró lanzarle miradas coquetas con disimulo, que solo Natalia pudiera captar, y cada vez ella le devolvía una sonrisa. «Esta podría ser la mejor misión que me ha encargado la empresa».

Con Robin siempre cerca, no pudo hacer nada demasiado evidente, y empezaba a preguntarse si tendría ocasión de dar el paso.

Se sentía rastrero por lo que le estaba haciendo a su hermano, sobre todo después de lo bien que lo habían pasado juntos esa tarde y esa noche, pero si Robin se había metido en un lío que le venía grande, más valía que Zach le echara una mano y lo sacara del atolladero.

La oportunidad se presentó por fin cuando los tres disfrutaban de una botella de vino chileno, recostados contra la barandilla de piedra labrada de la terraza trasera.

—Si me disculpan un momento, el café, los cócteles y el vino me han atravesado de arriba abajo. Necesito ir a echar una meada.

—Tío, eso ya no lo dice nadie.

—¿Y qué se dice?

—Ni idea. ¿Necesito mear?

—Eres imposible. —Robin negó con la cabeza, entró en la casa y se dirigió por el pasillo hacia el baño más cercano.

—Bueno, Talia. ¿Te gusta que te llamen así?

—No me molesta.

—Bueno, voy a quedarme por aquí el resto de la semana, y mi hermano tiene trabajo que hacer.

¿Por qué no pasamos un rato juntos? —Era una propuesta sutil que no se pasaba de la raya, pero dejaba la puerta abierta a su interpretación.

La respuesta que recibió no fue ni remotamente la que esperaba.

En lugar de ganarse una bofetada o de que ella aceptara su invitación, se echó a llorar.

Sin saber muy bien qué hacer, la atrajo hacia sí y notó que temblaba con sollozos contenidos.

—Robin tiene problemas —logró decir entre sollozos.