La Santa Compaña: Expediente I CAPÍTULO 2 - EL CAMINANTE DE LA NIEBLA
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CAPÍTULO 2 - EL CAMINANTE DE LA NIEBLA

INFORME RECUPERADO

El siguiente caso fue incorporado al archivo principal tres semanas después del incidente original.

La documentación llegó incompleta.

Parte del material audiovisual permanece inaccesible debido a daños no identificados en los dispositivos de almacenamiento.

Las fotografías anexas presentan distorsiones lumínicas incompatibles con fallos digitales comunes.

Montenegro leyó el expediente por primera vez a las 03:14 AM.

Años después, esa hora aparecería repetida en múltiples registros.

En aquel momento no le dio importancia.

Todavía creía que las coincidencias eran simples errores de interpretación.

El caso comenzó con una llamada de emergencia.

Un hombre aseguraba estar perdido en un camino rural que conocía perfectamente desde hacía años.

La grabación original fue transcrita parcialmente.

TRANSCRIPCIÓN - LLAMADA DE EMERGENCIA

OPERADOR: Emergencias, ¿cuál es su situación?

TESTIGO: Hay alguien aquí…

OPERADOR: Señor, necesito su ubicación.

TESTIGO: No puedo verla… la niebla…

OPERADOR: ¿Está herido?

TESTIGO: No están caminando…

OPERADOR: ¿Quiénes?

[silencio de 11 segundos]

TESTIGO: Creo que me vieron.

La llamada terminó abruptamente.

No hubo gritos.

No hubo impacto.

Solo estática.

El hombre fue identificado como Mauricio Leiva, cuarenta y ocho años, conductor de transporte forestal.

Conocía la carretera donde ocurrió el incidente desde hacía más de dos décadas.

Nunca había reportado problemas psicológicos.

Nunca había mencionado experiencias paranormales.

El vehículo fue encontrado a las 06:52 AM.

Motor apagado.

Puerta del conductor abierta.

Las llaves seguían puestas.

Mauricio apareció sentado a quince metros del camino principal.

Descalzo.

Cubierto de barro húmedo hasta las rodillas.

Y sosteniendo algo invisible entre las manos.

EXTRACTO DEL INFORME POLICIAL

“El sujeto se encontraba consciente pero en estado catatónico parcial.

Repetía constantemente la frase:

‘No podía escucharlos… y aun así sabía que estaban ahí.’”

Montenegro revisó las fotografías anexas.

La primera mostraba el vehículo detenido junto a los árboles.

La segunda enfocaba el barro alrededor del lugar.

La tercera estaba parcialmente dañada.

Pero había algo visible entre la distorsión.

Luces.

Pequeños puntos luminosos suspendidos entre la niebla.

El investigador amplió la imagen digitalmente.

Las luces permanecían.

No producían reflejos normales.

Parecían demasiado estables.

Como si no pertenecieran al entorno.

DECLARACIÓN DEL TESTIGO

(Grabación realizada dos días antes de su muerte)

Mauricio tardó varios minutos en comenzar a hablar.

Su respiración sonaba irregular.

Como si estuviera agotado.

“La niebla apareció demasiado rápido…

Un segundo estaba manejando y al otro ya no veía el camino.

Pero no era niebla normal.

Era… silenciosa.”

El hombre hizo una pausa larga.

“Eso fue lo primero que noté.

El sonido desapareció.

El motor.

La lluvia.

Todo.”

Montenegro subrayó aquella frase inmediatamente.

Coincidía exactamente con la advertencia encontrada en la libreta negra.

“El sonido desaparece primero.”

La declaración continuaba.

“Entonces vi las luces.

Pensé que eran personas ayudando.

Pero no se movían bien.”

El testigo comenzó a temblar en la grabación.

“No caminaban…

Se deslizaban.”

La entrevista se interrumpió durante treinta segundos debido a una falla de audio.

Cuando regresó, Mauricio estaba llorando.

“Había muchos.

Todos iguales.

Todos mirando al frente.”

El entrevistador le preguntó cuántos eran.

Mauricio respondió casi de inmediato.

“No lo sé…

Pero seguían apareciendo detrás de la niebla.”

Luego dijo algo que Montenegro no logró olvidar.

“Y al frente iba uno distinto.”

Silencio.

“Ese no estaba muerto.”

La grabación terminó pocos minutos después.

Mauricio Leiva murió seis días más tarde.

Infarto fulminante.

Sin antecedentes cardíacos.

Montenegro cerró lentamente el archivo.

La lluvia seguía golpeando las ventanas del despacho.

Pero algo había cambiado.

Ahora podía escuchar otro sonido.

Muy leve.

Rítmico.

Como pasos arrastrándose en el piso superior del edificio.

Miró el reloj.

03:14 AM.

Otra vez.

El investigador se levantó lentamente y caminó hasta la puerta del despacho.

Vacío.

El pasillo estaba completamente desierto.

Pero el olor seguía ahí.

Tierra húmeda.

Cera derretida.

Madera mojada.

Volvió al escritorio.

La libreta negra permanecía abierta.

No recordaba haberla dejado así.

Había una nueva anotación escrita al final de la página.

Esta vez reconoció la letra.

Era suya.

“Siempre hay uno vivo.”

Montenegro retrocedió lentamente.

No recordaba haber escrito eso.

Y lo más inquietante…

la tinta todavía estaba húmeda.

Esa noche, por primera vez desde que abrió el expediente, el doctor Elías Montenegro consideró una posibilidad que había evitado toda su vida profesional.

Algunas historias…

no querían ser explicadas.