La Santa Compaña: Expediente I CAPÍTULO 1 - ORIGEN DEL EXPEDIENTE
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La Santa Compaña: Expediente I

La Santa Compaña: Expediente I

Por Jose Vega

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CAPÍTULO 1 - ORIGEN DEL EXPEDIENTE

La primera carpeta apareció sin remitente.

No tenía sellos. No tenía dirección. No tenía marcas de envío.

El guardia del edificio juró no haber visto a nadie entrar.

Cuarenta y dos minutos de grabación vacía.

Sin estática. Sin cortes. Sin imagen.

Vacía.

Montenegro anotó aquello como un fallo técnico y abrió la caja esa misma mañana.

Dentro encontró documentos antiguos cuidadosamente organizados:

​●​        Fotografías deterioradas

​●​        Cartas manuscritas

​●​        Registros policiales incompletos

​●​        Informes médicos sin firma

​●​        Dibujos infantiles

​●​        Y una libreta negra atada con cuerda húmeda

La libreta no tenía título.

Solo un símbolo grabado en la tapa.

Una cruz torcida.

El doctor Elías Montenegro llevaba años investigando fenómenos relacionados con creencias funerarias europeas. Había dedicado gran parte de su carrera a analizar rituales de duelo, folklore rural y mitologías vinculadas a la muerte.

No creía en fantasmas.

Nunca lo hizo.

Su trabajo consistía en encontrar el origen racional detrás de las historias.

Miedo colectivo. Trauma. Sugestión cultural.

Siempre había una explicación.

Hasta ese momento.

NOTA MANUSCRITA RECUPERADA

(Autor desconocido)

“No recopiles sus nombres.

No los escribas juntos.

Cuando empiezan a repetirse…

ellos escuchan.”

Montenegro comenzó a revisar los documentos durante la tarde.

El primer caso provenía de Galicia, España.

Año 1887.

Una familia completa abandonó una aldea costera después de asegurar haber visto una procesión atravesando los bosques cercanos al cementerio parroquial.

Las declaraciones eran confusas.

Pero coincidían en tres elementos:

​●​        figuras encapuchadas

​●​        velas encendidas

​●​        un hombre vivo caminando al frente

Eso llamó la atención de Montenegro.

Porque el mismo patrón aparecía en otro documento fechado décadas después.

Y luego en otro.

Portugal. Asturias. Chile.

Distintos lugares.

Mismos detalles.

A las 18:43, Montenegro escribió por primera vez el término que más tarde aparecería repetido cientos de veces dentro del expediente.

Santa Compaña.

La lluvia comenzó al anochecer.

Golpeaba las ventanas del despacho con una intensidad irregular, como si el viento cambiara constantemente de dirección.

Montenegro apenas lo notó.

Había encontrado algo más importante.

Un informe policial chileno fechado en 1979.

El documento describía la desaparición de un conductor en una carretera rural del sur del país.

El vehículo apareció abandonado.

Motor encendido.

Luces funcionando.

Puertas abiertas.

Sin rastros de violencia.

Pero el detalle final estaba subrayado tres veces por alguien:

“Se detectó tierra húmeda sobre el asiento del conductor, pese a no existir barro en las inmediaciones.”

Montenegro sintió una incomodidad difícil de explicar.

No miedo.

Todavía no.

Solo una sensación persistente de familiaridad.

Como si ya hubiera leído aquello antes.

A las 21:12 ocurrió el primer incidente.

La electricidad del despacho se interrumpió durante exactamente nueve segundos.

Los generadores del edificio nunca fallaban.

Sin embargo, las luces se apagaron completamente.

Cuando regresaron, Montenegro descubrió algo extraño.

La libreta negra ya no estaba cerrada.

Ahora se encontraba abierta sobre el escritorio.

Él estaba seguro de no haberla tocado.

Las páginas se movían lentamente por el viento de la ventana entreabierta.

O eso creyó.

Hasta que notó algo.

No había viento.

Montenegro se acercó lentamente.

La página abierta contenía una única frase escrita con tinta oscura:

“El sonido desaparece primero.”

El investigador frunció el ceño.

No recordaba haber visto aquella frase antes.

Revisó las páginas anteriores.

Vacías.

Revisó nuevamente.

La frase seguía ahí.

A las 22:07 decidió abandonar el despacho.

No por miedo.

Por agotamiento.

Guardó los documentos dentro de la caja gris y apagó las luces.

Pero antes de salir, se detuvo.

Algo había cambiado.

El ruido de la lluvia.

Había desaparecido.

El silencio dentro del edificio era absoluto.

Demasiado absoluto.

Montenegro permaneció inmóvil varios segundos.

Escuchando.

Nada.

Ni motores. Ni tuberías. Ni viento.

Entonces oyó algo.

Pasos.

Lentos.

Arrastrados.

En el pasillo exterior.

El investigador observó la puerta del despacho.

Las luces del corredor permanecían encendidas bajo la rendija inferior.

Las pisadas continuaron.

Una detrás de otra.

Sin prisa.

Como si algo recorriera el pasillo buscando una puerta específica.

Montenegro intentó convencerse de que era otro empleado.

Un guardia.

Cualquiera.

Pero los pasos no sonaban normales.

No tenían ritmo humano.

Parecían… sincronizados.

Entonces se detuvieron.

Justo frente a la puerta.

Silencio.

Montenegro sintió la presión en el pecho antes de comprender que había dejado de respirar.

Esperó escuchar golpes.

Una voz.

Cualquier cosa.

Pero no ocurrió nada.

Los segundos avanzaron lentamente.

Y entonces…

un olor húmedo comenzó a filtrarse bajo la puerta.

Tierra mojada.

Cera quemada.

Y algo más difícil de describir.

Un aroma antiguo.

Como madera podrida bajo lluvia.

El investigador retrocedió lentamente.

Miró nuevamente la libreta negra.

Ahora había otra frase escrita.

No la vio aparecer.

Simplemente estaba ahí.

“No abras la puerta.”

Montenegro sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Las luces comenzaron a parpadear.

Una vez.

Dos veces.

Y luego se apagaron.

La oscuridad cubrió el despacho por completo.

Y en medio del silencio absoluto…

escuchó campanas.

Lejanas.

Lentas.

Funerarias.