La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo final #3
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Capítulo final #3

Tavish vio cómo las mejillas de Eleanor volvían a encenderse y cómo una fina capa de sudor comenzaba a perlársele la piel ya seca.

Su respiración se volvió más agitada y, por la expresión de su rostro, comprendió cuánto estaba disfrutando de aquel momento.

Entonces ella lo rodeó con las piernas y lo atrajo todavía más hacia sí.

—Tavish, no pares... —le suplicó, aferrándose a sus hombros.

Tavish buscó sus ojos y encontró en ellos la certeza que necesitaba: Eleanor ya no quería que siguiera conteniéndose.

Dejó escapar un gemido ronco y volvió a besarla, esta vez con una pasión mucho más brusca, sin aquella delicadeza con la que la había tratado hasta entonces.

Sus poderosos brazos la estrecharon con fuerza ruda, los músculos se le tensaron y sus cabellos rojizos cayeron desordenados sobre la frente.

Toda la fogosidad que había reprimido durante tanto tiempo afloró de golpe, transformando sus besos y sus caricias en una demostración de deseo arrebatador.

Eleanor se aferró con más fuerza a sus hombros, sorprendida por aquella intensidad, pero lejos de intimidarse, gimió con más fuerza de alivio y de placer.

Ver a aquel hombre tan orgulloso, tan fuerte y acostumbrado a dominarse, completamente entregado a la pasión que sentía por ella, le produjo una emoción tan indescriptible que alcanzó el cielo poco antes que él.

Aquella no fue la última vez que se buscaron durante la noche.

Permanecieron un buen rato abrazados, recuperando el aliento entre besos y pequeñas risas. Eleanor descansaba sobre el pecho de Tavish, entretenida en acariciar los cabellos rojizos que caían sobre su frente.

—¿En qué piensa, inglesa? —preguntó él.

—En que ha resultado usted un marido bastante exigente, señor MacKinnon.

Tavish soltó una carcajada.

—Todavía no ha terminado nuestra primera noche.

Ella se sonrojó, pero no tuvo ocasión de replicar porque él volvió a besarla.

Esta vez fue Eleanor quien tomó la iniciativa. Lo hizo recostarse entre las almohadas y se acomodó sobre él, contemplándolo con una mezcla de timidez y determinación.

Tavish arqueó una ceja.

—Vaya, vaya... ¿Qué pretende, querida mía?

—Creo que, por una vez, podría dejarme decidir a mí.

La sonrisa de Tavish se ensanchó.

—Soy todo suyo, duquesa.

Eleanor se inclinó para besarlo y Tavish la sostuvo por la cintura, ayudándola a moverse encima de él. Contemplarla así, tan hermosa, tan apasionada y disfrutando de aquella intimidad sin avergonzarse de sus propios deseos, despertó en él un orgullo difícil de describir.

Después de todo lo que Eleanor había sufrido, verla descubrir el placer entre sus brazos le parecía un regalo que jamás habría creído merecer.

Él, que siempre había sido un hombre arrogante, acostumbrado a presumir de sus conquistas y hazañas, comprendió que ninguna de ellas podía compararse con aquello.

Porque no se trataba únicamente de haber despertado su deseo, sino de que Eleanor hubiera confiado en él lo suficiente para compartir aquella felicidad.

Y saber que era él quien conseguía arrancarle aquellas sonrisas, quien podía amarla y hacerla disfrutar de una intimidad que durante tanto tiempo le había inspirado temor, lo hizo sentirse el hombre más afortunado del mundo.

Por primera vez en su vida, Tavish MacKinnon no encontró ninguna insolencia que estuviera a la altura de lo que sentía.

Por eso, cuando Eleanor se dejó llevar sobre él, Tavish se rindió con ella, estrechándola entre sus brazos.

Y mientras ambos recuperaban el aliento, la contempló con una sonrisa satisfecha, convencido de que ni cien años a su lado serían suficientes para cansarse de aquella mujer.

Eleanor siempre encontraría alguna manera de sorprenderlo, de desafiarlo y de volverlo completamente loco.

Mucho después, cuando la medianoche había quedado atrás, Eleanor despertó y descubrió que Tavish dormía profundamente a su lado.

Sonrió al contemplarlo.

Se levantó con cuidado y fue a buscar un camisón. La luna iluminaba parte del dormitorio y sus cabellos rubios caían desordenados sobre la espalda.

Estaba a punto de recoger la prenda cuando escuchó la voz de su esposo.

—¿Adónde cree que va?

Eleanor se giró.

Tavish estaba despierto, apoyado sobre un codo, observándola desde la cama.

—A ponerme el camisón, naturalmente.

—Qué idea tan desafortunada.

—¡Tavish! —exclamó ella, riéndose—. ¡No puedo pasarme toda la noche desnuda!

—No veo por qué no.

Él se levantó y se acercó. Eleanor retrocedió un paso, divertida, hasta quedar junto a la pared bañada por la luz de la luna.

Tavish le tomó una mano y la besó.

—Estás preciosa, Eleanor.

—Eres un adulador —empezaron a tutearse de forma natural.

—Y un hombre profundamente enamorado.

La acercó con suavidad, esperando a que ella levantara el rostro hacia él. Eleanor dejó caer el camisón sobre una silla y le rodeó el cuello con los brazos.

—¿Otra vez, señor MacKinnon? —susurró con una sonrisa.

—Solo si mi duquesa lo desea.

Eleanor respondió acercándolo para besarlo.

Tavish la estrechó entre sus brazos y apoyó la frente contra la suya. Durante un instante permanecieron allí, contra la pared, amándose de nuevo.

Después, sus risas se apagaron entre los besos, y la noche volvió a pertenecerles.

Como les pertenecerían tantas otras a lo largo de los años. Noches de pasión, de confidencias susurradas entre las sábanas y de reconciliaciones.

Tavish seguiría siendo un escocés arrogante, fogoso y enamorado del mar. Eleanor continuaría desafiándolo con su inteligencia, su terquedad y aquella manera tan suya de sorprenderlo cuando menos lo esperaba.

Se amarían con el mismo ímpetu con el que batallaban, se harían reír incluso en los peores días y descubrirían, con el paso del tiempo, que todavía les quedaban innumerables cosas por conocer el uno del otro.

Porque la vida no iba a librarlos de las tempestades.

Pero Tavish, que había surcado los mares más peligrosos sin temer a nada, había encontrado por fin algo que jamás había sabido que necesitaba: una mujer con quien compartir cada aventura y un hogar al que siempre desearía regresar.

Y Eleanor, que durante tanto tiempo había vivido prisionera del miedo, había descubierto que todavía le quedaba un mundo entero por conocer.

Esta vez, lo recorrerían juntos.