La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Epílogo
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Epílogo

Cuatro años después. Castillo de Airdmòr.

Lachlan MacKinnon había decidido conquistar Noruega antes de cumplir los cuatro años.

Cuando Tavish entró en la biblioteca, encontró a su hijo de tres años sentado sobre la alfombra, rodeado de pequeños soldados de madera y con un barco de vela que Calum le había regalado por su cumpleaños.

El niño había colocado un mapa antiguo sobre el suelo y señalaba con el dedo una de las costas.

—¿Qué estás haciendo, muchacho?

Lachlan levantó la cabeza. Tenía los mismos cabellos rojos que su padre y una expresión de absoluta determinación.

—Voy a conquistar a los vikingos.

Tavish arqueó una ceja.

—¿Tú solo?

—Con mi barco.

—Una flota formidable, sin duda.

Eleanor levantó los ojos desde el sofá. Tenía a la pequeña Astrid sentada en el regazo y una hoja cubierta de anotaciones fuera del alcance de sus manos.

—Lleva toda la mañana intentando averiguar dónde vivían tus antepasados —explicó—. Le he contado algunas cosas sobre Ragnhildr y ahora está convencido de que necesita conquistar Noruega.

Tavish contempló a su hijo con evidente satisfacción.

—Veo que ha heredado el espíritu aventurero de los MacKinnon.

—Y tu costumbre de querer conquistar territorios sin consultar primero a sus habitantes —replicó Eleanor.

Tavish soltó una carcajada.

—¡Por Dios, inglesa! ¡El muchacho apenas tiene tres años!

—Precisamente por eso me preocupa que ya se parezca tanto a ti.

Lachlan, ajeno a la discusión de sus padres, levantó su pequeño barco.

—¡Papá, tú vienes conmigo!

Tavish se agachó a su lado y examinó la embarcación con toda la seriedad de un capitán.

—Claro, muchacho. Pero primero tendremos que conseguir una tripulación.

—¡Astrid!

La pequeña, al escuchar su nombre, soltó una risa desde el regazo de Eleanor.

Tavish miró a su hija rubia y sonrió.

—Excelente elección. Aunque tendremos que esperar a que aprenda a caminar sin caerse.

—¡Tavish! —protestó Eleanor entre risas.

Él tomó a Lachlan en brazos y se incorporó.

—¿Qué ocurre, querida mía? Estoy formando a la próxima generación de navegantes MacKinnon.

Eleanor negó con la cabeza, divertida.

—Que Dios nos proteja si todos resultan tan temerarios como tú.

La biblioteca comunicaba con una galería donde habían reunido algunos objetos procedentes de Skye.

Torquil les había cedido una espada antigua, demasiado deteriorada para volver a utilizarse, y un brazalete de plata que su familia conservaba desde hacía generaciones.

Eleanor había colocado junto a él una copia del relato de Ragnhildr, sin atribuirle a la joya una dueña que los documentos no permitían identificar.

Las serpientes entrelazadas de la madera eran más recientes. Las había tallado un artesano de Airdmòr siguiendo los dibujos que ella trajo de su viaje a Noruega.

A Tavish le gustaba recorrer aquella galería. A Lachlan le encantaba pasar por ella haciendo rugir a su barco.

—¿Los vikingos tenían uno así?

—Mucho más grande —respondió Tavish—. Podían cruzar el mar sin pedir permiso a nadie.

—También tenían que esperar al buen tiempo —añadió Eleanor.

Tavish volvió la cabeza.

—Estás estropeando la historia, inglesa.

—Estoy procurando que nuestro hijo aprenda algo útil.

Lachlan los observó, poco interesado en aquella diferencia.

—Yo voy con papá.

—Una decisión excelente.

—Después de cambiarte esas mangas —concluyó Eleanor.

El niño suspiró con una resignación tan parecida a la de Tavish que ella no pudo contener la risa.

Astrid decidió entonces que había esperado suficiente. Extendió los brazos hacia su padre y pronunció su nombre con la impaciencia de quien llevaba un año recibiendo atención inmediata.

Tavish acudió a buscarla.

La niña le agarró la barba en cuanto estuvo en sus brazos.

—Eso no, pequeña.

Astrid sonrió. Tenía el cabello rubio, los ojos verdes de Eleanor y una manera de insistir que ninguno de sus padres estaba dispuesto a reconocer como propia.

—Astrid —repitió Tavish, liberándose los pelos uno por uno—. Necesito conservarla.

Habían elegido los nombres sin discutir. La primera vez que Tavish llamó Lachlan a su hijo, se quedó mirando al recién nacido durante tanto tiempo que ella le acarició el brazo.

Con Astrid fue Eleanor quien lo propuso.

La niña le apoyó la cabeza en el hombro.

Tavish dejó la mejilla sobre sus cabellos un instante antes de volverse hacia Eleanor.

—¿Qué estás escribiendo?

—La parte del relato en que Ragnhildr llega a las islas.

Él se acercó al sofá y miró las hojas.

—¿Todavía no ha conseguido casarse?

—Todavía están intentando decidir con quién.

—Eso suele complicar las cosas.

Eleanor sonrió y recogió una página que había quedado bajo el cojín.

—Han dedicado más espacio a las condiciones de la alianza que a lo que ella dijo cuando se negó a aceptarlas.

—Debió de hablar con claridad.

—La suficiente para levantarse de la mesa sin dar su palabra.

Tavish observó el nombre escrito en la parte superior.

—Empiezo a reconocer el parentesco.

Eleanor le rozó una manga.

—A mí me interesa lo que pudo costarle hacerlo. Había cruzado el mar, estaba lejos de su casa y todos esperaban que obedeciera. No sabía qué iba a ocurrir si se negaba —Él la escuchó con más atención—. Pero sabía que no quería quedarse con aquel hombre.

—Sí. Y merece que la recordemos por algo más que por los descendientes que tuvo.

Tavish contempló la transcripción. Aquella mujer había sido, al principio, un nombre extraño entre los papeles de su abuela. Eleanor le había dado una voz, una voluntad y un lugar en sus conversaciones familiares.

—¿Crees que me habría soportado?

Ella lo miró de arriba abajo.

—Habrías tenido que esforzarte.

—Eso explica mi afición por las inglesas.

Eleanor se rio y volvió a ordenar las hojas.

Había terminado buena parte del trabajo durante una travesía por la costa escocesa. Otras notas procedían del viaje que hicieron a Noruega antes del nacimiento de Astrid.

Todavía conservaba el cuaderno que Tavish le había regalado durante sus primeras investigaciones, uno de sus tesoros más queridos.

Sus páginas estaban llenas de anotaciones, dibujos apresurados y observaciones que su marido había añadido sin permiso, a menudo acompañadas de algún comentario insolente que todavía conseguía hacerla sonreír.

Habían aprendido a distribuir los viajes entre las obligaciones de Airdmòr y las necesidades de los niños. Calum seguía gobernando el  Ròs na Mara  cuando Tavish permanecía en tierra, y nunca faltaban las cartas de sus familiares.

—Fiona ha escrito —dijo Tavish, señalando el sobre—. Nos esperan en Eilean Ròs el mes próximo.

—Lo sé. Me ha pedido que averigüe cuántos días piensas quedarte. Al parecer, tú solo has prometido llegar.

—No quería comprometerme demasiado.

Eleanor arqueó una ceja.

Tavish sonrió.

—Dos semanas.

—Se lo escribiré antes de que cambies de opinión. Ah, y mi tía vendrá con mi padre a finales de este año, no te marches.

La niñera apareció poco después para llevarse a los niños a merendar.

Lachlan quiso conservar el barco. Astrid se negó a abandonar los brazos de su padre hasta que su hermano empezó a caminar hacia la puerta. Entonces señaló en aquella dirección con urgencia, como si nunca hubiera tenido otra intención.

Tavish la entregó y le dio un beso.

—Procura dejarle algo a tu hermano.

La niña respondió tirándole del cuello de la camisa.

Cuando se quedaron solos, Eleanor dejó sus cuadernos encima de una mesa.

—Tus hijos.

—Hace un momento eran nuestros.

—Hace un momento no había descubierto el agua debajo de la silla, parece ser que Lachlan ha empezado a traerla para el barco de madera.

Eleanor llevaba un vestido azul oscuro, el cabello recogido sin demasiado esmero y una pequeña mancha de tinta en un dedo, como siempre.

Había aprendido a conocer su belleza en mañanas muy distintas: vestida para recibir invitados, adormilada junto a una cuna o levantando los ojos de un libro para decirle que llevaba demasiado rato interrumpiéndola.

Seguía gustándole conseguir que lo mirara.

Le rodeó la cintura.

—Ven aquí, inglesa.

Ella apoyó las manos en su pecho.

—Cuatro años de matrimonio, dos hijos escoceses y todavía me llamas así.

—No puedo olvidar de dónde viniste. Habría tenido una vida mucho más tranquila si no hubieras cruzado la frontera.

—Podrías haberme dejado marchar.

Tavish negó despacio.

—No habría sabido cómo echarte de menos toda la vida.

La respuesta la hizo quedarse quieta.

Él aprovechó para besarla. Eleanor se acercó y le sujetó el cuello de la camisa, demorándose lo suficiente para que Tavish olvidara las cartas que aún debía responder. Cuando ella se apartó, no la soltó.

—Tengo que terminar esas páginas —murmuró.

—Llevan siglos esperando.

—Ragnhildr no tiene la culpa de habernos dejado un descendiente tan impaciente.

Tavish se rio contra su mejilla.

—Entonces saldré contigo al jardín y dejaremos de molestarla.

Eleanor miró el escritorio. Después cerró el tintero.

Él recogió su chal y se lo puso sobre los hombros. Antes de que pudiera ofrecerle el brazo, ella se volvió para besarlo otra vez.

—Te amo, Tavish.

La sonrisa de su marido perdió toda burla.

—Yo también, querida mía.

Desde algún lugar les llegó la voz de Lachlan reclamando que nadie tocara su barco. Eleanor soltó una risa y Tavish le enlazó los dedos.

En aquella casa habían guardado armas, documentos y pruebas de un linaje que él tardó media vida en conocer. Ahora también había juguetes debajo de las sillas y dos niños que respondían a los nombres de sus padres.

Tavish miró a su esposa antes de cruzar el umbral.

Algún día sus hijos le preguntarían por la sangre vikinga, por el broche y por el ducado. Les contaría cuanto supiera. Pero su historia favorita seguiría empezando en un muelle, el día en que una inglesa se giró para descubrir que él todavía la estaba mirando.

Gracias de corazón por leer La sangre vikinga del Highlander y acompañarme hasta el final de esta maravillosa historia de amor.  Espero que Tavish y Eleanor hayan conquistado vuestro corazón tanto como conquistaron el mío. Pulse aquí para leer la siguiente entrega...