La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo final #2
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Capítulo final #2

Tavish la contempló, fascinado. Era la primera vez que veía a Eleanor completamente desnuda y, por un instante, se quedó sin palabras.

Bajo el agua tibia se adivinaban las delicadas curvas de su cuerpo, mientras su larga cabellera rubia flotaba alrededor de sus hombros como una cascada de oro.

Tenía la piel blanca y sedosa, las mejillas encendidas y aquellos preciosos ojos verdes, enmarcados por largas pestañas claras, que lo habían cautivado desde el primer día.

Parecía una sirena de cabellos dorados, tan hermosa que Tavish no podía creer que aquella mujer fuese su esposa.

Y él, que siempre encontraba alguna insolencia que decir, se descubrió incapaz de apartar los ojos de ella mientras le daba placer y le arrancaba gemidos.

Entonces Eleanor hizo algo que sorprendió incluso a Tavish.

Se puso de pie en la tina, dejando que el agua resbalara por su cuerpo.

Durante un instante sintió el impulso de cubrirse, pero ella se resistió.

Había pasado demasiado tiempo sintiendo vergüenza de su propia desnudez, temiendo una cercanía que ahora, por primera vez, deseaba sin reservas.

Tavish le ofreció la mano para ayudarla a salir, atónito ante la belleza de Eleanor, y, en cuanto ella puso los pies sobre la alfombra, se lanzó a sus brazos. Le rodeó el cuello con fuerza y escondió el rostro contra él, empapándole la camisa.

Tavish la sostuvo completamente desnuda, sorprendido por aquel arrebato tan poco propio de ella.

—¡Cuidado, querida mía! —murmuró, estrechándola contra su pecho—. Va a conseguir que terminemos los dos en el suelo.

Eleanor soltó una risita nerviosa, pero no lo soltó. Le temblaban ligeramente los brazos. Había necesitado reunir valor para dar aquel paso y, sin embargo, ahora que estaba entre sus brazos, no deseaba retroceder.

—Quería abrazarlo —confesó, levantando hacia él sus hermosos ojos verdes y brillantes—. Sin tener que pensar antes si debía hacerlo.

La mirada de Tavish se oscureció con aquel deseo que Eleanor ya había aprendido a reconocer.

Sintió la dureza de su excitación contra el vientre y, por primera vez, en lugar de asustarse, deseó que no hubiera más barreras entre ellos.

Quería que la hiciera suya, que aquella noche perteneciera a los dos sin que el pasado se interpusiera.

Así que, reuniendo un valor que ni ella misma sabía que poseía, llevó sus manos temblorosas hasta los botones del pantalón de Tavish e intentó desabrochárselos.

Tavish soltó una risa baja ante la impaciencia de Eleanor y detuvo suavemente sus manos antes de quitarse la camisa. Después, sin darle tiempo a protestar, la tomó en brazos.

Eleanor dejó escapar una exclamación de sorpresa y se aferró a su cuello, mientras él la llevaba hasta la cama y la depositaba con cuidado sobre las sábanas.

Todavía estaba desnuda y húmeda por el baño. Sus largos cabellos rubios se extendieron sobre la almohada, mientras algunas gotas de agua resbalaban por su piel. Eleanor poseía una figura de curvas generosas y armoniosas, con una elegancia natural que Tavish encontraba irresistible.

Por fortuna, la chimenea continuaba encendida y el dormitorio conservaba un calor agradable. Aun así, Eleanor se estremeció ligeramente al encontrarse tendida ante él, sin nada con lo que ocultar su desnudez.

Tavish advirtió su repentino pudor y sonrió.

—No irá a avergonzarse ahora, querida mía. Hace apenas un instante estaba intentando desvestirme.

—No me he arrepentido, señor MacKinnon —replicó Eleanor, con las mejillas todavía encendidas—. Pero resulta mucho más sencillo ser atrevida cuando es una quien lleva la iniciativa.

Tavish arqueó una ceja, divertido.

—¿Y quién se la ha quitado, querida mía?

—Usted, con esa manera de mirarme.

—¿Y cómo la estoy mirando?

Eleanor vaciló, pero terminó sonriendo.

—Como si fuera a devorarme.

Tavish soltó una carcajada.

—¡Dios me libre de semejante descortesía en nuestra noche de bodas!

—Es usted un sinvergüenza —murmuró ella, aunque esta vez no intentó cubrirse, dejando que sus pezones quedaran tan expuestos como sus caderas y sus rodillas.

Tavish sonrió ante sus palabras y, sin dejar de observarla, se desabrochó los botones del pantalón. Se lo quitó sin demasiadas ceremonias y lo dejó caer al suelo. Eleanor siguió cada uno de sus movimientos con las mejillas encendidas, pero esta vez no apartó la mirada.

A pesar de lo que había sufrido, jamás había contemplado a un hombre completamente desnudo.

Durante aquella terrible experiencia en el barco, el miedo la había llevado a cerrar los ojos y apartar el rostro.

Ahora, sin embargo, era diferente. Tenía delante al hombre que amaba y, aunque el pudor le hacía arder el cuerpo, sentía una curiosidad que no sabía cómo disimular.

—Puede mirar cuanto quiera, querida mía —murmuró Tavish, con aquella sonrisa insolente que Eleanor conocía tan bien—. Después de todo, soy su esposo.

—¡Tavish! —protestó ella, llevándose una mano a las mejillas ardientes.

Él soltó una risa baja y se acercó a la cama.

—No se avergüence de mí, inglesa. Le aseguro que no tengo ninguna intención de hacerlo de usted.

Se inclinó sobre ella, apoyándose en los brazos para no dejar caer todo su peso, y la besó en los labios. Eleanor le rodeó el cuello y correspondió con una timidez que fue desapareciendo a medida que los besos se prolongaban.

Tavish le acarició el rostro, apartó los cabellos rubios que se extendían sobre la almohada y volvió a besarla.

Esta vez lo hizo con una pasión arrebatadora, dejando aflorar toda la fogosidad de aquel escocés de sangre vikinga que tantas veces había contenido su temperamento por consideración hacia ella.

Eleanor sintió la fuerza de sus brazos, la intensidad de sus besos y el deseo que él ya no podía disimular. Lejos de intimidarla, aquella pasión la cautivó, y se aferró a sus hombros para atraerlo todavía más hacia sí.

Cuando él notó que ella temblaba ligeramente, se detuvo.

—¿Todo bien, querida mía?

Eleanor abrió los ojos. Había algo de nerviosismo en su mirada, pero también una determinación que Tavish no había visto antes.

—Sí —susurró, acariciándole la mejilla—. Quiero estar con usted, Tavish. De verdad.

Él le besó la palma de la mano.

—La amo, Eleanor.

—Y yo a usted.

La besó de nuevo con un ímpetu arrebatador, estrechándola entre sus brazos con una pasión que parecía imposible de aplacar.

Eleanor descubrió que bajo aquella fuerza indómita seguía estando el hombre que conocía cada uno de sus temores y que, incluso en medio de su propio arrebato, estaba pendiente de ella.

Eleanor se dejó llevar por sus besos y caricias, fascinada por el hombre que tenía ante ella.

¡Qué hermoso le parecía! Tan alto, tan fuerte, con aquellos cabellos rojizos y ese aire indómito.

Lo deseaba con una intensidad que jamás habría creído posible.

Casi por instinto, separó ligeramente las piernas para recibirlo.

Tavish, pese a la pasión que lo dominaba, contuvo su impaciencia y buscó sus ojos antes de unirse a ella lentamente, con una ternura que contrastaba con el ímpetu de sus besos.

Durante un instante, Eleanor contuvo el aliento.

Había deseado aquel momento, incluso había sido ella quien lo había buscado, pero la intensidad de las sensaciones la sorprendió. Sus dedos se aferraron con fuerza a los hombros de Tavish y cerró los ojos casi por instinto.

Él vio enseguida su tensión y se quedó inmóvil.

—Eleanor...

Ella abrió los ojos.

Allí estaba Tavish, con sus cabellos rojizos, la cara encendida y aquella expresión de preocupación que contrastaba tanto con su habitual insolencia.

—¿Le he hecho daño?

—No... —susurró ella, todavía algo desconcertada—. Es solo que...

Tavish le acarició la mejilla.

—No tenemos ninguna prisa.

Eleanor notó que él se disponía a apartarse y, antes de que pudiera hacerlo, le sujetó el rostro entre las manos.

—No se vaya.

—No pienso ir a ninguna parte, inglesa.

Ella dejó escapar una pequeña risa nerviosa.

Durante unos segundos él se apartó un poco y ella se limitó a contemplarlo. Aquel era su Tavish. El hombre del que se había enamorado, el que la había hecho reír cuando creía que nunca volvería a hacerlo.

Y comprendió que no tenía miedo de él.

Lo que la había sobresaltado era el miedo de algo que no había elegido. Pero aquello era distinto. Tavish estaba allí porque ella lo deseaba, y sabía que bastaría una palabra para que se detuviera.

Eleanor le acarició el cabello.

—Béseme, señor MacKinnon.

Él sonrió ligeramente.

—Con muchísimo gusto, esposa mía.

Y cuando Tavish volvió a besarla, Eleanor lo abrazó con una confianza que la emocionó más de lo que habría imaginado. Él volvió a unirse a ella lentamente, dándole tiempo para acostumbrarse a aquella intimidad.

Eleanor se estremeció, sorprendida al descubrir que aquella cercanía podía despertar sensaciones tan placenteras y una felicidad que jamás habría imaginado sentir de aquella manera.

Por su parte, Tavish tuvo que hacer un esfuerzo extraordinario para dominar la fogosidad de su temperamento.

La deseaba con una intensidad que apenas conseguía contener, pero nada le importaba más que Eleanor.

Quería que disfrutara de aquel momento tanto como él, que no tuviera que apresurarse ni hacer nada para complacerlo.

Estar así con ella, sentirla abrazada a su cuerpo y saber que se entregaba a él por voluntad propia, ya le parecía el mismísimo paraíso.

Podía esperar cuanto hiciera falta. Por Eleanor, habría esperado toda una vida.

Tavish comenzó a moverse lentamente en su interior, descubriéndola mientras se dejaba descubrir, sin apresurarse y atento a cada una de sus reacciones.

Poco a poco, Eleanor comenzó a gemir de nuevo, como lo había hecho en la tina bajo sus caricias.

Entonces él buscó sus labios y volvió a besarla apasionadamente, mientras le acariciaba un seno y jugueteaba con delicadeza con su pezón.