La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo final
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Capítulo final

Eleanor se despidió de los últimos invitados con una sonrisa que empezaba a resultarle difícil mantener. Había bailado, recibido felicitaciones y escuchado tantas veces que hacía una pareja maravillosa con el duque de Airdmòr que, a aquellas alturas, ya no sabía qué responder.

Tavish le besó la mano antes de dejarla marchar.

—Hasta dentro de un rato, esposa mía.

Eleanor sintió que las mejillas se le encendían.

—No hace falta que lo anuncie delante de todo el mundo, señor MacKinnon.

—¿Que es usted mi esposa? Mucho me temo que ya se han enterado.

Ella le dedicó una mirada de reproche, aunque no consiguió contener la sonrisa.

Una doncella la esperaba al pie de la escalera para acompañarla a sus aposentos.

Eleanor había visitado aquella parte de la casa durante los preparativos de la boda, pero no había tenido ocasión de detenerse a examinarla.

El dormitorio de Tavish era austero, pero con muchos objetos de su infancia.

Habían encendido la chimenea y colocado flores frescas sobre el tocador.

Junto a una de las paredes descansaban sus baúles, ya vacíos, y sus vestidos ocupaban los armarios como si siempre hubieran pertenecido a aquella casa.

La doncella cerró la puerta y se dispuso a ayudarla.

—¿Desea que le prepare el baño, excelencia?

—Sí, gracias.

La muchacha asintió y comenzó a retirar las horquillas que sujetaban el velo mientras ordenaba a otra mujer que llenara la tina con agua caliente.

Eleanor permaneció sentada frente al espejo mientras la doncella trabajaba con una habilidad que delataba la costumbre, había sido enviada desde Airdmòr y sería la joven que la atendiera desde entonces.

Primero desapareció el velo, después las pequeñas flores entrelazadas en el peinado y, finalmente, las horquillas que habían mantenido recogidos sus cabellos durante toda la celebración.

Cuando la última cayó sobre el tocador, Eleanor experimentó un alivio inmediato.

—Creo que tenía más horquillas que cabellos —murmuró.

La doncella sonrió discretamente, era muy educada y reservada.

—El peinado ha resistido toda la velada, excelencia.

—No podría decir lo mismo de mis pies.

La joven se arrodilló para ayudarla a descalzarse.

Después, la doncella desabrochó cuidadosamente el vestido de novia y la ayudó a desprenderse de las distintas prendas hasta dejarla preparada para el baño.

Eleanor se sumergió en la tina de agua tibia, perfumada con aceites esenciales, y dejó caer la cabeza hacia atrás con un suspiro de satisfacción. Cerró los ojos, agradecida por aquel momento de descanso después de tantas horas de celebraciones.

Era la duquesa de Airdmòr.

La esposa de Tavish MacKinnon.

Aquello último seguía pareciéndole extraordinario.

Se relajó tanto que no escuchó cómo las doncellas abandonaban discretamente la habitación por indicación de Tavish. No fue hasta que él carraspeó desde la puerta cuando abrió los ojos sobresaltada.

—¡Señor MacKinnon!

Se incorporó de golpe, haciendo que el agua salpicara el borde de la tina, y se apresuró a cubrirse el pecho con ambos brazos. Tenía las mejillas tan encendidas que habría querido hundirse hasta la barbilla.

Tavish, que permanecía junto a la puerta, levantó las cejas con una expresión de inocencia poco convincente.

—Si lo desea, puedo retirarme.

—¡Oh, no! —exclamó ella de inmediato, arrepentida de su reacción. Alargó una mano como si temiera que fuera a marcharse, pero enseguida volvió a esconderla bajo el agua—. Es decir... No pretendía asustarme de esa manera. No lo he oído entrar.

—Eso he podido comprobarlo.

La sonrisa que asomó a los labios de Tavish hizo que Eleanor se sonrojara todavía más.

—¡No se burle de mí!

—Jamás se me ocurriría burlarme de mi esposa en nuestra noche de bodas.

—Lo está haciendo ahora mismo.

—Un poco —admitió él.

Eleanor bajó la mirada, todavía avergonzada. Después volvió a levantarla y se encontró con los ojos de Tavish, que la observaba sin moverse de la puerta.

Era su marido, recordó de pronto. El hombre al que acababa de prometer amar durante el resto de su vida. Y, sin embargo, aquella certeza no bastaba para hacer desaparecer de golpe el pudor que sentía al saberse desnuda ante él.

—Supongo que tendré que acostumbrarme a estas cosas —murmuró.

—No tiene que acostumbrarse a nada, querida mía —Tavish le tendió una mano desde donde estaba, invitándola a decidir—. ¿Me permite quedarme?

Eleanor contempló aquella mano y luego su rostro. La vergüenza seguía allí, pero también las ganas de tenerlo cerca.

—Sí —respondió finalmente, con una pequeña sonrisa—. Aunque le agradecería que dejara de mirarme como si estuviera a punto de hacer alguna travesura.

Tavish sonrió abiertamente.

—Me temo que acaba de pedirme algo francamente difícil, esposa mía.

No tenía motivos para sentirse avergonzada. Se habían casado aquella misma mañana, delante de sus familias, y Tavish llevaba meses demostrándole cuánto la amaba.

Sin embargo, la perspectiva de encontrarse a solas con él, en aquellas circunstancias, hacía que el corazón le latiera con una rapidez poco razonable.

—Puede cerrar la puerta —dijo ella, al ver que Tavish la había dejado ligeramente entreabierta detrás de él, sin querer presionarla.

Tavish obedeció y cerró la puerta con suavidad, aunque no echó el pestillo. Después se giró hacia ella con aquella sonrisa que Eleanor había aprendido a reconocer como el anuncio de alguna insolencia.

—¿Y ahora, querida mía?

Eleanor se hundió un poco más en el agua, hasta que esta le cubrió los hombros.

—Ahora puede acercarse. No pretenderá quedarse toda la noche junto a la puerta.

—No, desde luego. Tengo planes bastante más interesantes.

—¡Tavish!

Él soltó una carcajada y se acercó a la tina. Eleanor lo siguió con la mirada mientras se arrodillaba a su lado, sin importarle lo más mínimo que sus pantalones pudieran mojarse.

—Está usted preciosa —murmuró.

—Tengo el cabello empapado y estoy completamente despeinada.

—Ya lo veo.

—Y las mejillas coloradas.

—Eso también.

—Entonces no comprendo qué encuentra tan hermoso.

Tavish le apartó un mechón mojado de la frente con una caricia que ella sintió como si la estuviera tocando el bajo vientre de nuevo.

—A mi esposa.

Aquella sencilla respuesta consiguió que Eleanor olvidara por un instante su vergüenza.

Él le tomó una mano, todavía húmeda, y depositó un beso en sus nudillos.

—Llevo todo el día viéndola sonreír a los invitados, bailar con otros hombres y atender a personas que parecían convencidas de tener más derecho a su compañía que yo. Ahora que por fin la tengo para mí, no pienso desperdiciar la ocasión discutiendo sobre su peinado.

Eleanor soltó una pequeña risa.

—Está celoso.

—Terriblemente.

—Pero si he bailado con usted más que con nadie.

—Insuficiente.

Ella volvió a reírse y, sin pensarlo demasiado, levantó la mano libre para acariciarle la mejilla. Tavish volvió el rostro y besó el interior de su muñeca.

El gesto hizo que Eleanor contuviera ligeramente el aliento.

No era la primera vez que la besaba de aquella manera, pero había algo distinto en encontrarse allí, sin criados, sin invitados y sin la obligación de separarse después de unos minutos.

Tavish lo notó.

—¿Se encuentra bien?

—Sí.

Él le acarició los dedos.

—Parece nerviosa.

—Lo estoy —admitió ella—. Aunque no por el motivo que probablemente imagina.

—Entonces tendrá que ilustrarme, querida mía.

Eleanor bajó los ojos hacia el agua perfumada.

—Nunca había estado así con usted.

Tavish guardó silencio.

—Quiero decir... —Se interrumpió, todavía más colorada—. Naturalmente, nos hemos besado muchas veces y usted sabe que lo amo, pero ahora estamos casados y...

—¿Y?

Ella lo miró, exasperada.

—¡No me obligue a explicarlo todo!

Tavish sonrió y le acarició suavemente la mejilla.

—No tiene que explicarme nada.

Eleanor contempló su rostro durante unos segundos. Después se inclinó ligeramente hacia él.

—¿Va a besarme, señor MacKinnon, o piensa seguir haciéndome preguntas?

La sonrisa de Tavish se ensanchó.

—Creía que no iba a pedírmelo nunca.

Se acercó despacio y la besó.

Al principio fue un beso breve, casi juguetón, pero Eleanor no le permitió apartarse demasiado. Le rodeó el cuello con los brazos húmedos y volvió a buscar sus labios.

Tavish respondió con una pasión que hizo que ella se olvidara de la vergüenza. El agua se agitó cuando se incorporó un poco más para acercarse a él, y unas gotas terminaron salpicándole la camisa.

—Está mojándome, inglesa —murmuró contra sus labios.

—Puede apartarse si le molesta.

—Ni por todos los demonios.

Eleanor se echó a reír, pero la risa se desvaneció entre los labios de Tavish cuando él volvió a besarla.

Entonces sintió que su mano, sumergida en el agua tibia, ascendía hasta acariciarle uno de los senos.

La sorpresa la hizo contener el aliento, aunque no se apartó.

La tibieza del agua, unida a la caricia de Tavish, le arrancó un gemido que se ahogó entre los labios de él.

Tavish sonrió, satisfecho por la reacción que había provocado en ella, y deslizó lentamente la mano hacia su vientre, antes de descender hasta aquel lugar íntimo que ya había acariciado durante su encuentro a bordo del Ròs na Mara.

Esta vez, casi por instinto, Eleanor separó un poco más las piernas, permitiendo que la mano de Tavish avanzara y sintiendo su caricia entre ellas.

Tuvo que dejar de besarlo para poder respirar, para poder gemir mientras sentía la humedad de sus carnes más profundas mezclándose con el agua.