La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 22 #5
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Capítulo 22 #5

—Continúe, señor Calum —respondió ella con una dignidad admirable—. Empiezo a encontrar su discurso extraordinariamente revelador.

El pobre hombre miró de nuevo a los invitados.

—Bien, pues... Lo que intento decir es que jamás pensé que vería a Tavish casarse. ¡Y mucho menos con una dama inglesa!

Las risas volvieron a estallar.

—¡Maldito demonio, Calum! —exclamó Tavish—. ¡Siéntate antes de que mi esposa decida anular el matrimonio!

—¡Eso! ¡Por su esposa! —Calum alzó apresuradamente la copa, agradecido por haber encontrado al fin una conclusión—. ¡Por lady Eleanor, que Dios le conceda muchos años de felicidad y todavía más paciencia!

El salón respondió con un brindis entre carcajadas y aplausos.

Calum se dejó caer en su silla, aliviado.

Tavish negó con la cabeza.

—Voy a prohibirte volver a hablar en público.

—Llevas diez años diciéndome que debo aprender a expresar mis opiniones.

—He cambiado de parecer.

Douglas Hamilton se levantó entonces, todavía sonriendo.

—Después de semejante intervención, creo que convendría que alguien dijera unas palabras en defensa del novio.

—¡Por fin un hombre sensato! —exclamó Tavish.

Mairi miró a su Tavish.

—No cantes victoria tan pronto, MacKinnon.

Douglas levantó la copa y esperó a que las conversaciones cesaran.

—Conocí a Tavish MacKinnon cuando apenas era un muchacho. Un escocés pelirrojo, orgulloso como el mismísimo diablo, que parecía convencido de que la mejor manera de resolver una discusión con un inglés consistía en partirle la nariz.

Una carcajada general recorrió el salón mientras Edward se llevaba una mano a la nariz.

Tavish arqueó una ceja.

—No recuerdo que aquel método diera malos resultados.

—¡Tavish! —lo reprendió Eleanor, riendo.

Douglas sonrió.

—Naturalmente, también sabía hablar. Pero tardé algún tiempo en descubrirlo, porque solía emplear los puños antes de concederle a nadie semejante oportunidad.

Malcolm soltó una carcajada, mientras Ewan golpeaba la mesa con la palma de la mano.

—¡Ese sí que es el MacKinnon que conozco!

—Con los años —continuó Douglas—, aquel muchacho se convirtió en un capitán al que muchos hombres confiaron sus barcos, sus mercancías y, en más de una ocasión, sus propias vidas. Yo mismo tuve ocasión de comprobarlo en Arran.

Su expresión adquirió una gravedad que hizo que las risas fueran apagándose.

—Cuando Brodick atravesó algunos de sus momentos más difíciles, Tavish estuvo allí. No era su isla ni tenía obligación de arriesgarse por ella. Sin embargo, acudió cuando necesitamos ayuda y jamás se detuvo a preguntar qué obtendría a cambio.

Mairi asintió.

Douglas miró a Tavish.

—Hay hombres que necesitan un título para que los demás los llamen honorables. Y hay otros que se han ganado ese respeto mucho antes de que nadie descubra que tienen derecho a llevar una corona ducal.

Tavish dejó de sonreír.

Durante unos instantes sostuvo la mirada de Douglas sin encontrar una respuesta apropiada.

—Aunque —añadió este, recuperando el humor— debo confesar que jamás imaginé que el mismo escocés que se dedicaba a repartir puñetazos a los ingleses terminaría casándose con una de sus damas.

Las carcajadas regresaron.

Eleanor se volvió hacia su marido.

—Empiezo a descubrir cosas muy interesantes sobre su juventud, capitán.

Tavish se inclinó hacia ella.

—Exageraciones, querida mía. No crea ni la mitad.

—¡Yo fui testigo de la otra mitad! —gritó Ewan.

Fiona se echó a reír mientras Edward negaba con la cabeza.

Douglas levantó nuevamente su copa.

—En cualquier caso, parece que lady Eleanor ha conseguido lo que ningún inglés logró jamás: conquistar a Tavish MacKinnon sin necesidad de presentar batalla.

—¡No esté tan seguro! —replicó Eleanor, haciendo reír a todos—. Hemos librado unas cuantas.

—¡Y las sigo perdiendo! —añadió Tavish.

Douglas sonrió satisfecho.

—Entonces no me queda más que desearles una vida entera de felices disputas. Por Tavish y Eleanor, duques de Airdmòr.

—¡Por los duques de Airdmòr! —repitieron los invitados.

Las copas se alzaron por todo el salón.

Tavish se puso en pie cuando Douglas volvió a sentarse y le tendió la mano por encima de la mesa.

—Gracias, Hamilton.

Douglas la estrechó con fuerza.

—Te lo has ganado, MacKinnon.

Eleanor contempló a los dos hombres con una sonrisa emocionada.

Cuando Tavish regresó a su asiento, ella se inclinó hacia él.

—¿De verdad se dedicaba a romperles la nariz a los ingleses?

Él la miró con una expresión de inocencia tan poco convincente que Eleanor tuvo que contener la risa.

—No a todos, querida mía.

—¡Qué alivio!

Tavish le tomó la mano y depositó un beso en sus nudillos.

—A las inglesas hermosas siempre he preferido besarlas.

—¡Tavish!

Él soltó una carcajada y volvió a besarle la mano.

Poco después comenzaron a sonar los primeros acordes de la música. Las conversaciones se reanudaron, algunos invitados se levantaron para bailar y los niños aprovecharon que sus padres estaban distraídos para correr hacia los jardines.

Tavish se volvió hacia Eleanor y le ofreció la mano.

—¿Me concede este baile, esposa mía?

Ella sonrió.

—Con mucho gusto, capitán.