Capítulo 22 #4
Tavish nunca había sido un hombre especialmente devoto de las ceremonias.
Había asistido a unas cuantas bodas, casi siempre convencido de que los novios podían haber ahorrado tiempo y preocupaciones limitándose a anunciar que deseaban casarse.
Sin embargo, aquella mañana habría permanecido delante del ministro cuanto fuese necesario.
Le gustaba escuchar a Eleanor prometerle que sería su esposa.
Le gustaba todavía más pensar que, cuando terminara la ceremonia, podría tenerla a su lado para siempre.
Al otro lado del pasillo, Catriona observaba a los novios con las manos entrelazadas sobre el regazo.
Tavish levantó un instante los ojos hacia ella y encontró una expresión que conocía desde niño. La anciana intentaba mantener aquella severidad escocesa que tanto había temido él cuando hacía alguna travesura, pero tenía los ojos llenos de lágrimas.
Junto a ella estaba Fiona, que se llevó discretamente un pañuelo al rostro.
Catriona percibió que Tavish las miraba y alzó la barbilla, como si quisiera recordarle que debía prestar atención al ministro.
Él tuvo que contener una sonrisa.
Le habría gustado que su padre y su madre estuvieran allí. También Màiri, que tantos esfuerzos había hecho para protegerlo y preservar los documentos que finalmente le devolvieron su nombre. Habría dado buena parte de cuanto poseía por permitirles contemplar aquella mañana.
Pero Catriona estaba presente. Fiona también. Y junto a ellas se encontraban las personas que lo habían acompañado durante tantos años sin importarles demasiado si era capitán, duque o simplemente el muchacho Tavish MacKinnon.
Eleanor le apretó suavemente la mano.
Él volvió a mirarla.
El ministro estaba terminando la bendición.
—Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Tavish sintió que el corazón le golpeaba contra el pecho.
Había llegado el momento.
El ministro los declaró marido y mujer, y Eleanor levantó hacia él un rostro tan radiante que durante unos segundos Tavish olvidó que se encontraban rodeados de invitados.
—Esposa mía —murmuró.
Ella soltó una pequeña risa emocionada.
—Puede volver a decirlo.
Tavish le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Oh, pienso hacerlo, inglesa. Hasta que se canse de escucharme.
—Eso podría llevarle muchos años.
—Dispongo de todos ellos.
Eleanor sonrió antes de que él se inclinara para besarla.
Fue un beso breve, aunque lo suficientemente apasionado para provocar una exclamación de Calum y algunas risas entre los invitados.
—¡Todavía estamos en la iglesia, capitán! —se oyó protestar a Edward.
Tavish se apartó de los labios de su esposa.
—¡Entonces será mejor que salgamos de ella!
Eleanor se echó a reír, y el sonido terminó de desatar la alegría de los presentes.
Cuando atravesaron el pasillo de la mano, Audrey abrazaba a Malcolm con una sonrisa emocionada, Cathaline se secaba discretamente las mejillas mientras Ewan le susurraba algo al oído y el duque de Hamilton observaba a los recién casados con una satisfacción que no hacía ningún esfuerzo por disimular.
El conde de Wetherby aguardaba junto a Beatrice. Al ver pasar a su hija, le tomó la mano libre y se inclinó para besarla.
—Que seas muy feliz, querida.
—Lo seré, papá.
Beatrice, en cambio, apenas consiguió pronunciar una felicitación antes de abrazarla.
—¡Y pensar que tuve que llevarte prácticamente a rastras a Escocia! —exclamó entre lágrimas.
Eleanor soltó una carcajada.
—Creo recordar que fue exactamente al contrario, tía.
—¡No me contradigas el día de tu boda!
Tavish también se rio y le ofreció el brazo a Eleanor para acompañarla hacia la salida.
En cuanto cruzaron el umbral, el viento de Eilean Ròs levantó el borde de su velo y lo arrojó contra el rostro del novio.
—¡Que Dios maldiga al diablo! —exclamó Tavish, intentando apartárselo.
Eleanor tuvo que sujetarse a su brazo de tanto reír.
—Parece que Escocia desea darle la bienvenida a su nueva duquesa.
—Escocia lleva toda mi vida procurando arrancarme la cabeza con sus malditos vendavales.
Consiguió liberar el velo y lo acomodó cuidadosamente sobre el cabello de Eleanor.
Ella levantó los ojos hacia él, todavía sonriente.
Tavish contempló aquel rostro que tanto amaba, las mejillas encendidas y los labios que acababa de besar delante de toda su familia.
—Está preciosa, lady Airdmòr.
Eleanor sintió que se le aceleraba el corazón.
Era la primera vez que alguien la llamaba así.
—Gracias, Su Gracia.
Él entrecerró los ojos.
—No empiece con esas formalidades, inglesa.
—¿Y cómo debo llamarlo ahora?
Tavish la atrajo suavemente hacia sí.
—Marido estaría bien.
Eleanor le rodeó el cuello con los brazos.
—Entonces tendrá que acostumbrarse a que lo llame así muy a menudo.
Él sonrió.
—No sabe cuánto lo deseo.
La besó otra vez, sin preocuparse por las gaitas que empezaban a tocar ni por los aplausos de los invitados que salían de la iglesia.
Eleanor correspondió entre risas, y solo se separaron cuando alguien gritó que los demás también querían felicitar a la novia.
Tavish suspiró exageradamente.
—Empiezo a pensar que casarse habría resultado mucho más sencillo sin invitados.
—¡Tavish!
—No he dicho que no los quiera. Solo que llevan toda la mañana empeñados en impedirme besar a mi esposa.
Ella lo miró con las mejillas encendidas y una felicidad que no conseguía disimular.
—Tendrá toda una vida para hacerlo.
La expresión de Tavish se suavizó.
—Eso, querida mía, es precisamente lo que pienso hacer.
Le ofreció el brazo y juntos descendieron los escalones de la iglesia, entre las felicitaciones de los habitantes de la isla, las risas de sus familiares y el sonido de las gaitas que los acompañó durante el camino de regreso a la residencia MacKinnon.
El banquete había sido dispuesto en el gran salón y en los jardines, aprovechando la hermosa tarde que el tiempo escocés había tenido la gentileza de concederles.
Las mesas estaban adornadas con brezo lila, flores blancas y cintas de los colores MacKinnon.
Desde las cocinas llegaba el olor de la carne asada, mientras los criados se apresuraban a servir vino y whisky a los invitados.
Eleanor no había conseguido sentarse cuando Cathaline apareció para besarla otra vez, seguida de Audrey, que deseaba felicitarla sin la multitud de la iglesia. Después llegó Fiona, acompañada por una de las niñas, que quería contemplar el anillo de la novia.
Tavish observó cómo su esposa desaparecía entre abrazos, felicitaciones y conversaciones que parecían no tener fin.
El duque de Hamilton se puso en pie cuando retiraron las primeras fuentes.
El ruido fue disminuyendo. Richard consiguió sentarse más derecho sin despertar a Hugh. La duquesa de Hamilton dejó la servilleta junto al plato y miró a su marido.
El duque sostuvo la copa.
—He conocido reuniones de estas familias en las que habría preferido dejar a varios hombres fuera de la puerta.
Ewan inclinó la cabeza hacia Cathaline.
—Eso puede referirse a muchos de nosotros.
Ella le apretó la mano para que callara.
Alexander los vio y esperó a que las risas se apagaran.
—Hubo años en que los nombres de Hamilton, Sinclair y MacKinnon aparecían juntos para discutir una deuda, una tierra o una promesa que ninguno de los presentes había hecho —Su mirada recorrió las mesas.
Se detuvo en cada uno de sus hijos y después en los niños que ocupaban lugares entre los adultos—.
Hoy hemos venido porque Tavish y Eleanor quieren compartir su vida.
Es una razón mucho mejor para cruzar Escocia.
Audrey sonrió con los ojos húmedos.
Alexander levantó la copa un poco más.
—Por los nuevos esposos. Que tengan una casa a la que deseen regresar, amigos que llamen a su puerta y muchos años para discutirse mutuamente cuanto crean necesario.
Las copas se alzaron entre risas.
Tavish apenas había conseguido llevarse la copa a los labios cuando Calum se levantó al otro extremo de la mesa y golpeó suavemente la suya con una cuchara.
—¡Un momento! Quisiera decir unas palabras.
Tavish cerró los ojos.
—Que Dios nos asista —murmuró.
Eleanor se echó a reír.
Calum carraspeó y contempló a los invitados, que habían ido guardando silencio.
—Conozco al capitán MacKinnon desde hace muchos años. Demasiados, probablemente. Hemos atravesado tormentas, soportado temporales y salido de unos cuantos puertos de los que habría sido prudente no salir.
—¡Calum! —lo advirtió Tavish.
—No pensaba entrar en detalles, capitán.
Los invitados rieron.
Calum levantó la copa y miró a Eleanor.
—Lo que quiero decir es que Tavish siempre ha sido un hombre... —Hizo una pausa, buscando la palabra apropiada—. Un hombre difícil.
—¡Magnífico discurso! —exclamó Ewan.
—¡Todavía no he terminado!
—Eso es lo que nos preocupa —replicó Tavish.
Las carcajadas recorrieron el salón.
Calum aguardó a que se apagaran antes de intentarlo otra vez.
—Nunca he conocido a nadie tan testarudo. Cuando decide algo, no hay viento, tormenta ni cristiano que consiga hacerle cambiar de opinión. Y cuando se enfada... Bueno, quienes lo conocen saben perfectamente cómo se las gasta.
—¿Estás brindando por mi boda o declarando ante un tribunal? —preguntó Tavish.
Eleanor tuvo que cubrirse la boca para no reír demasiado alto.
—¡Déjame terminar, maldito seas! —protestó Calum, olvidándose por completo de que hablaba delante de varias duquesas.
Beatrice levantó las cejas, visiblemente molesta.
Calum advirtió su presencia y enrojeció.
—Con el debido respeto, milady.