Capítulo 22 #3
Cathaline dejó el velo y se sentó junto a Eleanor.
—¿Sabes lo que más me sorprendió de casarme con Ewan?
—¿Que consiguiera llegar limpio a la iglesia? —preguntó Audrey.
—Que fuera capaz de preocuparse por tantas cosas sin dejar de fingir que ninguna le importaba.
Mairi sonrió con una ternura que Eleanor reconoció en su propio pecho.
Fiona recogió una cinta de la mesa.
—Tavish tampoco ha sabido nunca hacerlo de otra manera.
Eleanor levantó los ojos.
—¿Lo crees?
—Era capaz de discutir conmigo durante toda la mañana y después pasar la tarde arreglando algo que yo había roto. Cuando se lo agradecía, decía que estaba cansado de oírme quejar.
—Eso no ha cambiado —murmuró Eleanor.
—No esperaba que cambiara —respondió Fiona—. Solo que encontrara a alguien que lo entendiera.
La conversación continuó mientras terminaban los últimos arreglos.
No todas las historias fueron tiernas. Cathaline recordó una ocasión en que Ewan se presentó asegurando un compromiso inexistente y Audrey mencionó que Malcolm todavía parecía considerar las cartas una forma aceptable de dar órdenes.
—La de vuestra invitación fue cortés —observó Elspeth.
—Porque la escribí yo —respondió Audrey.
Al cabo de un rato empezaron a retirarse. Había familiares que atender, niñeras que buscaban instrucciones y hombres que llevaban demasiado tiempo solos cerca del whisky.
Beatrice permaneció junto al vestido.
Eleanor se acercó a ella.
Su tía pasó los dedos por el borde del encaje sin tocarlo del todo.
—Tu madre habría querido verte.
Eleanor se quedó quieta.
Había pensado en ella al recibir las perlas y al sacar los pendientes que llevó en Windsor. Ahora la ausencia adquiría otra forma: la de una mujer que debería haber estado allí, mirándola probarse un vestido.
—Me hubiera gustado que estuviera.
Beatrice abrió una pequeña caja y se la entregó. Dentro estaban aquellos pendientes, cuidadosamente guardados para el día siguiente.
—Tenía una manera muy parecida a la tuya de mirarme cuando pensaba desobedecerme.
Eleanor sonrió con los ojos húmedos.
—Eso debió de ocurrir a menudo.
—Más de lo conveniente.
Su tía le acarició la mejilla.
Durante unos segundos no pareció interesada en el vestido, en el título ni en las habitaciones que ocuparía en Airdmòr.
—Te echaré de menos.
Eleanor la abrazó.
—Vendrá a vernos.
—Naturalmente. Alguien tendrá que comprobar qué clase de casa gobierna ese escocés.
Eleanor se rio contra su hombro.
Beatrice la estrechó un poco más antes de apartarse.
A la mañana siguiente, Tavish descubrió que vestirse podía convertirse en una tarea interminable cuando demasiados hombres opinaban al mismo tiempo.
Calum sostenía el reloj. El laird Sinclair, Malcolm, había decidido que el nudo del cuello estaba demasiado apretado. Edward consideraba que estaba torcido. Douglas observaba desde una silla, disfrutando de no ser el afectado.
—Puedo vestirme solo —dijo Tavish.
—Lo hemos visto durante años —respondió Edward—. Ese es precisamente el problema.
Ewan se echó a reír.
Tavish le apartó la mano antes de que volviera a tocarle el cuello.
—No pienso llegar tarde por discutir con vosotros sobre una corbata.
Calum consultó el reloj.
—Lleva preparado desde hace media hora.
—Entonces deja de mirarlo.
—Eres tú quien pregunta.
El tartán MacKinnon caía sobre su hombro, verde y azul bajo la luz de la ventana.
La levita oscura, bien ajustada a su espalda, apenas conseguía volverlo más solemne.
Llevaba el cabello recogido, salvo un mechón que había escapado junto a la sien, y la barba recortada con un cuidado que sus compañeros parecían considerar digno de comentario.
Una llamada puso fin a la discusión.
Catriona entró acompañada por Fiona.
Los hombres se apartaron sin que nadie tuviera que pedirlo.
La anciana miró a Tavish y levantó la mano hacia el broche de su tartán.
Él se inclinó.
Catriona corrigió la caída de la lana.
—Ya está.
—Edward lleva diez minutos intentando hacerlo.
—Edward no sabe todavía cómo poner un broche de nuestro clan.
Fiona escondió una sonrisa.
Tavish miró a la mujer que lo había recibido tantos años atrás. Había pensado en agradecerle muchas cosas durante el viaje, pero siempre encontraba una manera de aplazarlas.
Aquella mañana no quiso hacerlo.
—Me alegra que esté aquí.
Catriona sostuvo sus ojos.
—Es tu boda, muchacho. ¿Dónde iba a estar?
Tavish bajó la cabeza para besarla.
Fiona lo abrazó después, con menos brusquedad que en el muelle.
—Procura no hacerla esperar.
Eleanor se quedó unos segundos sola ante el espejo.
El vestido de seda marfil caía con una sencillez que no ocultaba la riqueza de la tela. El encaje bordeaba el cuello y las mangas; el velo, prendido sobre el cabello rubio, dejaba visible su rostro con una caída perfecta. Llevaba los pendientes de su madre y el anillo de Tavish.
Había escuchado durante días que estaba hermosa.
Lo que sentía al mirarse era más difícil de explicar.
Oyó pasos y se giró.
Su padre permanecía en la puerta.
Wetherby la miró sin hablar. Después se acercó, visiblemente conmovido.
—Estás preciosa.
Eleanor sonrió.
—No me hagas llorar antes de salir. Mi tía lo consideraría una falta de previsión.
El conde soltó una risa breve y le ofreció el brazo.
Antes de aceptarlo, Eleanor le tomó la mano.
—Gracias por venir.
La expresión de su padre cambió.
—No quería perderme esto.
Ella asintió. No hablaron de las ocasiones en que sí se había perdido algo importante. Aquel día él estaba allí. Eleanor se permitió alegrarse.
Desde la iglesia llegaban las primeras notas de las gaitas.
Tavish oyó el cambio antes de verla.
Las conversaciones se apagaron poco a poco y las personas que estaban cerca de la puerta se giraron.
La iglesia de piedra estaba llena.
Los tartanes se mezclaban con la seda de los vestidos y las flores de los bancos. Había rostros que Tavish conocía desde la infancia, otros que había aprendido a querer siendo adulto y algunos que habían llegado desde lejos porque Eleanor se casaba.
Buscó a Catriona.
La anciana ocupaba un lugar cerca de Fiona y Edward. Torquil estaba a pocos pasos. Douglas Hamilton había dejado una mano sobre la de su esposa.
Entonces apareció Eleanor.
Tavish olvidó todo lo que había pensado decirle.
La vio avanzar con el conde, sujetando el ramo junto a la cintura. El velo se movía suavemente con sus pasos. Tenía los ojos verdes fijos en él y una sonrisa que empezó siendo pequeña y terminó por alcanzarlo con una fuerza que le hizo apretar las manos.
No necesitó recordar cómo había sido la vida sin ella.
La había vivido.
Cuando llegaron a su lado, Wetherby se detuvo. Eleanor soltó el brazo de su padre y Tavish le ofreció la mano.
Ella la tomó.
—Buenos días, capitán —susurró.
Él sintió que el aire volvía por fin a sus pulmones.
—Por fin.
Eleanor sonrió un poco más.
El ministro comenzó la ceremonia.
Tavish no fue capaz de escuchar las primeras palabras del ministro.
Había imaginado muchas veces aquel momento durante los meses que pasó en Airdmòr, pero ninguna de aquellas fantasías se parecía demasiado a la realidad.
Eleanor estaba junto a él, hermosa con su vestido de seda marfil, tan cerca que podía distinguir el temblor de sus pestañas cuando bajaba los ojos y la leve presión de sus dedos cada vez que él le acariciaba la mano.
¡Por Dios Misericordioso! Iba a casarse con ella.
El ministro se volvió hacia él para formular la pregunta que llevaba toda la mañana esperando.
—Tavish MacKinnon, ¿queréis recibir a esta mujer como vuestra legítima esposa, vivir con ella conforme al santo estado del matrimonio, amarla, honrarla y guardarle fidelidad mientras ambos viváis?
Tavish contempló a Eleanor antes de responder.
Recordó las tardes en la biblioteca de Blairmur, cuando ella levantaba la cabeza de los documentos para contradecirlo; sus paseos a caballo, las discusiones que siempre parecían terminar demasiado pronto y aquella primera vez que la tuvo entre los brazos y comprendió, con una certeza que lo había aterrado, cuánto podía llegar a importarle una mujer.
—Sí, quiero —respondió con voz firme.
Eleanor sonrió, y él tuvo que resistir el impulso de inclinarse para besarla allí mismo.
El ministro se dirigió entonces a ella.
Tavish vio que Eleanor apretaba ligeramente el ramo que sostenía con la mano libre. Estaba nerviosa. Él le acarició los dedos con el pulgar y ella levantó los ojos hacia él.
—Eleanor Ashcombe, ¿queréis recibir a este hombre como vuestro legítimo esposo, vivir con él conforme al santo estado del matrimonio, amarlo, honrarlo y guardarle fidelidad mientras ambos viváis?
—Sí, quiero —contestó ella.
Su voz había sonado más baja que la de Tavish, pero perfectamente clara.
Él sonrió con una satisfacción tan evidente que Eleanor tuvo que contener una risita. ¡Qué hombre tan arrogante! Parecía que acabaran de concederle otra vez el ducado.
Calum se adelantó para entregarle el anillo.
—Procure no perderlo, capitán —murmuró.
Tavish le dirigió una mirada fulminante que solo consiguió aumentar la sonrisa de su amigo.
Tomó el aro de oro y se volvió hacia Eleanor. Ella le entregó el ramo a Cathaline antes de ofrecerle la mano izquierda.
Durante un instante, Tavish contempló aquellos dedos delicados que conocía tan bien. Recordó las veces que los había visto pasar las páginas de un manuscrito, señalar una inscripción o aferrarse a su chaqueta cuando lo besaba. Ahora iba a colocarles el anillo que la convertiría en su esposa.
Lo deslizó lentamente hasta dejarlo junto a la esmeralda.
—Con este anillo te desposo —pronunció, siguiendo las palabras indicadas por el ministro.
Eleanor no apartó los ojos de los suyos.
Cuando llegó el momento de intercambiar las promesas, las pronunciaron con solemnidad, sin soltarse las manos.