Capítulo 22 #2
Tavish obedeció.
Se inclinó para besarla y Catriona le sujetó la cara entre las manos. Sus dedos eran más delgados de lo que recordaba, pero conservaron la firmeza necesaria para obligarlo a quedarse quieto.
—Sigues necesitando que te corten el pelo.
Él soltó una risa.
—También me alegro de verla.
La anciana lo abrazó.
Tavish cerró los ojos un instante. Conocía aquel olor a lana, a jabón y a las hierbas que guardaba entre la ropa. Había llegado a aquella casa con seis años, aferrado a unas pertenencias que no dejaba tocar a nadie. Catriona nunca le pidió que se desprendiera de ellas. Le hizo sitio.
Aún lo tenía.
—He traído las cartas de Màiri —dijo al apartarse.
La expresión de la anciana cambió.
—Quiero verlas después.
—Las leeremos juntos.
Catriona asintió. Luego miró por encima de su hombro.
—Y ahora déjame saludar a la novia. Llevas toda la vida poniéndote delante cuando alguien quiere ver otra cosa.
Eleanor se acercó sonriendo.
La anciana le tomó las manos y la examinó con aquella mirada penetrante que parecía capaz de descubrir las intenciones de cualquiera.
—¿Estás contenta, muchacha?
—Muchísimo.
Catriona miró de reojo a Tavish.
—Bien. Porque, si algo he aprendido a mis años, es que resulta inútil discutir con un MacKinnon cuando se le mete una idea en la cabeza. —Chasqueó la lengua—. Aunque últimamente parece que no saben encontrar esposas si no cruzan la frontera de Inglaterra.
Eleanor soltó una risita.
—Lamento contribuir a semejante desgracia.
—¡Bah! Primero Fiona me trae a ese Hamilton, con sus modales de lord inglés y su manía de querer tener siempre la razón.
Y ahora Tavish regresa convertido en duque, anunciando que piensa casarse con otra inglesa.
¡A este paso tendré que aprender a tomar el té a las cinco y pedir permiso para respirar!
Tavish soltó una carcajada.
—No se preocupe, abuela. Eleanor discute casi tanto como una escocesa.
Catriona volvió hacia él una mirada severa.
—Eso ya lo sé. Y es probablemente lo único que me tranquiliza —Eleanor sonrió, pero la anciana no había terminado—.
Nunca he sentido demasiado afecto por los ingleses, muchacha, y a estas alturas de mi vida sería absurdo fingir lo contrario.
—Le apretó las manos con inesperada ternura—. Pero me gustas,
—Me honra mucho, señora MacKinnon.
—No te acostumbres. Sigo pensando que una buena muchacha de las Highlands le habría ahorrado a esta familia bastantes complicaciones.
—Probablemente —admitió Eleanor, divertida.
Catriona la observó unos instantes y terminó sonriendo.
—Aunque empiezo a sospechar que ninguna escocesa habría tenido paciencia suficiente para soportarlo.
—¡Abuela! —protestó Tavish.
—¿Ves? Ni siquiera siendo duque ha aprendido a escuchar a sus mayores.
Tavish se sentó en el brazo del sillón, soportando una mirada severa que no llegó a convertirse en una reprimenda. Catriona mantenía la mano de Eleanor entre las suyas.
Durante años había regresado a Eilean Ròs con mercancías, cartas y relatos que la familia escuchaba mientras él cenaba. Aquella vez había traído a la mujer con la que quería compartir su vida.
La anciana pareció comprenderlo. Levantó una mano y se la dejó un instante sobre la espalda.
No necesitó decir nada.
Poco después, la casa comenzó a llenarse antes de que Eleanor hubiera terminado de deshacer el equipaje.
Cathaline llegó con una caja que nadie debía inclinar, Ewan con otra que nadie sabía quién había cargado y sus hijos con suficiente energía para poner a prueba la paciencia del muelle.
Isobel se acercó a saludar a Eleanor con una seriedad heredada de su madre.
Gregor quiso saber primero dónde estaban los caballos.
—Mañana —le dijo Ewan.
—Has dicho eso en el barco.
—Y sigue siendo una respuesta excelente.
Cathaline entregó la caja a una criada.
—Si no se hubiera pasado la travesía prometiéndole que podría montarlos, ahora no tendría que discutir.
—Le prometí enseñárselos.
—Gregor ha entendido algo más interesante.
Ewan miró a su hijo.
—Eso también lo has heredado de tu madre.
Cathaline se giró hacia Eleanor antes de que él pudiera continuar. La abrazó sin preocuparse por los guantes ni por el polvo del viaje.
—Al fin.
Eleanor la estrechó con fuerza.
Su amiga se apartó lo suficiente para mirarla.
—Tienes que enseñarme el vestido.
—Todavía no has entrado en casa.
—Por eso me preocupa que nadie parezca tener prisa.
Audrey apareció detrás con Malcolm y su hija Eliza.
La muchacha llevaba un pequeño paquete para la novia y el cabello oscuro recogido con una pulcritud que el viento estaba intentando deshacer.
Saludó a sus primos y acabó ayudando a Harriet a reunir las cintas de una cesta que alguien había dejado demasiado cerca de una puerta.
Douglas se agachó a recoger las últimas.
—No hace falta que os metáis debajo del banco. Ya lo hago yo.
Mairi lo observó con una sonrisa.
—Harriet no iba a perderse allí debajo.
—Podría engancharse el vestido.
—El vestido sobreviviría.
La niña recibió las cintas de manos de su padre.
—Gracias, papá.
Douglas se enderezó con una expresión que indicaba que aquella gratitud justificaba sobradamente su intervención.
Tavish contempló la escena desde la escalera.
—¿Siempre acaban haciendo lo que quieren?
Malcolm, que acababa de ayudar a Audrey a quitarse la capa, lo miró.
—Procura no tardar demasiado en darte cuenta.
Audrey alzó los ojos hacia su marido.
—Qué consejo tan inesperado viniendo de usted.
—He tenido una buena maestra.
La forma en que se miraron hizo que Eleanor apartara los ojos con una sonrisa.
Los duques de Hamilton llegaron aquella misma tarde. El duque casi no había terminado de saludar cuando su esposa reparó en una puerta por la que entraba corriente, una fuente de flores mal colocada y un criado que no sabía dónde dejar un baúl.
Fiona la recibió con una determinación semejante.
Las dos se retiraron a hablar.
Edward las vio marcharse.
—Necesitaremos más flores —dijo.
Tavish lo miró.
—Todavía no han decidido nada.
—Mi madre ya lo había decidido antes de salir de casa.
La llegada de Richard y Elspeth Drummond interrumpió la conversación. Él llevaba a Hugh apoyado contra el pecho; el pequeño había decidido agarrarle la pañoleta y parecía satisfecho de que nadie pudiera impedírselo sin despertarlo.
—No te muevas —le advirtió Elspeth.
Richard miró a su hijo.
—Llevo una hora recibiendo esa orden.
—Y por fin estás obedeciendo.
Tavish se acercó para saludarlos. Hugh abrió los ojos, lo observó con gravedad y volvió a esconder el rostro.
—No está impresionado —comentó Richard.
—Tiene buen criterio —respondió Elspeth.
La risa de Eleanor llegó desde la escalera. Tavish la encontró entre Cathaline y Audrey, escuchando una discusión acerca de un encaje.
La casa entera estaba llena de voces.
Por primera vez en mucho tiempo, ninguna lo llamaba para resolver algo que amenazara con derrumbarse.
Su primo lejano, Torquil, desembarcó al día siguiente, cuando Tavish estaba ayudando a trasladar un banco hasta el jardín.
Lo dejó en manos de Calum y fue a recibirlo.
—Creí que necesitaría otra carta para convencerlo.
—No suelo perderme una buena cena —respondió Torquil—. Y me han asegurado que esta tendrá varias.
Se estrecharon la mano.
Eleanor llegó poco después y lo abrazó. Torquil pareció sorprendido durante un instante; luego le devolvió el gesto con un afecto que le hizo recordar las mañanas pasadas en su casa de Skye.
—Esta vez he venido sin documentos —le aseguró.
—Entonces tendrá que conformarse con hablar con nosotros.
—Me han dicho que ahora discuten sobre flores.
Tavish señaló la casa.
—Desde ayer. Creemos que continuará después de la boda.
En el jardín, Calum había quedado rodeado por los niños. Gregor le preguntaba por el barco y Hamish sostenía una espada de madera que Edward acababa de prohibirle llevar al comedor.
Cuando Tavish se acercó, Isobel lo examinó con evidente interés.
—Papá dice que eres vikingo.
Tavish cruzó los brazos.
—Tu padre exagera menos de lo habitual.
—¿Has luchado con un dragón?
Calum se giró para esconder la sonrisa.
Tavish miró a Eleanor.
—Todavía no.
Gregor pareció decepcionado.
—Entonces, ¿qué has hecho?
—He atravesado tormentas, he perdido cargamentos y he conseguido que tu tía Cathaline me deje escoger mi propia ropa para la boda.
—Eso último es mentira —dijo ella desde la galería—. Todavía no he terminado de verla.
Los niños se rieron.
La víspera de la boda, Eleanor encontró su habitación ocupada por mujeres que tenían opiniones distintas sobre casi todo.
Cathaline sostenía el velo delante de la ventana.
Audrey comprobaba una costura. Elspeth había conseguido enhebrar una aguja que Beatrice llevaba varios minutos acusando de estar defectuosa.
Mairi observaba el conjunto desde una silla, mientras Fiona intentaba recordar dónde habían guardado las medias.
—En mi casa hay armarios que no conocía antes de esta boda —declaró.
—Eso sucede cuando una casa lleva tantos años necesitando orden —respondió Beatrice.
Fiona la miró.
Audrey intervino antes de que ninguna decidiera defender a su respectivo país.
—El velo está perfecto, Cathaline.
—Lo sé, pero no me convence la caída.
Eleanor se sentó al borde de la cama y contempló a las mujeres reunidas alrededor de sus cosas.
Las había conocido en momentos distintos de su vida. Algunas le resultaron demasiado escocesas al principio; otras conocían su pasado en Londres mejor de lo que ella habría deseado. Ahora estaban discutiendo para que al día siguiente no tuviera que preocuparse de una sola costura.
Cathaline levantó los ojos.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Eso no es nada. Nos estás mirando de una manera inquietante.
Eleanor sonrió.
—Nunca imaginé teneros a todas aquí para mi boda.
Audrey dejó el vestido con cuidado.
—Nosotras tampoco imaginábamos muchas cosas.
—Yo pensaba casarme con un hombre razonable —comentó Mairi.
Fiona se giró hacia ella.
—¿Antes o después de conocer a Douglas?
—Durante un breve periodo en que esperaba que mejorara.
Las risas llegaron al pasillo.