Capítulo 22
Eleanor reconoció el muelle antes de distinguir a las personas que aguardaban en él.
Se acercó a la borda, sujetándose el sombrero mientras el viento le tiraba de las cintas.
Más arriba, la residencia de los MacKinnon dominaba la costa entre las laderas verdes.
Había humo en las chimeneas, carros junto al embarcadero y una bandera que se desplegaba con violencia sobre uno de los tejados.
Una emoción inesperada le oprimió el pecho.
Había imaginado muchas veces aquel regreso, sobre todo durante los largos meses que había pasado lejos de Tavish.
Recordaba la isla con una claridad extraordinaria: los senderos que descendían hacia el puerto, el olor de la piedra húmeda después de la lluvia, las ventanas de la biblioteca y la voz de aquel capitán escocés que siempre parecía encontrar una razón para contrariarla.
Todo seguía allí.
Y, sin embargo, nada era igual.
Esta vez no llegaba buscando documentos antiguos ni respuestas sobre una familia desconocida. Regresaba para casarse con el hombre al que había conocido entre aquellas mismas piedras.
—Espero que esa casa esté mejor resguardada del viento que este barco —comentó Beatrice a su espalda.
Eleanor se giró sonriendo.
Su tía había pasado buena parte de la travesía protestando por las corrientes de aire, las escaleras demasiado empinadas y la incomprensible costumbre de los marineros de trabajar a cualquier hora. Sin embargo, aquella mañana había insistido en subir a cubierta para contemplar la llegada a la isla.
El conde de Wetherby la acompañaba. Llevaba el sombrero sujeto con una mano y observaba la costa con evidente interés.
—Es un lugar magnífico —declaró.
—Magnífico para quienes disfrutan de las tormentas —repuso Beatrice—. Confío en que lady Fiona haya dispuesto habitaciones con buenas chimeneas.
—Estamos en Escocia, tía, no en el fin del mundo —le recordó Eleanor.
—No veo qué tiene que ver una cosa con la otra, querida.
Wetherby soltó una carcajada y se acercó a su hija.
—¿Es aquella la casa donde viviste durante tus investigaciones?
—Sí, papá. Y allí, un poco más allá del puerto, están los jardines.
El conde siguió la dirección de su mano.
—Me has hablado tantas veces de este lugar que casi tengo la impresión de conocerlo.
Eleanor lo abrazó brevemente. Cuando se apartó, reparó en que Beatrice estaba observándolos con los ojos sospechosamente brillantes.
—¡Por el amor de Dios, Eleanor! —exclamó su tía, buscando apresuradamente el pañuelo—. No empieces a emocionarnos antes de llegar a tierra. Todavía tengo que conservar la compostura durante toda una ceremonia.
Eleanor rio y volvió a contemplar la isla.
Tavish llegó entonces a su lado.
—Está sonriendo.
Ella no apartó los ojos de tierra.
—Estaba recordando la primera vez que lo vi.
Él siguió su mirada hasta la pasarela.
Había regresado del mar con sal en el cabello y el abrigo húmedo. Eleanor estaba a punto de marcharse. Llevaba un vestido azul, unos guantes claros y una expresión que no mejoró cuando lo oyó preguntar quién era la inglesa.
—Me preguntó si era lord —recordó Tavish.
—Y usted dio gracias a Dios por no serlo.
—Debí de hablar demasiado pronto.
Eleanor volvió el rostro hacia él.
—También dijo que las inglesas parecíamos aburridas incluso antes de hablar.
Tavish la observó con una sonrisa lenta.
—En mi defensa, todavía no la había oído discutir.
—Ya había tenido ocasión.
—Entonces estaba distraído mirándola.
Ella sintió que se le encendían las mejillas, como si no llevara una esmeralda suya en la mano ni hubiera pasado buena parte de la travesía esperando que terminara sus obligaciones para quedarse con él.
Tavish le apartó una cinta que el viento había llevado hasta su boca.
—Recuerdo cómo giró la cabeza antes de entrar en el barco.
Eleanor bajó los ojos.
—Usted seguía mirando.
—Sí.
No lo dijo con burla.
Ella levantó nuevamente la mirada hacia la costa.
—Nunca imaginé que volvería aquí para casarme con usted.
Tavish guardó silencio unos instantes.
—Yo tampoco... y menos con una inglesa.
Eleanor se giró, sorprendida por la gravedad de su voz.
Él contemplaba la casa de los MacKinnon. Conocía cada uno de aquellos tejados, las piedras del embarcadero y los caminos que había recorrido siendo niño. Durante muchos años, Eilean Ròs había sido su hogar.
Había salido de aquella isla innumerables veces. Para comerciar, para navegar, para emprender viajes que podían prolongarse durante meses. Siempre había encontrado a Fiona esperándolo con alguna reprimenda y a Catriona dispuesta a preguntarle por qué había tardado tanto.
Pero jamás había regresado de aquella manera.
Con una mujer a su lado.
Con la certeza de que muy pronto sería su esposa.
—Cuando era pequeño —murmuró—, creía que esta casa era lo único que iba a tener en el mundo.
Eleanor le tomó la mano.
Tavish le clavó los ojos avellana.
—Y ahora regreso con usted.
La emoción terminó por desbordarla.
—Lo amo, Tavish.
Él sonrió con una ternura que rara vez mostraba delante de los demás.
—Por suerte para mí, inglesa —Se inclinó y le besó la frente, manteniendo los labios sobre su piel unos instantes—. Porque pienso hacerla muy feliz.
Eleanor le acarició la mejilla.
—Ya lo hace.
Calum los llamó desde el timón.
—¡Capitán! Como sigan recordando, tendremos que casarlos a bordo. La señora Fiona está empezando a impacientarse.
Tavish miró hacia el muelle.
Su prima acababa de señalar un carro y parecía estar discutiendo con Edward sobre dónde debían dejarlo.
Al distinguirla, algo se le removió en el pecho.
Fiona.
La muchacha con la que había crecido, discutido y recorrido aquellos caminos. La prima que había compartido sus travesuras, sus penas y buena parte de los años en que ninguno de los dos sabía todavía qué les reservaría la vida.
Seguía allí, esperándolo.
—Fiona empezó a impacientarse antes de que soltáramos amarras en Inglaterra —respondió.
—Entonces convendrá no empeorarlo —replicó Calum.
Tavish se inclinó hacia Eleanor.
—No se mueva de aquí.
Ella alzó una ceja.
Él sonrió.
—Lo he dicho únicamente para comprobar si todavía funciona.
—Nunca ha funcionado.
—Eso explica muchas cosas.
Regresó junto a sus hombres. Eleanor lo vio recibir un cabo, dar una indicación y esperar el momento oportuno para acercar la embarcación. Nada en su manera de moverse había cambiado porque ahora lo llamaran duque. Las voces que respondían a sus órdenes tampoco sonaban distintas.
Su padre se colocó a su lado.
—Parece encontrarse más cómodo al mando de un barco que en un salón de palacio.
Eleanor sonrió mientras contemplaba a Tavish.
—Siempre ha sido así.
Wetherby observó al capitán durante unos instantes. Después volvió hacia su hija una mirada llena de afecto.
—Te hace feliz.
Ella levantó los ojos.
—Muchísimo, papá.
El conde asintió despacio.
—Entonces no podría haber deseado un marido mejor para ti.
Eleanor se abrazó a él una vez más.
Cuando la pasarela quedó asegurada, Fiona ya los esperaba al pie.
Tavish descendió primero.
Apenas hubo pisado el muelle, su prima avanzó hacia él con una expresión que no consiguió mantener severa.
—¡Tavish!
Él abrió los brazos.
Fiona se arrojó a ellos sin la menor consideración por las personas que los observaban.
Tavish la estrechó con fuerza y soltó una carcajada, aunque tuvo que cerrar los ojos un instante para contener la emoción que le había provocado volver a abrazarla.
—¡Por Dios, muchacha! Cualquiera diría que llevo diez años desaparecido.
—¡Y bien podrías haberlos llevado! —replicó ella, sin soltarlo todavía—. Quizás te conviertes en duque y decides que ya no necesitas regresar a vernos.
Tavish volvió a reír, pero cuando Fiona se apartó, él le sostuvo los hombros y la contempló con un cariño que no intentó esconder.
—Te he echado de menos.
La expresión de su prima se suavizó.
—Y yo a ti, estúpido.
Lo abrazó otra vez, esta vez más brevemente.
Edward, que aguardaba detrás, se acercó con una sonrisa.
—Bienvenido a casa, Tavish.
Le estrechó la mano, pero Tavish aprovechó para abrazarlo también.
—Me alegra verlos.
—A nosotros también —respondió Edward, dándole una palmada en la espalda.
Fiona se apartó los cabellos que el viento le había llevado al rostro y volvió los ojos hacia el barco.
Eleanor descendía por la pasarela del brazo de su padre. Beatrice los seguía, aceptando la ayuda de un marinero mientras protestaba por lo empinado del descenso.
Al ver a la vieja amiga de su esposo, esa que la había ayudado en el pasado con un problema sobre su familia, Fiona volvió a emocionarse.
—¡Ven aquí!
La abrazó con un afecto tan espontáneo que Eleanor casi no tuvo tiempo de soltar la mano de su padre.
—¡Oh, Fiona! ¡Cuánto me alegra verte!
—¡Y a mí, querida! No sabes cuánto hemos hablado de esta boda desde que llegó tu carta.
Fiona la apartó un poco para mirarla.
—Estás preciosa.
Eleanor sonrió, conmovida.
—Todavía no has visto el vestido.
—No estoy hablando del vestido.
Aquellas palabras hicieron que Eleanor sintiera un nudo en la garganta.
Fiona le tomó las manos y contempló el anillo de compromiso que brillaba en uno de sus dedos.
Después miró a Tavish.
—Has tardado bastante en darte cuenta de lo que tenías delante, primo.
Él arqueó una ceja.
—No recuerdo haberte pedido que me buscaras esposa.
Edward soltó una carcajada.
Eleanor también rio, aunque todavía tenía los ojos húmedos.
Fiona volvió a abrazarla.
—Bienvenida a casa, Eleanor.
Y esta vez, al escuchar aquellas palabras, Eleanor no pudo contener las lágrimas.
Porque aquella isla, que había conocido siendo una visitante, estaba a punto de convertirse para siempre en parte de su vida.
Y el hombre que la esperaba a su lado, sonriendo con toda la arrogancia y la ternura de un Highlander enamorado, pronto sería su marido.
Catriona los aguardaba en la habitación que daba al jardín.
Había dejado la labor sobre las rodillas y miraba hacia la puerta con una impaciencia que le recordó a Tavish muchas llegadas de su infancia. Antes de entrar se quitó el sombrero.
La anciana lo examinó de arriba abajo.
—Acércate. Desde ahí no puedo comprobar si te han cambiado por otro.