La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

No esperaba que Eleanor formulara primero una pregunta tan sencilla.

—¿Dónde quiere hacerlo?

Él miró el anillo en su mano.

—Iba a preguntárselo a usted.

Eleanor se separó un poco.

—Supongo que habrá cosas que se esperen de nosotros. Una ceremonia en Londres. O en Airdmòr.

—La casa estará allí después de la boda.

Ella ladeó la cabeza.

—Entonces ya ha pensado en otro lugar.

Tavish asintió.

—Eilean Ròs.

Eleanor lo contempló unos segundos sin responder.

La isla apareció en su memoria con el olor del puerto, la piedra húmeda de la casa y las voces que parecían seguirla de una habitación a otra. El lugar donde había conocido a Tavish antes de imaginar que acabaría buscando su compañía incluso cuando no tenía nada que preguntarle.

—¿En casa de Fiona?

—En la isla de los MacKinnon —respondió él—. Donde me recibieron cuando no tenía a dónde ir. Donde sigue estando Catriona. Y donde apareció cierta inglesa que decidió interesarse por mi familia.

Eleanor sonrió.

—Su familia necesitaba que alguien ordenara los papeles.

—Y yo necesitaba que alguien me sacara de quicio.

Ella le acarició la solapa.

—Allí nos conocimos.

Tavish asintió.

—Me gustaría casarme con usted allí.

Eleanor volvió a abrazarlo. Esta vez él se rio al recibirla.

—¿Debo entenderlo como una aprobación?

—Como otra cosa importante a la que estoy diciendo que sí.

Tavish la besó junto al cabello.

—Fiona va a volverse insoportable.

—Fiona se alegrará.

—Ambas cosas son perfectamente compatibles.

Tendrían que escribir. A los MacKinnon, desde luego, y a las casas de Glenmuir, Brodick y Blairmuir.

También a Skye, donde Torquil MacLeod debía recibir una invitación especial, pues sin su ayuda jamás habrían descubierto la verdad sobre los antepasados de Tavish.

Eleanor mencionó a Cathaline y Tavish aseguró que sería imposible ocultarle una boda aunque se celebrara en medio del océano.

Después hablaron de Alexander y Eliza, de los hermanos Hamilton y de algún conocido en Airdmòr. Eleanor añadió a Calum antes de que él pudiera hacerlo.

—Calum tiene que estar.

—Lo estará. Aunque no pienso permitir que organice el discurso.

—Ahora siento curiosidad por escucharlo.

—Eso me temía.

Cuando Beatrice entró, los encontró sentados juntos con una hoja delante.

Su mirada descendió al anillo.

Se detuvo en la puerta.

Eleanor alzó la mano, incapaz de contener la sonrisa.

—Nos casaremos en Eilean Ròs.

Beatrice cerró los ojos un instante.

—¡Dios Misericordioso ha escuchado mis plegarias! ¡Por fin mi hija sobrina con un hombre de bien!

Tavish se puso en pie.

—Con una casa, milady. Incluso varias.

—¡Y Duque nada más y nada menos! ¡Quien me lo iba a decir a mí cuando lo conocí la primera vez!

Eleanor se acercó a su tía y la abrazó.

Beatrice le sostuvo los hombros antes de apretarla contra sí.

—Vas a ser feliz —murmuró.

No sonó como una predicción segura. Sonó como un deseo que llevaba mucho tiempo sin atreverse a pronunciar.

Wetherby llegó poco después. Escuchó la noticia, miró el anillo y besó la frente de su hija.

Luego estrechó la mano de Tavish.

—Enhorabuena.

—Gracias, milord.

Henry apareció cuando su padre todavía no había soltado al duque.

Miró a Eleanor y después la hoja sobre la mesa.

—¿Ya están repartiendo habitaciones?

Beatrice recogió la lista.

—Alguien tendrá que hacerlo.

Tavish se inclinó hacia Eleanor.

—Creí que acabábamos de decidir casarnos.

Ella sonrió.

—Y mi tía acaba de decidir que no podemos hacerlo sin ella.

El compromiso no detuvo las actuaciones contra Vane.

Tampoco convirtió cada día en una espera hasta que alguien les permitiera ser felices.

Esa misma tarde Eleanor recibió al abogado de su padre. Le habló de la travesía y de lo sucedido al regresar, con Beatrice sentada cerca. El hombre tomó notas, preguntó por las fechas y dejó para otra visita lo que podía averiguar sin obligarla a repetirlo.

Antes de marcharse, le explicó que el tiempo transcurrido haría más difícil la acusación.

—No puedo prometerle un resultado, lady Eleanor.

Ella sostuvo sus ojos.

—No le he pedido que me lo prometa. Quiero que me escuchen.

El abogado inclinó la cabeza.

Las semanas siguientes trajeron declaraciones, comunicaciones y comprobaciones que parecían lentas incluso cuando no lo eran.

Se estableció que el buque era británico y que, durante el tramo de la travesía en que ocurrieron los hechos, navegaba en alta mar.

El lugar de la agresión no impediría que el caso se juzgara en Inglaterra.

La doncella que acompañó a Eleanor acudió después de recibir una carta de Wetherby.

Había cambiado de casa y de servicio, pero no olvidó aquella travesía.

Recordaba haberse despertado durante la noche y encontrado a su señora todavía vestida, sentada con un cuaderno en el regazo.

Recordaba su resistencia a salir al pasillo y la forma en que se quedaba escuchando antes de abrir la puerta.

No había visto a Vane atacarla.

No fingió haberlo hecho.

Beatrice declaró sobre lo que Eleanor le contó al desembarcar. Los registros del viaje confirmaron que ambos habían estado a bordo. La investigación no descubrió una confesión escondida ni un testigo que hubiera permanecido durante años detrás de la puerta.

El relato de Eleanor seguía siendo el centro de la acusación.

Su padre la acompañó a las citas. Cuando debía esperar fuera, esperaba. Tavish también se quedó en Londres y atendió la correspondencia de Airdmòr desde allí, enviando instrucciones que sus administradores aprendieron a cumplir sin tenerlo presente.

Por las tardes, cuando Eleanor no tenía que acudir a ninguna parte, paseaban o discutían los preparativos de la boda.

Fiona había contestado a la noticia con una carta que empezaba dándoles la enhorabuena y terminaba exigiendo saber cuántos invitados pensaban llevarle.

Catriona añadió una línea al final.

Que venga antes de que tenga que ir a buscarlo.

Tavish leyó aquellas palabras en voz alta y guardó la carta con una sonrisa.

La paliza de Windsor tuvo su propio procedimiento.

Él compareció, reconoció que había seguido a Vane y admitió los golpes. Su abogado no intentó convertirlos en defensa propia. La decisión del tribunal le impuso una multa y la obligación de prestar garantía de buena conducta.

Al salir, Eleanor lo esperaba en el carruaje.

Tavish se sentó a su lado y dejó el sombrero sobre las rodillas.

—Ha resultado una conversación poco agradable.

Eleanor le tomó la mano.

No hablaron más de aquello durante el trayecto.

El proceso de Vane tardó casi tres meses en llegar al juicio, pero el jurado declaró culpable a sir Edmund Vane.

La pena fue de diez años de trabajos forzados.

Eleanor escuchó la noticia sentada entre su padre y Tavish. Durante unos segundos no consiguió comprender que ya no estaban explicándole otro trámite ni anunciando una nueva fecha.

Había una sentencia.

Vane no regresaría aquella noche a su casa, a sus cenas ni a sus conversaciones sobre negocios. Tendría que cumplirla.

Eleanor miró a Tavish.

Él le apretó la mano. No parecía satisfecho como lo habría estado después de ganar una discusión. Había algo más grave en su expresión, un alivio que no necesitaba celebrar delante de ella.

—¿Quiere salir? —preguntó.

Eleanor asintió.

En la calle, el ruido de un carro la hizo detenerse. Había personas cruzando, un vendedor llamando a los transeúntes y una mujer que discutía con un cochero.

Durante meses había imaginado la noticia como un momento capaz de devolverle algo de golpe.

No ocurrió así.

Le dolía la cabeza y estaba cansada. Lo que sintió primero fue el deseo de no tener que contar otra vez lo mismo al día siguiente.

Tavish la acompañó hasta el coche.

—¿A casa?

Eleanor levantó el rostro.

—Hoy, sí.

Él esperó.

Ella miró el anillo.

—Pero quiero escribir a Fiona. Ya puede fijar la fecha.