Capítulo 21
Eleanor oyó la voz de Tavish antes de que el criado anunciara su llegada.
Estaba junto al espejo, intentando sujetarse una horquilla que se resistía a permanecer en su sitio. Al reconocerlo, dejó caer los brazos y se quedó escuchando.
—Todavía estamos desayunando, Su Gracia —decía Beatrice.
—Entonces he llegado a tiempo.
—No recuerdo haberlo invitado.
—Eleanor me pidió que viniera temprano.
Su tía guardó un silencio que Eleanor conocía bien.
—Sea usted bienvenido, Su Gracia.
—Gracias, lady Beatrice.
Eleanor sonrió por primera vez aquella mañana.
Había dormido poco. Al despertar, durante unos segundos no supo si la noche anterior había sucedido realmente. Después vio el vestido verde sobre una silla, los guantes que Beatrice había dejado junto a él y el pequeño pañuelo manchado con el que limpió la mano de Tavish.
Todo había ocurrido.
Pero él también había prometido volver.
Terminó de sujetarse el cabello y bajó sin esperar a que fueran a buscarla.
Tavish permanecía en el recibidor, con el sombrero en una mano y la otra vendada bajo el guante. Vestía una levita gris oscura y un chaleco verde profundo que acentuaba el color de sus ojos avellana. Se había afeitado con un cuidado inusual en él.
Al verla, dejó de responder a una observación de Beatrice.
Eleanor bajó los últimos escalones más despacio.
—Ha venido.
Tavish le tomó la mano.
—No habría sido prudente empezar esta mañana faltando a mi palabra.
Se inclinó sobre sus dedos y, al levantar el rostro, la observó unos segundos sin decir nada. Eleanor sabía lo que estaba buscando: el cansancio, el miedo, cualquier señal de que necesitara algo que todavía no hubiera pedido.
Le sostuvo la mirada.
—Me alegra verlo.
Él sonrió.
Beatrice se volvió hacia el criado.
—Sirva otra taza.
El conde de Wetherby los esperaba en el comedor. Se levantó cuando entraron y saludó a Tavish con una inclinación menos ceremoniosa que la del día anterior. Henry ocupaba un asiento junto a la ventana.
Se sentó junto a su tía. Tavish aceptó el té, pero apenas prestó atención a lo que le sirvieron. Eleanor empezó a comprender que no era el único que la observaba.
Su padre esperó a que dejara la taza antes de hablar.
—He escrito al abogado. Vendrá esta tarde.
Ella asintió.
—Quiero hablar con él.
—Lo harás.
Wetherby no añadió ninguna recomendación. Continuó desayunando, dejando que aquella decisión permaneciera tal como Eleanor la había expresado.
Tavish le pasó el plato de pan sin preguntar si tenía apetito. Ella tomó una rebanada y consiguió comer un poco mientras Henry intentaba explicar por qué había enviado a sus hermanos a recoger un paquete y no había ido con ellos.
—Porque habríamos tardado el doble —concluyó.
Beatrice alzó una ceja.
—Qué generoso por tu parte ahorrarnos tu colaboración.
Eleanor soltó una risa breve.
Tavish volvió inmediatamente hacia ella el rostro.
Cuando terminaron, fue su padre quien recogió el periódico y anunció que tenía correspondencia pendiente. Beatrice examinó la venda que asomaba bajo el guante del duque.
—Espero que esa mano no le impida escribir.
—Dependerá de a quién deba dirigir la carta.
—A Fiona MacKinnon, probablemente. Si van a hacerme viajar de nuevo a Escocia, agradecería disponer de tiempo para organizarme.
Eleanor levantó la cabeza, ruborizada.
—Tía.
—No he dicho que esté decidido, querida. He dicho que me gustaría saberlo antes de que alguien mande preparar otro barco.
Salió del comedor con una dignidad que no disimulaba del todo su satisfacción.
Tavish esperó hasta que se quedaron solos.
—Empiezo a temer que su tía quiera acompañarnos incluso antes de que sepamos adónde vamos.
Eleanor lo miró.
—¿Y usted lo sabe?
Él dejó la servilleta sobre la mesa.
—Eso he venido a averiguar.
Poco después, en el salón, Tavish no se sentó.
Eleanor permaneció cerca de la ventana, con una mano apoyada sobre el respaldo de la silla que utilizaba para leer. Había imaginado aquella conversación durante meses. En sus pensamientos no llevaba una venda bajo el guante, y ella no había pasado la noche llorando sobre su chaqueta.
Aun así, lo quería allí.
Tavish sacó un papel doblado del bolsillo y se lo ofreció.
Eleanor lo miró antes de tomarlo.
—¿Más documentos?
—Este será menos desagradable que los últimos.
Era un dibujo sencillo de una habitación. Tres ventanas, una chimenea y dos paredes cubiertas de estanterías. Junto a una de las ventanas, alguien había señalado el lugar de una mesa.
Eleanor siguió las líneas con los ojos.
—¿Está en Airdmòr?
—En el ala que da al jardín. Recibe luz durante buena parte del día.
—¿Va a trasladar allí la biblioteca?
—Una parte.
Ella levantó la mirada.
—¿Por qué?
Tavish se acercó hasta quedar a su lado.
—Porque la biblioteca actual tiene una mesa demasiado grande, unas sillas incómodas y un retrato del último duque que ya he mandado retirar.
Eleanor volvió al dibujo.
—Esta habitación parece agradable.
—Lo es.
—Entonces no comprendo por qué me la enseña.
Tavish la observó con una paciencia deliberada.
—Creo que sí lo comprende, inglesa.
Ella dejó de mirar el papel.
Él señaló la mesa.
—Pensé en usted cuando entré por primera vez. Después pedí que midieran las paredes. No he encargado los muebles todavía.
—¿Por prudencia?
—Porque tiene opiniones sobre las mesas de trabajo y prefiero escucharlas antes de comprar una que deteste.
Eleanor sintió una emoción que le dificultó responder. Había pasado tanto tiempo intentando conservar un rincón para sus libros que encontrar aquella habitación preparada en los pensamientos de Tavish le pareció una intimidad distinta de los besos.
—No sabe cuántos libros tengo.
—He visto los baúles.
—No estaban todos allí.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces habrá que ocupar otra pared.
Eleanor dejó el dibujo sobre una mesa próxima. Cuando se giró, Tavish seguía mirándola.
—He pensado mucho en la vida que podríamos tener —dijo él—. Más de lo que escribía en mis cartas.
—Sus cartas no eran precisamente breves.
—Aun así, dejé bastantes cosas fuera.
Se acercó un poco más. Eleanor reconoció la seriedad que había debajo de sus bromas y sintió que el corazón le empezaba a latir con fuerza.
—Al principio me decía que volvería a verla en cuanto terminara la reclamación. Después llegaron las cuentas, los administradores, las reparaciones... Cada asunto parecía tener que resolverse antes de que pudiera ocuparme del siguiente.
Ella lo escuchó sin interrumpir.
—Por las noches regresaba a una casa donde todo el mundo sabía cómo debía llamarme y ninguno podía decirme cuándo volvería a oírla reír.
Eleanor bajó los ojos un instante.
Tavish le tomó la mano.
—No quiero seguir escribiéndole lo que preferiría contarle al otro lado de una mesa. Quiero que esté allí cuando vuelva. Y quiero acompañarla cuando sea usted quien desee marcharse a estudiar algo que lleva siglos aguardándola.
Una sonrisa temblorosa apareció en los labios de Eleanor.
—Podría llevarlo muy lejos.
—Tengo un barco.
Ella soltó una pequeña risa y él le acarició los dedos.
—También tengo una casa bastante grande y estoy descubriendo que no me gusta vivir solo en ella.
—Encontrará muchas damas dispuestas a remediarlo.
—No me interesa ninguna de esas damas.
La respuesta llegó sin dudas.
Eleanor lo miró a los ojos.
Tavish se quitó despacio el guante de la mano sana y sacó una pequeña caja del bolsillo.
Ella dejó de respirar un instante.
—Mandé hacerlo antes de venir a Windsor —dijo—. Pensaba pedirle que se casara conmigo ayer por la noche.
Abrió la caja.
El anillo tenía una esmeralda pequeña, rodeada de diamantes. Eleanor casi no reparó en las piedras. Estaba mirando la mano que lo sostenía, tan firme al gobernar un barco y menos segura ahora que esperaba su respuesta.
Tavish se arrodilló ante ella.
La altura de sus hombros, la levita impecable y todo cuanto había cambiado en su vida no consiguieron ocultar al hombre que Eleanor conocía. Era él. El capitán que la había provocado hasta arrancarle una sonrisa cuando llevaba días sin encontrar motivos para hacerlo.
—La amo, Eleanor.
Ella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—La amaba antes de saber que Airdmòr tenía algo que ver conmigo. La amaba cuando me decía que no regresara, aunque entonces estaba demasiado enfadado para admitir cuánto. Y la he echado de menos en todas las habitaciones de una casa que usted todavía no conoce.
Eleanor le apretó la mano.
—Tavish...
—Cásese conmigo, inglesa. Quiero que el resto de mi vida tenga algo más que cartas suyas.
El sí le salió antes de que él terminara de mirarla.
Tavish permaneció quieto.
—¿Sí?
Eleanor dejó escapar una risa entre las lágrimas.
—No me haga repetirlo como si hubiera contestado a otra pregunta.
La expresión de él cambió con una felicidad tan evidente que ella tuvo que inclinarse para acariciarle el rostro.
—Sí —repitió, más bajo—. Quiero casarme con usted.
Tavish le colocó el anillo y besó sus dedos. Después se levantó, todavía sin soltarla.
Eleanor le rodeó el cuello con los brazos.
—Yo también lo amo —murmuró—. Incluso cuando se empeña en hacerme discutir.
Él sonrió.
—Tendremos que conservar alguna ocupación para los días de lluvia.
Ella lo besó antes de que pudiera añadir otra insolencia.
Tavish la estrechó contra sí, olvidándose de la mano dolorida hasta que Eleanor la rozó sin querer. Él soltó una exclamación entre dientes y ella se apartó, alarmada.
—Le he hecho daño.
—No tanto como para que tenga que dejar de besarme.
Eleanor lo miró con severidad.
Él aprovechó para volver a su boca.
El segundo beso tuvo menos prisa. Eleanor sintió la mano sana en su espalda y se quedó junto a él cuando terminó, con los dedos apoyados en el cuello de su camisa. No quería esconder la felicidad que le llenaba el pecho.
Tavish le apartó un mechón de la sien.
—Por fin ha dicho que sí a algo importante.
—He dicho que sí a usted.
Él dejó de sonreír durante un instante.
Después le besó la frente y la mantuvo cerca.
Tavish esperaba tener que hablar de fechas, de familias y de todas las personas que intentarían decidir cómo debía casarse el nuevo duque de Airdmòr.