La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 20 #4
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Capítulo 20 #4

Tavish permaneció de pie junto a la puerta, con los guantes arrugados en una mano.

Se había aflojado el cuello, pero todavía parecía faltarle el aire.

Eleanor lo observó desde el asiento: la chaqueta torcida, la sangre en los nudillos, aquella expresión que no había desaparecido al dejar a Vane en la otra habitación.

—Creí que iba a matarlo.

Él levantó la cabeza. Durante unos segundos la miró sin responder.

—Podría haberlo hecho —admitió al fin.

Eleanor apretó las manos sobre el regazo.

Tavish volvió hacia el fuego los ojos.

—Lo tenía delante, hablando de su reputación como si todavía pudiera servirse de ella para obligarla a callar. —Su voz se endureció—. Y después se atrevió a llamarlo una fantasía.

—Lo he oído.

—No he soportado escucharlo.

Eleanor guardó silencio. Él se pasó la mano sana por la boca, pero ni siquiera aquel gesto consiguió disimular la rabia.

—Debería enviarle un desafío.

Ella levantó el rostro de golpe.

—¿Un duelo?

Tavish la miró.

—Veríamos cuánto valor le queda cuando no tenga delante a una mujer a la que pueda impedirle salir.

—No.

La respuesta fue tan rápida que él se quedó quieto.

Eleanor se incorporó en el sofá.

—No va a hacerlo.

—Ese hombre...

—Ese hombre ya me ha quitado demasiado, Tavish. No pienso permitir que me lo quite también a usted.

Él cerró los labios.

Desde la habitación contigua llegaba la voz baja del conde. Alguien movió una silla, pero ninguno de los dos giró la cabeza.

—No sería tan sencillo matarme, inglesa —dijo Tavish.

Eleanor lo miró con una indignación que consiguió imponerse al cansancio.

—No intente tranquilizarme presumiendo de lo difícil que resultaría —Aquella vez no encontró una réplica.

Ella bajó los ojos hacia sus nudillos y tragó saliva—.

Llevo meses esperando volver a verlo. Esta noche, cuando entró en el salón, pensé que por fin...

—Tuvo que detenerse para tomar aire—. ¿Y ahora pretende que vuelva a esperar, sin saber si regresará vivo?

Tavish dejó los guantes sobre la repisa.

Se acercó a ella, pero no se sentó todavía.

—No quiero que tenga que temerle otra vez.

—Pues no me dé otra cosa que temer.

Él permaneció mirándola. Habría sabido responder a una amenaza, a un insulto o a cualquier intento de recordarle lo que debía hacer un duque. La voz de Eleanor, quebrándose al imaginar su muerte, le resultó mucho más difícil de soportar.

Se arrodilló ante ella.

—No habrá duelo.

Eleanor lo observó con desconfianza, como si temiera que fuera una respuesta destinada únicamente a hacerla descansar.

—Deme su palabra.

Tavish sostuvo sus ojos.

—La tiene.

Ella dejó escapar el aire. Solo entonces vio cuánto le temblaban las manos.

Él las tomó entre las suyas, con cuidado de no mancharle la piel.

—No lamento haberlo golpeado —dijo con aspereza—. Pero no quería que tuviera que entrar en aquella habitación y verme así.

—Estaba tan furioso que creí que no me había oído.

Tavish bajó la cabeza un instante.

Recordaba su voz. También recordaba haber necesitado oírla otra vez antes de comprender que debía abrir la mano.

—La oí demasiado tarde.

Eleanor le acarició la mejilla. Tenía una marca cerca de la boca y la barba áspera bajo sus dedos. Aquel era el hombre que había atravesado el salón para buscarla, el que le había escrito durante el invierno y prometido que no desaparecería detrás de un título.

No pudo seguir conteniendo el llanto.

Tavish se levantó para sentarse a su lado y la recibió contra su pecho. Eleanor se aferró a la chaqueta, hundiendo el rostro junto a su cuello. Él la sostuvo con un brazo y le acarició el cabello con la otra mano, sin preocuparse de que se deshiciera el peinado.

—Llore, querida mía —murmuró—. No tiene que guardar las apariencias conmigo.

Ella lloró con un cansancio que parecía venir de mucho antes de aquella noche. Tavish apoyó la mejilla sobre su cabeza y la mantuvo cerca.

Le habría gustado prometerle que nadie volvería a hacerle daño. Que bastaría con su nombre, con su posición o con la fuerza de sus brazos para impedirlo. Pero aquella noche había visto cuánto podía costarle incluso protegerla de su propia rabia.

Se limitó a quedarse con ella.

Cuando Eleanor consiguió hablar, lo hizo sin levantar el rostro.

—Se lo he dicho a mi padre.

—Sí.

—Delante de mis hermanos.

Tavish le apartó un mechón húmedo de la mejilla.

—La han escuchado.

Ella se separó para mirarlo.

—Creí que no podría pronunciarlo.

—Lo ha hecho.

Eleanor buscó sus ojos.

—¿Y mañana?

Tavish le acarició el rostro con los nudillos que no tenía lastimados.

—Mañana me encontrará donde me pida que esté.

La sencillez de la respuesta la hizo cerrar los ojos. Apoyó de nuevo la cabeza sobre su hombro y permaneció así hasta que su respiración empezó a serenarse.

Unos golpes discretos sonaron en la puerta abierta.

El caballero que había intervenido en la disputa aguardaba con Wetherby. Tavish se giró hacia Eleanor antes de incorporarse.

Ella aflojó los dedos sobre su chaqueta.

El hombre entró lo imprescindible, con una expresión grave.

—Sir Edmund está siendo atendido. Ha pedido que conste su protesta por lo ocurrido.

—No esperaba menos —respondió Tavish.

—Comprenderá, Su Gracia, que no podemos pasar por alto una agresión en esta casa.

Tavish se irguió. Aún tenía el cuello desordenado, pero no había nada vacilante en su manera de sostener la mirada del otro hombre.

—Lo he golpeado. No voy a pedirle que escriba otra cosa.

—Sir Edmund exige una disculpa.

—Entonces tendrá que seguir esperándola.

Wetherby dio un paso al interior.

—Mi hija no se encuentra en condiciones de soportar más discusiones esta noche. Hablaré con quien sea necesario por la mañana. Ahora deseo que pueda retirarse.

El caballero miró a Eleanor y se inclinó.

—Los carruajes estarán dispuestos enseguida, milord.

—Y sir Edmund no volverá a acercarse a ella —añadió el conde.

No lo dijo en voz alta. No hizo falta.

El hombre asintió antes de retirarse.

Tavish aguardó hasta que la puerta quedó entornada y se giró hacia Wetherby. Durante unos segundos, ambos permanecieron frente a frente.

—Cuando hablemos de lo ocurrido, no consentiré que lo reduzcan a una disputa entre caballeros —dijo Tavish.

El conde sostuvo su mirada.

—Ni yo —Parecía haber envejecido desde que había llegado al palacio. Miró a Eleanor, sentada con las manos recogidas sobre la falda, y después bajó los ojos—. Debí estar mucho antes —murmuró —Tavish no lo contradijo. Wetherby se acercó al sofá—. Me quedaré en Londres, Eleanor.

Ella levantó la cabeza.

—¿Y sus obligaciones?

El conde recibió la pregunta sin apartar los ojos.

—Pueden esperar.

Eleanor no sonrió ni le dio las gracias. Se limitó a asentir, y su padre aceptó aquel gesto antes de salir a buscar a Beatrice.

Tavish regresó a su lado.

—¿Quiere que venga su tía?

—Dentro de un momento.

Él se sentó.

Eleanor le tomó la mano y examinó los nudillos. El paño que le habían dejado seguía sobre la mesa; lo recogió y limpió con delicadeza una mancha de sangre.

Tavish hizo una mueca.

Ella alzó una ceja.

—¿Le duele?

—Menos de lo que parece alegrarla.

—No me alegra en absoluto, presumido.

Pero la severidad de su voz tembló al final, y él dejó de intentar bromear.

—Eleanor.

Ella levantó los ojos.

Tavish le sujetó suavemente los dedos.

—Había imaginado una noche muy distinta.

—Yo también.

Él miró las perlas que descansaban sobre su cuello, una de ellas ligeramente desplazada. Recordaba su vestido bajo las luces y la expresión con que lo había recibido cuando le tomó la mano.

Eleanor siguió la dirección de su mirada.

—No deje que sea lo único que recuerde —pidió ella—. También vino a buscarme. Y me besó.

Tavish volvió a sus ojos.

Por primera vez desde la pelea, sonrió sin esfuerzo.

—Eso no pienso olvidarlo.

Se inclinó y le besó la frente. Eleanor dejó la mano apoyada en su pecho hasta que oyeron a Henry en el pasillo.

El carruaje estaba preparado.

Beatrice entró con el chal y se lo puso sobre los hombros. No hizo comentarios sobre el cabello deshecho ni sobre las marcas que el llanto había dejado en su rostro. Le acomodó la tela y esperó a que Eleanor se pusiera en pie.

Tavish le ofreció el brazo.

Atravesaron una galería lateral, acompañados por el conde y sus hijos. Desde los salones llegaba el murmullo de la recepción. Eleanor no giró la cabeza hacia aquellas voces; concentró la atención en la mano de Tavish, apoyada sobre la suya.

Al llegar al carruaje, él ayudó primero a Beatrice. Después se giró hacia Eleanor.

—Quiero verlo mañana.

—Vendré temprano.

—Y no quiero que pasemos toda la mañana hablando de ese hombre.

La expresión de Tavish se endureció un instante, pero después le llevó la mano a los labios.

—Tengo asuntos mucho más importantes que tratar con usted.

Eleanor lo miró.

—¿Más importantes que su ducado?

—Mucho más.

Beatrice permaneció mirando por la ventanilla, aunque la inmovilidad de sus manos delataba que estaba escuchando.

Tavish no pareció dispuesto a dejar que aquello lo hiciera callar.

—Esta noche pensaba averiguar si está dispuesta a compartir conmigo algo más que documentos y travesías, inglesa.

Eleanor sintió que el corazón le daba un vuelco.

Él sostuvo su mirada.

—Y no he cambiado de intención.

Ella apretó suavemente sus dedos. Habían pasado demasiados meses imaginando el regreso de aquel hombre para permitir que la última palabra de la noche perteneciera a Vane.

—Entonces no llegue tarde, capitán.

Tavish le besó la mano otra vez.

—Tendrán que abrirme la puerta antes de que terminen de desayunar.