Capítulo 20 #3
Vane se llevó otra vez el pañuelo a la boca ensangrentada y miró al conde de Wetherby, esperando encontrar en él la indignación de un caballero de su misma condición.
Tavish dio un paso, pero Eleanor le rozó el brazo.
Él se detuvo.
—Padre —dijo ella.
Wetherby giró hacia su hija el rostro.
Eleanor sintió el peso de todas las miradas. Durante mucho tiempo había temido aquel instante sin imaginar nunca que ocurriría en una habitación de Windsor, con su agresor sentado a unos pasos y el hombre al que amaba alterado por golpearlo.
Podía marcharse.
Nadie le estaba cerrando la puerta.
La certeza no hizo desaparecer el temblor, pero le permitió hablar.
—Sir Edmund me forzó durante aquella travesía de regreso a Inglaterra —El conde no se movió. Eleanor tuvo que respirar antes de continuar—. Le pedí que me dejara salir. Intenté apartarlo. No me escuchó.
—Esto es intolerable —intervino Vane.
Ella volvió hacia él el rostro.
Al verlo de nuevo sintió la tentación de esconderse detrás de Tavish. Le pareció reconocer la misma impaciencia del barco: la indignación de un hombre al que una mujer estaba diciendo algo que no quería oír.
Eleanor apretó las manos sobre la falda.
—Usted me violó.
El silencio fue completo.
Su hermano mayor empezó a decir algo. Henry le sujetó el brazo.
—Déjala terminar.
Eleanor lo oyó.
No se volvió, pero agradeció aquella voz conocida detrás de ella.
Vane se incorporó un poco.
—Una acusación de esa naturaleza no puede hacerse porque una joven haya decidido interpretar...
—Yo no he interpretado nada —respondió Eleanor—. Estuve allí —Tavish permanecía tan quieto a su lado que ella podía sentir el esfuerzo que hacía por no volver a pegarlo—. Recuerdo lo que le pedí —continuó—. Y recuerdo que cerró la puerta.
Vane miró al conde.
—No pretenderá aceptar semejante historia sin escuchar...
—Estoy escuchando a mi hija —dijo Wetherby.
La respuesta sorprendió a Eleanor.
Su padre la miraba a ella, no al baronet. Había perdido el color y parecía haber envejecido desde que entró en la habitación.
—Continúa, querida.
Eleanor negó.
—No quiero contar más aquí.
Wetherby asintió de inmediato.
No le pidió que explicara por qué había callado. No le preguntó qué hacía con aquel hombre ni intentó medir la gravedad de lo sucedido por lo que pudiera contarle delante de todos.
Se acercó lo suficiente para que no tuviera que alzar la voz.
—¿Quieres que me quede?
Eleanor lo miró.
Durante años había querido que estuviera allí antes de necesitar pedirlo.
—Sí.
El conde se quedó a su lado.
Vane apretó el pañuelo contra la boca.
—La están animando a cometer un error que tendrá consecuencias para toda su familia.
Beatrice avanzó.
Hasta entonces había permanecido junto a la puerta, con una mano apoyada en el respaldo de una silla. Ahora la soltó y se colocó delante del baronet.
—Eleanor me lo contó al volver del viaje.
Vane levantó los ojos.
—Usted no estuvo allí.
—No. No vi lo que hizo. Pero escuché a mi sobrina mucho antes de que se encontrara esta noche con usted —Beatrice tenía la voz tensa.
Eleanor conocía aquella expresión: la había visto cuando su tía temía que una visita oyera algo inconveniente o que una conversación terminara de la peor manera.
Esta vez no le pidió que callara—. Pensé que la protegería evitando que tuviera que repetirlo ante desconocidos —continuó—.
Me equivoqué al creer que el silencio bastaría.
El conde volvió hacia ella el rostro, pero Beatrice no apartó los ojos de Vane.
—No voy a pedirle que lo guarde otra vez para proteger su buen nombre.
Vane dejó de mirarla.
Había un criado en el pasillo. El segundo hermano de Eleanor salió a hablar con él y regresó para avisar que venía uno de los responsables de la recepción.
Tavish apenas lo oyó.
Sir Edmund volvió hacia él la mirada.
—Será mejor que hablemos usted y yo sin este espectáculo.
Tavish dio un paso, pero no se acercó al sillón.
—Ella está hablando. Escúchela.
Eleanor sintió que podía respirar un poco mejor.
Miró a Vane una última vez.
—Contó con que nunca sería capaz de decirlo delante de nadie —Él no respondió—. Esta noche ya no voy a callarme por usted.
El hombre que entró en la habitación vestía de oscuro y llegó acompañado por un criado.
Su mirada recorrió el jarrón roto, la silla caída y el rostro de Vane antes de detenerse en Tavish.
—Señores, necesito una explicación.
—El duque de Airdmòr me ha agredido —dijo sir Edmund.
Tavish sostuvo la mirada del recién llegado.
—Lo he pegado.
El hombre pareció agradecer que no tuviera que empezar distinguiendo versiones sobre aquello que tenía delante.
—Habrá que atender esas heridas. Y dar cuenta de lo sucedido.
—Lo haré —respondió Tavish.
No aludió a su título. No pidió que retiraran los restos antes de que alguien pudiera verlos ni permitió que el conde ofreciera una explicación en su nombre.
El responsable indicó al criado que buscara asistencia y después miró a Eleanor.
—¿Está usted herida, milady?
Ella negó.
—No esta noche.
Tavish cerró los ojos un instante.
El hombre esperó.
Wetherby habló sin levantar la voz.
—Mi hija ha formulado una acusación grave contra sir Edmund. No voy a obligarla a repetirla delante de cada persona que entre.
—Tampoco yo se lo pediré, milord. Pero debo saber cómo desean proceder.
El conde se volvió hacia Eleanor.
Ella miró a Beatrice, a sus hermanos y finalmente a Tavish.
Ninguno respondió por ella.
—Quiero dejar constancia de lo que me hizo —dijo—. Estoy dispuesta a hablar con quien deba escucharme. Pero no en este salón, ni delante de los invitados. Esta noche quiero marcharme.
Wetherby asintió.
—Me ocuparé de que puedas hacerlo. Y te acompañaré cuando decidas declarar.
Vane soltó una risa breve que se convirtió en una mueca de dolor.
—Deberían pensar mejor antes de llevar esto más lejos.
Eleanor sintió que la amenaza todavía conseguía alcanzarla.
No había dejado de temer lo que pudiera ocurrir después de aquella noche. Los nombres pronunciados en voz baja, las preguntas, las personas que preferirían encontrar alguna culpa en ella antes que aceptar lo que hizo un hombre respetable.
Pero esta vez no estaba oyendo únicamente a su agresor.
—Ya hemos pensado demasiado en lo que podía convenirle a usted —dijo Beatrice.
El responsable de la recepción intervino antes de que Vane contestara.
—Les proporcionaré otra estancia. Sir Edmund será atendido aquí y después se retirará de la recepción. Usted también tendrá que dar su versión de lo ocurrido, Su Gracia.
—No he dicho lo contrario.
Tavish recogió sus guantes del suelo. Uno estaba roto.
Vane lo siguió con una mirada de odio.
—No crea que su nuevo título lo librará de responder por esto.
Tavish se volvió hacia él.
—Responderé por lo que he hecho. Usted tendrá que hacer lo mismo.
No se acercó de nuevo.
El responsable permaneció junto a la puerta, dejando claro que la conversación había terminado. Nadie había condenado a Vane ni podía decidir allí lo que sucedería cuando Eleanor presentara su acusación.
Sin embargo, ya no se dirigían a él como al invitado que tenía motivos para sentirse encantado de conocer al nuevo duque.
El criado esperaba para llevarlo a una habitación donde pudieran atenderlo. Wetherby no le ofreció un arreglo entre caballeros. Beatrice no retiró lo que había dicho. Eleanor no bajó los ojos cuando él la miró.
Tavish le ofreció el brazo.
Ella lo aceptó.
Salieron de la estancia sin volver al salón de la recepción.
En la habitación que les dispusieron había un fuego bajo y un sofá junto a la ventana.
Eleanor se sentó porque las piernas empezaban a fallarle.
Solo entonces se dio cuenta de cuánto le dolían las manos. Había apretado los dedos durante tanto tiempo que le costó desabrochar los guantes.
Beatrice se arrodilló junto a ella para ayudarla.
Eleanor la observó hacerlo. Su tía nunca se habría arrodillado en un suelo ajeno por unos guantes. Aquella noche no pareció importarle la falda.
—Despacio, querida.
Tavish permanecía cerca de la puerta. Un criado le había llevado agua y un paño para la mano, pero él todavía no los había utilizado.
Wetherby pidió que prepararan el carruaje.
Sus dos hijos mayores fueron a ocuparse de los abrigos y a hablar con el cochero. Henry se quedó hasta que Eleanor levantó los ojos hacia él.
Parecía querer decir algo.
Ella se sintió demasiado cansada para ayudarlo a encontrar las palabras.
Henry lo comprendió.
—Estaré fuera —dijo—. Cuando quieras marcharte.
Eleanor asintió.
Antes de que saliera, le tocó brevemente la mano.
Él no intentó convertir el gesto en un perdón por todas las cosas que había hecho mal. La sostuvo un instante y después se apartó.
El conde se sentó frente a su hija.
Durante un rato no habló.
Eleanor lo vio mirar los guantes que Beatrice había dejado sobre la mesa y la marca que el abanico le había hecho en la palma.
—No tienes que explicarme esta noche lo que no quieras —dijo al fin.
Ella levantó los ojos.
—Lo sabías todo menos lo que importaba.
Wetherby recibió la frase sin defenderse.
—Sabía que estabas sufriendo. Acepté no preguntar lo suficiente.
Eleanor apartó la mirada.
No quería oír otra explicación sobre sus obligaciones, su esposa o las decisiones de Beatrice. No tenía fuerzas para decidir aquella noche cuánto podía perdonarle.
El conde se inclinó un poco.
—No voy a pedirte que me tranquilices por haberlo hecho mal —Aquello consiguió que volviera a mirarlo. Wetherby tardó un instante en continuar—. Dime únicamente qué necesitas ahora.
Eleanor miró hacia Tavish.
Su padre siguió aquella dirección.
—Que se quede.
El conde asintió. Beatrice se levantó y recogió el chal que habían traído para Eleanor.
—Estaremos en la estancia contigua —dijo—. La puerta puede quedar abierta.
Eleanor no tuvo que dar ninguna otra explicación.