Capítulo 20 #2
Sir Edmund estaba conversando con un hombre al que Tavish había visto antes junto a uno de los anfitriones.
Esperó a que terminaran. No tuvo que acercarse demasiado; Vane lo reconoció y sonrió con evidente satisfacción.
—Su Gracia. Deseaba tener ocasión de felicitarlo.
Le tendió la mano.
Tavish se la estrechó brevemente.
—Sir Edmund.
—Veo que alguien ha tenido la amabilidad de mencionarme.
—Conozco su apellido.
Aquello agradó al baronet.
Le habló de sus intereses navieros, de un comerciante con el que ambos podían haber tratado y de lo singular que resultaba encontrar a un duque que supiera lo que significaba cumplir un contrato cuando el tiempo se volvía en contra.
Tavish escuchó sin ofrecerle una sonrisa.
Vane atribuyó aquella reserva al cansancio de las presentaciones.
—Imagino que esta noche todo el mundo querrá hablarle de asuntos en los que todavía no ha tenido tiempo de pensar.
—He tenido tiempo de pensar en algunos bastante concretos.
Tavish sostuvo su mirada sin pestañear. Se irguió en toda su estatura, con los anchos hombros bien cuadrados, y dio un paso hacia Vane.
No necesitó levantar la voz ni hacer el menor gesto de violencia.
Había algo en su manera de observarlo, inmóvil y con los brazos cruzados por delante del cuerpo, que habría hecho retroceder a cualquier hombre prudente.
Sir Edmund, sin embargo, todavía no comprendía el peligro que tenía delante.
—Entonces espero que podamos encontrarnos en una ocasión menos concurrida. Me interesaría conocer sus planes respecto al embarcadero de Airdmòr.
Tavish sostuvo su mirada.
—Antes quisiera hablarle de una persona a la que ambos conocemos.
Vane inclinó ligeramente la cabeza.
—Desde luego.
—Lady Eleanor Ashcombe.
La pausa fue mínima.
Pero existió.
El baronet desvió los ojos hacia el salón y volvió a Tavish con la copa un poco más baja.
—Tuvimos ocasión de coincidir durante una travesía.
—Me ha hablado de ella.
Vane esperó.
Tavish no añadió nada mientras apretaba los puños con los brazos cruzados, haciendo que sus antebrazos se hincharan debajo de la levita.
A su alrededor continuaban las conversaciones. Una mujer se rio al pasar junto a ellos. El hombre que había acompañado a Vane se alejó para saludar a un conocido.
Por primera vez quedaron sin otra persona pendiente de sus palabras.
—He oído que está cortejándola —dijo sir Edmund.
—Ha oído bien.
—Una joven de gran sensibilidad.
Tavish sintió que se le tensaban más los dedos dentro de los guantes.
—No he venido a pedirle una opinión sobre ella.
La sonrisa de Vane perdió naturalidad.
—No pretendía ofenderlo.
—Entonces cuide lo que dice.
Sir Edmund lo observó con más atención. Ya no tenía delante al nuevo duque al que esperaba ofrecer una asociación provechosa.
—No sé qué le ha contado lady Eleanor.
—Lo suficiente.
Vane dejó la copa en una bandeja.
—En ese caso, comprenderá que conviene proceder con prudencia.
Ciertas conversaciones perjudican sobre todo a la dama cuando se repiten —Tavish lo miró sin hablar.
El baronet se acomodó un puño—. Su posición acaba de cambiar, Su Gracia.
Tendrá que aprender que no todo lo que puede decirse debe convertirse en un asunto público.
Tavish recordó a Eleanor sosteniendo un pañuelo entre las manos, intentando decirle que un hombre no se detuvo cuando ella se lo pidió.
Aquel mismo hombre estaba aconsejándole discreción.
—Conozco la diferencia —respondió.
Sir Edmund pareció tranquilizarse.
Fue ese pequeño alivio lo que Tavish soportó peor.
Vane creía que había encontrado el argumento adecuado. La reputación de Eleanor, el ducado, las apariencias. Cosas que, según él, bastarían para mantener la verdad donde llevaba tanto tiempo.
—Me alegra oírlo —dijo—. Estoy seguro de que podremos entendernos.
Tavish retiró la mirada antes de que su expresión le advirtiera de cuánto se equivocaba.
Vane se apartó de la recepción poco después.
Tavish lo vio cruzar hacia una galería lateral, donde las conversaciones llegaban amortiguadas desde los salones. Un criado pasó con una bandeja y desapareció por otra puerta.
El baronet oyó sus pasos y se giró.
—¿Desea continuar nuestra conversación?
Tavish se detuvo delante de él.
—Sí.
Vane miró hacia el salón.
—No creo que este sea...
Tavish lo agarró por las solapas y lo empujó al interior de una pequeña sala de espera cuya puerta estaba abierta.
Sir Edmund tropezó con una silla.
—¿Qué demonios hace?
Tavish cerró la puerta detrás de ambos, sin echar la llave.
Vane se enderezó, indignado, y trató de apartarle las manos.
—Está usted en Windsor.
—Lo sé.
—Entonces compórtese de acuerdo con el lugar.
Tavish lo soltó.
Sir Edmund se alisó la chaqueta con un movimiento brusco. Pareció interpretar aquel gesto como una victoria.
—No toleraré otro...
—Le pidió que la dejara.
Vane levantó la cabeza.
Tavish tenía la voz tan baja que el baronet tuvo que dejar de hablar para escucharlo.
—Se lo pidió. Y usted no se detuvo.
—No voy a discutir las fantasías de una mujer...
El golpe le interrumpió la frase.
Vane retrocedió contra una mesa, llevándose una mano a la boca. Miró la sangre en sus dedos y después a Tavish, como si todavía no pudiera creer que lo hubiera golpeado.
—Va a pagar por esto.
Tavish avanzó.
Sir Edmund intentó defenderse. Lo alcanzó de forma torpe junto a la mandíbula y trató de empujarlo hacia la puerta, pero Tavish lo sujetó por la chaqueta y volvió a golpearlo.
La silla cayó al suelo.
Vane perdió el equilibrio. Buscó apoyo en la mesa y derribó un pequeño jarrón que se rompió contra la alfombra y las tablas.
Tavish no oyó el ruido.
Había imaginado muchas veces lo que diría al encontrarlo. Ninguna de aquellas frases regresó ahora. Solo recordaba a Eleanor mirándolo con vergüenza después de casi morir, preguntándole si la despreciaba.
Y a Vane aconsejándole que protegiera las apariencias.
Lo agarró otra vez.
El baronet intentó cubrirse. Ya no parecía dueño de la habitación ni de sus palabras. Ya no parecía tan arrogante. Tenía el cuello de la camisa torcido, la boca ensangrentada y una expresión de miedo que Tavish vio sin sentir la satisfacción que había esperado.
No le bastaba.
Aquello fue lo más peligroso.
Tavish sabía que lo estaba golpeando y, sin embargo, la rabia seguía exigiéndole otro movimiento, algo que pudiera compensar lo que no tenía compensación.
Tavish le dio otro puñetazo desde arriba, con más fuerza, haciéndole crujir los huesos.
La puerta se abrió.
—¡Tavish!
Eleanor había dejado el vaso sin terminarlo poco antes de llegar allí.
Su padre estaba hablando con Beatrice junto a la entrada cuando Henry se acercó.
—El duque ha salido del salón —le había dicho.
Ella levantó la cabeza.
—¿Solo?
Henry vaciló al advertir la urgencia de su voz.
—Detrás de sir Edmund Vane. Han ido hacia la galería.
Eleanor se puso en pie.
Beatrice volvió hacia ella el rostro.
—Querida...
—Necesito encontrarlo.
No esperó a que su tía decidiera qué hacer. Recogió la falda y salió de la antesala.
Henry la alcanzó.
—Por aquí.
Su padre preguntó algo a sus espaldas. Eleanor no contestó. Vio a sus otros dos hermanos apartarse de una conversación al ver que avanzaban deprisa y oyó a Beatrice pedirles que no la dejaran sola.
La primera vez que escuchó el golpe contra un mueble se detuvo.
Henry también lo oyó.
Señaló una puerta y se adelantó para abrirla.
Eleanor entró detrás de él.
Tavish tenía a Vane sujeto por la chaqueta. La estancia estaba desordenada y había una silla caída entre ambos y la salida.
Ella pronunció su nombre.
Tavish volvió la cabeza, pero el brazo seguía levantado.
Durante un instante pareció no comprender que estuviera allí.
Eleanor sintió miedo.
No el miedo al camarote ni a la puerta que no pudo abrir. Temió lo que pudiera suceder en el siguiente segundo, lo que Tavish estaba a punto de hacer delante de ella y lo que aquello le costaría.
—Basta.
Él miró a Vane.
—Después de lo que le hizo...
—Lo sé mejor que nadie —lo interrumpió Eleanor—. Y le estoy pidiendo que pare.
Su padre apareció en la puerta.
Tavish seguía sujetando al baronet.
Eleanor dio un paso, cuidando de no acercarse al brazo con el que Vane intentaba defenderse.
—Míreme —Él volvió hacia ella unos ojos que apenas reconoció—. No voy a perderlo también a usted por ese miserable —dijo—. Acaba de recuperar lo que le arrebataron a su familia. No arruine su vida aquí.
Tavish bajó lentamente el brazo.
Vane intentó soltarse, pero él todavía no había abierto la mano.
—Tavish.
Esta vez oyó cómo le temblaba la voz.
Miró sus propios dedos cerrados sobre la chaqueta de aquel hombre. Después vio la silla en el suelo, a Henry junto a la puerta y a Eleanor esperando a que hiciera algo tan sencillo como soltar.
Lo hizo.
Vane retrocedió y se dejó caer en el sillón.
Tavish se apartó un paso.
No estaba tranquilo. Le dolían los nudillos y seguía respirando con demasiada fuerza. Pero Eleanor estaba delante y por fin podía escucharla.
Ella no lo abrazó ni intentó consolarlo.
—Venga aquí —dijo.
Tavish obedeció.
—Este hombre me ha atacado —Vane se llevó un pañuelo a la boca. La frase salió menos firme de lo que pretendía, pero al ver al conde de Wetherby pareció encontrar una oportunidad de recuperar el dominio de la situación—. Milord, supongo que comprenderá la gravedad de lo ocurrido.
Wetherby miró la habitación.
Su hija estaba junto al duque. Beatrice acababa de entrar y Henry permanecía en el umbral con sus hermanos.
—Quiero saber qué ha pasado.
Vane señaló a Tavish.
—¡Me ha seguido y me ha encerrado aquí como un salvaje!
—protestó Vane, señalando a Tavish con una mano temblorosa—.
¡Me ha atacado sin la menor provocación!
Por lo visto, son ciertos los rumores acerca de la sangre vikinga que corre por las venas del nuevo duque de Airdmòr.
¡Este hombre es un bárbaro! ¡Un individuo violento que ha perdido por completo el juicio y que no debería haber sido admitido en presencia de Su Majestad!