Capítulo 20
La primera vez que Eleanor oyó reír a sir Edmund Vane, el capitán del barco estaba sentado a su lado.
Habían terminado de almorzar y algunos pasajeros permanecían en la cámara común, conversando mientras un criado retiraba los platos.
Vane contaba una anécdota sobre un cargamento que había llegado a un puerto equivocado.
No alzaba la voz ni necesitaba hacerlo. Los demás se inclinaban ligeramente para escucharlo.
Eleanor había observado aquella deferencia desde el comienzo de la travesía.
Sir Edmund tenía participaciones en varias empresas navieras, conocía a comerciantes importantes y hablaba de ministros con la familiaridad de quien podía escribirles sin necesidad de presentarse.
Rondaba los cincuenta años. El cabello oscuro empezaba a encanecerle junto a las sienes y sus modales parecían tan cuidados como la ropa.
Cuando le preguntó por sus lecturas, Eleanor respondió sin pensar que aquella conversación pudiera tener otra importancia.
Regresaba a Inglaterra después de un viaje dedicado al estudio de manuscritos. Su doncella llevaba dos días indispuesta y guardaba reposo en el camarote. Eleanor le subía el desayuno, le leía cuando se encontraba mejor y procuraba no alejarse demasiado.
Vane se interesó por una inscripción que ella había copiado. Dijo que poseía un dibujo de una piedra semejante, recogido durante uno de sus viajes comerciales, y prometió enseñárselo.
Aquella tarde llevó la carpeta a la pequeña cámara donde los pasajeros podían sentarse a escribir.
Había otra mujer junto a la ventana. Un criado entró para recoger una bandeja. La puerta permanecía abierta al pasillo.
Eleanor no tuvo motivo para levantarse cuando Vane ocupó una de las sillas.
El dibujo resultó menos interesante de lo que esperaba. No correspondía a la misma época, pero ella agradeció que se hubiera molestado en buscarlo y le explicó brevemente la diferencia de forma cortés.
Vane escuchó con una sonrisa.
—Habla de estas cosas con mucha pasión, lady Eleanor.
Ella recogió su cuaderno.
—Me interesan.
La otra pasajera se había retirado. Eleanor oyó alejarse sus pasos mientras guardaba el lápiz.
—Mi doncella me estará esperando. Debo volver con ella.
Vane también se levantó.
Durante un instante, Eleanor pensó que pretendía abrirle la puerta. En cambio, la cerró.
El sonido del pestillo le hizo girar la cabeza.
—No es necesario cerrarla.
Él dejó la mano sobre el picaporte.
—No tardaremos.
Eleanor se irguió.
—Hemos terminado, sir Edmund. Permítame pasar.
La sonrisa continuaba en su rostro. Eso fue lo primero que le produjo verdadero miedo: él había oído perfectamente lo que acababa de decir y, aun así, parecía encontrarla divertida.
Se acercó.
Eleanor retrocedió un paso, sorprendida, y chocó con la silla que acababa de dejar.
—No se acerque más —Vane le tomó la muñeca. Ella intentó soltarse—. Está haciéndome daño.
Él bajó la mirada hacia sus dedos, pero no aflojó la mano.
Eleanor dejó caer el cuaderno y trató de alcanzar la puerta con la otra. Lo llamó por su nombre, después le ordenó que se apartara. Al comprender que no pensaba obedecerla, gritó.
Se oyó una voz en cubierta. Un golpe contra la madera. El trabajo del barco continuaba al otro lado de aquellas paredes, absurdamente próximo.
Nadie abrió.
Vane la violó, a pesar de que Eleanor jamás le había dado motivo alguno para creer que deseaba intimar con él.
Apenas habían intercambiado unas palabras de cortesía durante la travesía.
Ella lo consideraba un caballero respetable, de buena posición y modales impecables, y solo por eso había aceptado conversar con él acerca de una antigua inscripción que, según aseguraba, guardaba cierta relación con sus investigaciones históricas.
Jamás había mostrado interés personal por aquel hombre, ni alentado sus atenciones, ni imaginado que pudiera tener otras intenciones.
Cuando comprendió lo que pretendía, intentó marcharse. Le pidió que se apartara, que la dejara salir. Pero Vane ignoró sus negativas y se aprovechó de que estaban solos para someterla por la fuerza.
Después, Eleanor recordaría con claridad el pestillo y el cuaderno abierto en el suelo. Recordaría haberse quedado mirando una mancha de tinta mientras él se arreglaba los puños, incapaz de comprender cómo podía estar haciéndolo con tanta tranquilidad.
No recordaría en qué momento dejó de pedirle que la soltara.
Cuando consiguió levantarse, Vane abrió la puerta.
—Será mejor que no se altere delante de los demás, usted será la que pierda.
Eleanor no lo miró. Recogió su cuaderno con las manos temblorosas porque estaba junto a sus zapatos y porque no sabía qué otra cosa hacer.
El pasillo seguía siendo el mismo, aunque ella ya no tenía el aspecto de la joven que había entrado en aquella habitación.
Llevaba el vestido arrugado, el cabello deshecho y varios mechones pegados a las mejillas húmedas por las lágrimas.
Le dolía el cuerpo, especialmente entre las piernas, y cada paso le recordaba lo que acababa de sufrir.
Intentó arreglarse la ropa con manos temblorosas, pero no conseguía sujetar los pliegues de la falda. Las lágrimas continuaban cayéndole en silencio y, por mucho que se las secara, no podía detenerlas.
Lo más terrible era que todo seguía igual. Se oían las voces de los pasajeros, los pasos de los marineros y el crujido habitual de la madera. Nadie parecía saber que, apenas unos minutos antes, su vida había cambiado para siempre.
Un mozo pasó con una cesta de ropa. Se apartó para dejarla cruzar y le deseó buenas tardes.
Ella llegó hasta su camarote y cerró.
Su doncella dormía. Eleanor se sentó en el borde de la cama, con el cuaderno apretado contra el pecho, y permaneció allí hasta que oscureció.
Durante el resto del viaje procuró no salir sola. Escuchaba los pasos del pasillo antes de abrir la puerta y retrocedía cuando reconocía su voz en la cámara común. Una mañana lo vio reír con el capitán, igual que antes.
A él no parecía haberle ocurrido nada.
Eleanor empezó a contar las horas que faltaban para desembarcar.
Al llegar a Inglaterra, Beatrice la abrazó antes de saber por qué temblaba. La llevó a su habitación, mandó salir a la doncella y esperó mientras su sobrina intentaba encontrar palabras.
Eleanor terminó diciéndoselo todo.
El nombre. La puerta. Lo que había hecho.
Su tía le sostuvo las manos con tanta fuerza que después quedaron marcas en los guantes.
—Ese miserable —murmuró.
Eleanor lloró al descubrir que la creía.
Pero, cuando preguntó qué ocurriría después, Beatrice se levantó y empezó a caminar por la habitación.
Habló de la posición de Vane, de las personas a las que conocía, de las preguntas que harían sobre la travesía. Se detuvo junto a la puerta para asegurarse de que no hubiera nadie escuchando.
—No soportaría que te hicieran repetirlo delante de desconocidos.
—¿Y él?
Beatrice no respondió enseguida.
Acabó sentándose a su lado y acariciándole el cabello.
—Primero tienes que descansar. Lo demás puede esperar.
Eleanor había querido descansar.
Había querido que su tía supiera qué hacer.
Después empezaron las visitas rechazadas, los viajes que convenía evitar y las conversaciones que terminaban en cuanto ella entraba. El nombre de Vane dejó de pronunciarse. El suyo, en cambio, parecía necesitar siempre alguna explicación.
—Eleanor.
La voz de Tavish llegó entre el murmullo de Windsor, entre el gentío de la fiesta en la que acababan de proclamar a Tavish como duque.
Ella giró hacia él los ojos y encontró su mano junto a la suya, abierta, esperando a que dejara de apretar los dedos sobre el guante.
El hombre de la puerta seguía allí.
Sir Edmund Vane.
Tenía algunas canas más. Eleanor se fijó en aquel detalle con una extraña precisión, como si su pensamiento no pudiera soportar todavía nada más grande.
—¿Quiere salir de aquí? —preguntó Tavish.
Ella asintió.
Él le ofreció el brazo. No intentó hacerla atravesar el salón deprisa ni miró una segunda vez hacia Vane mientras caminaban. Eleanor tuvo que concentrarse en el suelo, en el roce de su falda, en no detenerse cada vez que alguien se volvía para saludar al nuevo duque.
Encontraron a Beatrice cerca de una galería.
La tía dejó de hablar al ver el rostro de su sobrina.
—Querida, ¿qué ocurre?
—Necesita sentarse un momento —dijo Tavish.
Beatrice los condujo a una antesala. Había dos mujeres junto a una ventana; al notar que Eleanor parecía indispuesta, recogieron sus cosas y les dejaron espacio.
Tavish permaneció delante de ella hasta que se sentó.
—¿Es él?
Eleanor levantó los ojos.
No había duda en su voz. Solo necesitaba oírselo decir.
—Sir Edmund Vane.
Beatrice se quedó inmóvil.
Tavish volvió un instante hacia ella la mirada y comprendió que reconocía el nombre.
Eleanor se llevó una mano al cuello, donde las perlas le parecían de pronto demasiado ajustadas.
—No sabía que estaría aquí.
—No tenía por qué saberlo —respondió Tavish.
Su voz sonaba baja, pero Eleanor vio la tensión en su boca.
—No quiero que venga —murmuró—. No quiero que me hable.
—No se acercará a usted.
Beatrice se sentó a su lado y le tomó la mano. Tavish pidió agua a un criado que pasaba por la galería.
Cuando volvió, el conde de Wetherby estaba en la puerta.
—¿Qué sucede?
Eleanor intentó contestar, pero no consiguió ordenar una frase.
Beatrice levantó el rostro.
—Dale un momento.
El conde no insistió. Se quedó cerca de la entrada mientras Henry aparecía detrás de él.
Tavish esperó a que Eleanor bebiera.
Después se inclinó lo suficiente para que solo ella lo oyera.
—Voy a hablar con él.
Eleanor cerró los dedos sobre su manga.
—No delante de todos.
Él miró su mano y después su rostro.
—No hablaré de usted ante los invitados. Volveré.
Ella no lo retuvo cuando se incorporó.
Lo vio salir y sintió una inquietud distinta del miedo que había experimentado al reconocer a Vane. Tavish había recuperado la compostura, pero lo conocía demasiado bien para confundirla con tranquilidad.