Capítulo 19 #4
Lo dijo sin alzar la voz y sin permitir que pareciera una respuesta destinada únicamente a librarse de una invitación.
La mujer miró a Eleanor. Después volvió hacia el duque.
—No lo sabía.
—Ahora lo sabe.
Tavish suavizó la franqueza con una inclinación cortés, pero no retiró la mano que había colocado sobre la de Eleanor.
El silencio alrededor duró muy poco.
Alguien repitió la noticia en voz baja. Otra dama se volvió hacia el grupo. El hermano mayor de Eleanor miró a su padre, que no parecía sorprendido; el segundo abrió la boca para decir algo y Henry le hizo una advertencia con los ojos.
Beatrice contempló a Tavish durante unos segundos.
Había visto al hombre que sacó a su sobrina del mar. Ahora veía al que acababa de decir, delante de personas que ya calculaban su futuro, que sus intenciones tenían un nombre, y no pudo sentirse más orgullosa de su decisión de dejarlos ir en aquel barco.
Lord Alderwick fue el primero en romper la breve incomodidad.
—Deseo que tengan motivos para celebrar muchas cosas más —dijo.
Eleanor lo miró con gratitud.
—Gracias, milord.
Él se inclinó, correcto y digno, y reanudó una conversación con Wetherby sin intentar recuperar un lugar que ella nunca le había prometido.
Henry se acercó a su hermana cuando los otros invitados empezaron a moverse.
—Supongo que ya podemos dejar de leer los periódicos para enterarnos.
Eleanor lo miró.
—Gracias, Henry.
Ella sonrió. Henry le tocó brevemente el brazo antes de reunirse con sus hermanos.
Tavish esperó a que quedaran con un poco más de espacio.
—¿He sido suficientemente claro esta vez?
Eleanor recordó todas las invitaciones a Skye que él había disfrazado de consultas sobre su abuela.
—Creo que incluso sus antepasados lo habrían entendido.
Él sonrió.
La felicidad le resultó tan intensa que Eleanor tuvo que mirar un instante hacia la sala para contenerla.
Había llegado temiendo no saber dónde colocarse en la nueva vida de Tavish.
Él acababa de hacerle sitio sin apartarla de quien era, sin pedirle que pareciera menos estudiosa, menos inglesa o menos obstinada.
Solo quería seguir cortejándola.
—Cuando salgamos de aquí —murmuró Tavish—, tendré que hablar con usted sin que media aristocracia intente escuchar.
Eleanor volvió hacia él el rostro.
—¿Otra consulta sobre su familia?
—Sobre la que me gustaría tener.
Ella sintió que se le cerraba la garganta.
Tavish le acarició los dedos enguantados con el pulgar.
—No ponga esa cara, inglesa. Llevo meses procurando encontrar el momento.
Eleanor iba a responder.
Entonces escuchó una risa al otro lado del salón.
Al principio no supo por qué dejó de oír a Tavish.
La risa había sido breve, apenas distinta de las muchas que llegaban desde los grupos de invitados. Sin embargo, Eleanor giró la cabeza antes de poder decidir que no había razón para hacerlo.
Un caballero hablaba junto a una de las puertas.
Tenía una copa en la mano y escuchaba a otro hombre con una expresión de amable atención. Cuando sonrió, inclinó ligeramente el rostro.
Eleanor lo reconoció.
No tuvo que recordar una habitación ni reconstruir una voz. Le bastó verlo.
El aire pareció enfriarse sobre su piel.
Aquel hombre estaba allí, bajo las luces del palacio, saludando a personas que le devolvían la cortesía. Llevaba un traje impecable. Una mujer le dijo algo y él se inclinó para responderle, tan dueño de sus modales como cualquiera de los invitados.
Eleanor sintió que los dedos se le cerraban sobre la mano de Tavish.
El caballero no la había visto.
Todavía no.
Dio medio paso atrás.
—Eleanor.
La voz de Tavish llegó cerca, pero ella seguía mirando hacia la puerta.
Él dejó de hablar en cuanto le vio el rostro.
No la sujetó con más fuerza. Se giró hacia ella y buscó sus ojos, hasta ver que permanecían fijos en un punto detrás de su hombro.
Siguió aquella dirección.
Había tres hombres junto a la entrada. Uno se apartó para saludar a una pareja y dejó al descubierto al caballero de la copa.
Eleanor retiró bruscamente el aire, como si hubiera estado esperando aquella distancia mínima para convencerse de que no se había equivocado.
Tavish volvió a mirarla.
Ella lo buscó entonces, con el miedo escrito en la boca entreabierta y en la manera en que intentaba acercarse sin dejar de vigilar al desconocido.
Él comprendió.
No necesitó un nombre.
Se colocó ligeramente a su lado, ofreciéndole el espacio donde podía quedar menos expuesta a las miradas. Eleanor mantuvo los dedos aferrados a los suyos.
—Estoy aquí —dijo Tavish en voz baja.
Ella asintió.
El salón continuaba igual. Alguien reía. Una madre presentaba a su hija. A pocos pasos, un caballero hablaba del nuevo duque de Airdmòr sin advertir que lo tenía delante.
Tavish miró otra vez hacia la puerta.
Había imaginado muchas veces al hombre que le hizo aquello a Eleanor. Durante meses había tenido que conformarse con una rabia sin rostro, con el recuerdo de su voz al decir que le había suplicado que la dejara.
Ahora lo tenía a unos pasos.
Y Tavish, que había aprendido a dominar su impaciencia por ella, tuvo que hacer el mayor esfuerzo de su vida para no cruzarlos.