La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Y la abrazó. Beatrice no solía dar abrazos, pero Eleanor comprendió que su tía, a su modo, también había sufrido.

Al llegar al palacio, el desfile de carruajes avanzaba lentamente entre luces y voces de criados. Eleanor sujetó la falda al descender y tomó el brazo de su padre. Sus hermanos los seguían; Beatrice caminaba al otro lado, demasiado ocupada en observar la entrada para comentar el frío.

Dentro, el resplandor de las lámparas se multiplicaba en los espejos. Había uniformes, vestidos de seda, joyas que Eleanor reconocía de otras temporadas y rostros que se volvían discretamente al paso de cada nuevo grupo.

Era el mundo en el que había crecido.

Aquella noche lo observaba con la extraña sensación de haber regresado después de una ausencia mucho mayor que unos meses.

El anciano Lord Alderwick se acercó antes de que llegaran al siguiente salón.

Saludó a Beatrice, estrechó la mano del conde y se inclinó ante Eleanor.

—Lady Eleanor. Me alegra verla de nuevo.

—Milord.

El vizconde la miró con una atención que no resultó incómoda.

—Le ha sentado bien el viaje en barco.

—Me alegra haberlo hecho, milord.

Alderwick asintió.

No preguntó si había reconsiderado su ofrecimiento. Le habló de su nieto y de un libro que creía que podría interesarle. Eleanor agradeció que su cortesía no escondiera una reclamación.

—He oído que el nuevo duque estará aquí esta noche —añadió él.

Ella sintió que la mano se le tensaba sobre el abanico.

—Sí.

El vizconde lo vio, pero tuvo la delicadeza de no demostrarlo.

—Les deseo lo mejor, lady Eleanor. Merece usted ser feliz.

Una mujer pasó junto a ellos con dos hijas vestidas casi del mismo color. Eleanor alcanzó a oír que lamentaba no haber conseguido una presentación con el señor MacKinnon antes de la recepción.

Su segundo hermano se inclinó hacia Henry.

—Parece que lo de Pembroke no ha desanimado a nadie.

Henry le dio un codazo discreto.

Eleanor fingió no haberlos oído.

Entonces se anunció al duque de Airdmòr.

Tavish había soportado dos ajustes en el cuello, una explicación sobre dónde detenerse y la intervención de un hombre que pareció considerar su mechón rebelde un asunto de importancia nacional.

No permitió que le cortaran el cabello.

Se lo recogieron con sobriedad, y las pequeñas trenzas que había llevado en Skye quedaron sustituidas por una disposición que dejaba despejadas sus facciones.

El traje de corte oscuro le sentaba mejor de lo que estaba dispuesto a admitir.

El chaleco de seda marfil, los puños blancos y la plata discreta de los botones acentuaban la anchura de sus hombros sin disimular al hombre acostumbrado a trabajar.

La espada ceremonial le resultaba menos molesta que la cantidad de instrucciones que había recibido sobre ella.

Al entrar, notó cómo algunas conversaciones se interrumpían.

No buscó a quienes lo observaban.

Buscó a Eleanor.

Solo a ella.

Y la vio antes de que le indicaran dónde debía avanzar.

Estaba junto a su padre, con un vestido verde que parecía haber recogido toda la luz de sus ojos. Tenía el cabello recogido y sostenía el abanico demasiado quieto.

Lo estaba mirando.

Tavish sintió el mismo impulso que en el salón de Torquil: atravesar el espacio y quedarse a su lado.

Esta vez tuvo que continuar hacia la reina.

Victoria lo recibió con una atención serena. Llevaba vestido oscuro, joyas y una expresión que no parecía necesitar que nadie le recordara la importancia de su presencia. Tavish se inclinó cuando correspondía.

—Nos han hablado de la reclamación de su familia, duque.

—Entonces habrán sabido que otras personas la sostuvieron mucho antes que yo, Majestad.

La reina lo observó unos segundos.

—Tendrá ocasión de honrarlas ocupándose de lo que ahora le corresponde.

—Esa es mi intención.

No hubo una nueva concesión, ni un título que dependiera de aquella conversación. Tavish había llegado como duque y fue recibido como tal.

Aun así, al apartarse sintió el peso de lo que acababa de ocurrir.

Su padre jamás había podido estar allí.

Él sí.

Lo estaba honrando. A él. Y a su muerte. Al igual que a su madre.

Y, por supuesto, a su abuela.

Apenas regresó al salón, un caballero solicitó presentarle a su esposa. Detrás aguardaba otra familia. Tavish respondió con corrección, escuchó felicitaciones y aprendió que algunas invitaciones a cenar contenían muchas más intenciones de las que cabían en una mesa.

Una joven le preguntó si encontraba Londres demasiado distinto de las Highlands.

—Bastante más difícil para avanzar en línea recta —respondió él, mirando la sucesión de personas que lo separaban de Eleanor.

Ella sonrió sin comprender del todo.

Tavish se disculpó con una inclinación y cruzó el salón antes de que alguien le ofreciera otra presentación.

Eleanor había imaginado aquel momento durante el viaje a Windsor.

En sus pensamientos encontraba una frase ingeniosa. Algo que demostrara que no había pasado los últimos meses aguardando el sonido de sus pasos.

Cuando Tavish se detuvo delante de ella, solo consiguió decir:

—Su Gracia.

Él le tomó la mano.

—No empiece.

La familiaridad de su voz estuvo a punto de deshacer toda la compostura que había reunido.

Tavish inclinó la cabeza sobre sus dedos enguantados. Al levantarse, la miró con tanta atención que Eleanor dejó de oír a su hermano hablar detrás de ella.

—Está preciosa, inglesa.

—Usted parece haber aprendido a tolerar los cuellos altos.

—No confunda mi silencio con conformidad.

Eleanor sonrió.

Él saludó al conde, a Beatrice y a los tres hermanos. Henry enderezó la espalda cuando Tavish le estrechó la mano.

—Señor Ashcombe.

—Su Gracia.

—Espero que haya dejado de enviar informes alarmantes sobre mis costumbres.

Henry se ruborizó.

—Procuro hablar únicamente de lo que conozco.

Tavish lo observó un instante.

—Una buena costumbre.

Beatrice recibió su saludo con una inclinación menos fría que la de Portsmouth.

—Parece que los sastres han conseguido lo que nadie más había logrado.

—Han tenido que cobrarme por ello, milady.

Eleanor se rio, y Tavish volvió enseguida hacia ella.

—¿Podemos caminar un momento?

Miró a su tía por costumbre.

Beatrice tomó el brazo de una conocida que acababa de acercarse.

—Estaré en la galería, querida.

Tavish le ofreció el brazo. Eleanor lo aceptó y lo acompañó hasta el extremo menos concurrido del salón, donde las puertas abiertas permitían ver a los invitados de la estancia contigua.

Durante los primeros pasos no hablaron.

Eleanor sentía el calor de su brazo a través de la tela y se preguntaba cómo algo tan sencillo podía resultarle tan difícil de soportar sin emocionarse.

—Creí que nunca conseguiría llegar hasta usted —dijo él.

—Tenía obligaciones.

—Ya he oído suficiente esa palabra este invierno.

Eleanor levantó el rostro.

De cerca seguía encontrando lo mismo: los ojos avellana, la barba cuidadosamente recortada, una pequeña marca junto a la mandíbula que los sastres no habían podido modificar.

—Lo he echado de menos —admitió.

Tavish se detuvo.

La respuesta tardó apenas un instante.

—Lo sé. Yo también.

—No puede saberlo solo por mis cartas.

—Eleanor, leí algunas tantas veces que terminé aprendiendo dónde había apoyado la mano antes de secarse la tinta.

Ella lo miró sin encontrar una réplica.

Tavish la condujo unos pasos hacia el abrigo de una columna. No estaban aislados del resto de los invitados; podían oír las conversaciones y ver pasar a quienes atravesaban la galería. Pero durante unos segundos nadie los miró.

Él le rozó la mejilla.

—Dígame que todavía reconoce al hombre que hay debajo de todo esto.

Eleanor le acomodó una solapa.

—Lo he reconocido antes de que terminara de entrar.

Tavish se inclinó y la besó.

Ella se aferró a su brazo con una emoción que hizo desaparecer los meses de respuestas aplazadas. El beso duró poco, no porque ninguno quisiera apartarse, sino porque ambos recordaron al mismo tiempo dónde estaban.

Tavish permaneció cerca.

—Ahora puedo soportar el resto de la velada.

Eleanor lo miró con las mejillas encendidas.

—Tendrá que parecer bastante menos satisfecho.

—No espere milagros, inglesa. Me han enseñado a hacer una reverencia. Nada más.

Ella se rio y dejó que le tomara de nuevo la mano.

No era el título lo que la hacía feliz.

Era que él hubiera atravesado aquel salón buscándola como la buscaba en cubierta, después de terminar una maniobra.

Al volver, encontraron a lord Alderwick conversando con el conde.

El vizconde felicitó a Tavish sin exceso de ceremonia.

—Me alegra saber que la reclamación ha terminado favorablemente.

—Gracias, milord.

Alderwick miró a Eleanor.

—Y que no les ha quitado el gusto por la compañía.

Ella sonrió, algo azorada.

Antes de que pudiera responder, una dama se acercó con su hija. Había conseguido que un conocido las presentara y no parecía dispuesta a perder la ocasión.

Tavish escuchó los nombres y se inclinó con cortesía.

—Esperamos tener el placer de recibirlo en nuestra casa —dijo la mujer—. Mi esposo está muy interesado en conocerlo. Y mi hija siente una verdadera fascinación por Escocia.

La joven bajó los ojos, incómoda con aquella declaración.

Eleanor sintió cierta compasión por ella.

Tavish agradeció la invitación.

—No sé cuánto tiempo podré permanecer en Londres.

—Confiamos en que encuentre motivos para prolongar la estancia. Un hombre en su posición debe pensar también en establecer una familia.

El conde de Wetherby dejó de mover la copa.

Tavish miró brevemente a Eleanor.

Ella no bajó los ojos.

—Ya estoy pensando en ello —respondió él.

La dama sonrió.

—Entonces quizás podamos...

—Estoy cortejando a lady Eleanor Ashcombe.