La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

El  Ròs na Mara  continuó navegando bajo el mando de Calum. Cada informe sobre una entrega terminaba con alguna observación destinada a impedir que Tavish se acostumbrara demasiado a que le abrieran las puertas.

Eleanor recibía otro tipo de cartas.

Algunas olían ligeramente al fuego junto al que habían sido escritas.

Otras llegaban con una línea añadida en el margen porque Tavish había recordado algo después de firmar.

Le hablaba de las propiedades, sí, pero también de una comida desastrosa, de un criado empeñado en retirarle las botas y de lo mucho que lo irritaba encontrar una biblioteca entera sin una inglesa que lo acusara de taparle la luz.

Ella contestaba desde Londres.

Había vuelto a estudiar. Visitaba a una amiga con la que podía hablar de libros sin que la conversación terminara en candidatos matrimoniales. Algunos días salía con Beatrice; otros rechazaba una invitación y aceptaba otra sin convertir cada decisión en una solicitud de permiso.

No todas las noches eran fáciles.

Tampoco todos los silencios de su padre habían encontrado todavía una conversación que los sustituyera.

Pero Wetherby empezó a visitarla cuando estaba en Londres sin llevar una propuesta económica que justificara la visita.

Al principio preguntaba por sus lecturas con la torpeza de quien intenta entrar tarde en un asunto importante.

Eleanor descubrió que podía contestarle sin fingir que aquello bastaba para reparar los años anteriores.

Beatrice también tuvo que aprender a detenerse.

—He dicho que no iré el jueves, tía —le recordó una mañana.

—La anfitriona se sentirá ofendida.

—Podrá recuperarse. Yo necesitaré la tarde para terminar mi trabajo.

Beatrice la contempló por encima de sus lentes.

—El capitán MacKinnon ha tenido una influencia considerable en tu nuevo temperamento.

Eleanor sonrió antes de volver a sus notas.

—En eso estamos de acuerdo.

Henry regresó a Londres con sus hermanos cuando el invierno estaba avanzado. Su primera disculpa, meses atrás, había terminado hablando del apellido familiar. Esta vez no intentó explicar sus palabras.

—Fui cruel contigo —dijo, de pie en la puerta del salón—. No hay nada más que añadir.

Eleanor dejó el libro.

—Entonces no lo añadas.

Él asintió.

No se hicieron cercanos aquella misma tarde.

Henry tuvo que aprender que una disculpa no le concedía inmediatamente la confianza que había malgastado.

Pero empezó a quedarse a conversar sin mencionar lo que podrían decir de ella.

Y, cuando su hermano mayor aludió a los rumores sobre Tavish, fue Henry quien interrumpió.

—Pregúntale a Eleanor. Ella lo conoce.

Ella lo miró con sorpresa.

Él fingió interesarse por el plato de pastas.

La noticia del reconocimiento llegó antes de que terminara el invierno.

Tavish recibió la comunicación en Airdmòr. Los documentos habían sido examinados y su derecho hereditario, admitido. Ya no quedaba pendiente demostrar quién era el hijo de Lachlan MacKinnon.

El secretario terminó de leer y levantó los ojos.

—Su Gracia.

Tavish permaneció sentado.

Después pidió que lo dejaran solo unos minutos.

Abrió la caja de Màiri, colocó la comunicación junto a las cartas de sus padres y se quedó mirando los tres nombres que nadie había pronunciado al darle la noticia.

Lachlan. Elspeth. Màiri.

Fue a Eleanor a quien escribió primero.

Ella leyó la carta dos veces antes de entregársela a Beatrice. Cuando llegó al final, la tía tuvo que buscar su pañuelo.

—Tuvo razón en no abandonar la investigación.

Eleanor negó suavemente.

—La tuvieron ellos.

Señaló los nombres de sus padres.

Después recuperó la carta para leer otra vez las líneas que Tavish había escrito debajo de la firma.

Ahora todos parecen saber dónde debo estar y con quién debo hablar. Yo sigo pensando en la silla que ocupaba usted al otro lado de mi mesa.

Eleanor apoyó el papel sobre el regazo.

Estaba orgullosa de él.

Y lo echaba de menos con una intensidad que ninguna noticia conseguía hacer más llevadera.

Tampoco era la única que aguardaba su regreso. Desde Eilean Ròs, Fiona y Edward habían escrito varias veces para interesarse por los progresos de Tavish. Ambos celebraban que finalmente hubiera conseguido el reconocimiento de su título y comprendían que Airdmòr reclamara ahora toda su atención.

Fiona, sin embargo, no había podido resistirse a añadir unas palabras.

Dile a ese condenado escocés, primo mío, que tener un ducado no significa que pueda olvidarse de nosotros.

Su habitación sigue esperándolo en Eilean Ròs, y su abuela Catriona empieza a perder la paciencia.

Aunque ahora que lo pienso, quizá debamos ir a visitarlo.

Me gustaría comprobar si todos esos criados han conseguido enseñarle buenos modales.

Edward había sido más comedido.

Nos alegramos sinceramente por él. Merece conocer la tranquilidad de tener un lugar propio después de tantos años en el mar. Pero espero que recuerde que aquí también tiene una familia que desea verlo.

Aquellas palabras habían emocionado a Eleanor. Sabía cuánto significaban para Tavish, que había crecido sin sus padres y había pasado buena parte de su vida navegando de un puerto a otro.

Cathaline, por su parte, había escrito una carta considerablemente más divertida.

Queridísima Eleanor:

Me ha llegado un rumor extraordinariamente interesante.

Al parecer, nuestro querido Tavish MacKinnon, flamante duque de Airdmòr y soltero más codiciado de Gran Bretaña, ha declarado sus intenciones de cortejar formalmente a cierta dama inglesa de ojos verdes y una peligrosa afición por los documentos antiguos.

Eleanor no había podido evitar sonreír.

No intentes negármelo. Mis fuentes son excelentes y, además, conozco demasiado bien a ese bribón. Jamás lo había visto interesarse tanto por una mujer como para permitirle que lo corrigiera delante de otras personas.

También debes saber que eres la envidia de medio país.

Por lo visto, las madres de Londres han enloquecido.

Todas quieren presentar a sus hijas al nuevo duque.

Es apuesto, inmensamente rico, escocés, soltero y, para colmo, tiene un pasado como capitán de barco.

Una combinación verdaderamente irresistible.

Audrey y yo hemos llegado a la conclusión de que ninguna de esas pobres muchachas sabe dónde se está metiendo.

Eleanor había soltado una carcajada al leerlo.

Pero las últimas líneas de Cathaline eran mucho más afectuosas.

Bromas aparte, querida amiga, espero que seas feliz. Sé cuánto lo quieres y también sé que ese MacKinnon, que un día pegó a Edward, no habría cruzado medio reino para buscarte si no sintiera exactamente lo mismo. Ven a vernos pronto. Todos os echamos de menos.

Eleanor dejó la carta de Cathaline junto a la de Tavish.

Le alegraba pensar que, a pesar de su nueva posición, él no había perdido a quienes siempre lo habían querido. Fiona, Edward, Cathaline, incluso los duques de Glenmuir y la anciana Catriona continuaban esperándolo, aunque comprendieran que ahora tuviera sus propias tierras y una casa que gobernar.

Tavish había encontrado por fin el lugar que le correspondía.

Solo esperaba que, cuando terminaran sus obligaciones y pudieran volver a verse, también hubiera un lugar para ella a su lado.

Habían transcurrido casi diez meses desde la fiesta de Skye cuando llegaron las invitaciones para la recepción en Windsor.

El nombre de Tavish llevaba semanas circulando por los periódicos y los salones.

La historia del capitán que había recuperado un ducado reunía demasiadas cosas atractivas para pasar inadvertida: una reclamación olvidada, documentos escondidos, una fortuna, un pasado de navegante y un hombre al que nadie conseguía comprometer con la hija adecuada.

Eleanor descubrió que algunas personas que jamás se habían interesado por sus estudios ahora deseaban saber cada detalle de su estancia en Escocia.

No se los contó.

La víspera de la recepción, su hermano mayor, que estaba de visita en casa de Beatrice, entró en el salón con un periódico doblado.

—Según esto, el duque posee una flota.

Henry alzó la cabeza.

—Tiene un barco.

—Aquí habla de intereses marítimos.

—Y yo tengo dos caballos. Eso no me convierte en propietario de todas las caballerizas de Londres.

El segundo hermano se rio desde la chimenea.

—También aseguran que va a casarse con una hija de lord Pembroke.

Eleanor mantuvo la vista en su labor.

Henry la miró antes de responder.

—Entonces deberían habérselo preguntado a él.

Beatrice dejó las lentes sobre la mesa.

—Por una vez, Henry ha dicho algo sensato.

—Voy a procurar que nadie lo publique —replicó el muchacho.

Eleanor consiguió sonreír, pero aquella noche volvió a leer la última carta de Tavish.

Llegaría a Windsor antes que ellos, requerido por los preparativos de su presentación. Había confirmado que asistiría el conde de Wetherby con su familia.

No le preguntaba si iría.

Le decía que la buscaría.

La doncella terminó de acomodar la cola del vestido y se apartó para que Eleanor pudiera verse.

La seda verde pálido adquiría un brillo más profundo en los pliegues de la falda.

El corpiño seguía la línea de su cintura sin excesos de adorno, y unas perlas pequeñas descansaban sobre la piel que dejaba libre el escote.

Llevaba el cabello rubio recogido, con algunas ondas suaves junto a las sienes y unos pendientes sencillos que habían pertenecido a su madre.

Beatrice la observó en el espejo.

—Estás muy hermosa.

Eleanor bajó los ojos hacia los guantes.

—Ha tardado bastante en decidirse a decirlo.

—Estaba intentando no alegrarme demasiado con la idea de que mi sobrina va a casarse con un duque —Eleanor se volvió hacia ella. La tía le acomodó una perla que no necesitaba ser acomodada—. No hace falta que pases toda la noche pendiente de lo que piensen los demás.

La sorpresa de Eleanor ante el comentario de su tía, antaño tan pendiente de los rumores, consiguió aliviar parte de sus nervios.

—Tendré que recordarle que ha dicho eso, tía.

—No abuses, querida.