La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 19
75%

Capítulo 19

En Edimburgo, Tavish descubrió que una verdad podía ocupar varias carpetas y seguir necesitando otra firma.

Había llegado con los documentos protegidos del agua, las referencias ordenadas por Eleanor y una impaciencia que los abogados recibieron sin inmutarse.

Examinaron la certificación matrimonial, solicitaron copias de los registros y volvieron a recorrer una genealogía que él ya conocía de memoria.

Después pidieron testimonios, cotejaron escrituras y enviaron consultas a hombres que contestaban cuando les parecía oportuno.

La investigación había terminado. Demostrar ante las autoridades cuanto habían descubierto era otra cosa.

Durante las primeras semanas, Eleanor lo acompañó a las reuniones en las que necesitaban sus explicaciones. Se alojaba con la señora Bell en la casa que Torquil había dispuesto para la estancia, y Tavish encontraba cada tarde una razón para presentarse antes de la cena.

A veces llevaba una pregunta del abogado.

Otras, un libro.

Una tarde llegó sin nada.

—Por fin —comentó Eleanor al verlo entrar.

Tavish miró sus manos vacías.

—¿Esperaba algún regalo?

—Esperaba que dejara de necesitar una excusa.

Él sonrió, cerró la puerta del salón sin encajarla y se acercó a besarle la mano.

Aquellas visitas consiguieron que Edimburgo no quedara reducido en su recuerdo al olor de la tinta y a los relojes de los despachos.

Pero al terminar la sexta semana ya habían entregado cuanto dependía de ellos.

El expediente seguiría su curso. Tavish debía conocer las propiedades cuya administración reclamaba su presencia; Eleanor tenía que decidir qué hacer mientras esperaban.

Fue entonces cuando apareció el conde de Wetherby.

Tavish lo encontró en el recibidor de la casa, dejando el sombrero en manos de un criado. Era un hombre alto, de cabello rubio ya veteado de gris y modales tranquilos. Tenía los ojos de Eleanor, aunque no su manera de mirar.

Había hablado con su hija durante una hora antes de pedir que le anunciaran al capitán.

—Señor MacKinnon.

—Milord.

El conde le estrechó la mano.

—Deseaba agradecerle personalmente lo que hizo por Eleanor.

Tavish había imaginado aquel encuentro muchas veces. En ninguna de ellas le resultaba fácil recibir aquellas palabras.

—Ha tenido tiempo para hacerlo.

Wetherby lo observó un instante.

—Las noticias que me llegaron fueron confusas.

—Su hija estaba en Portsmouth cuando ocurrió. No en el otro extremo del mundo.

El conde retiró lentamente los guantes.

—Preferiría que habláramos en privado.

Entraron en una pequeña sala. Tavish permaneció de pie mientras Wetherby cerraba la puerta.

—Sé que se ha ocupado de ella —dijo el conde—. Mi antigua cuñada, Beatrice, me ha explicado su intervención y Eleanor habla de usted con mucho afecto. No quisiera que empezáramos esta conversación con un malentendido.

—No hay ningún malentendido. Usted estaba ausente cuando su hija lo necesitó.

Wetherby apoyó los guantes sobre una mesa.

—Mi esposa tenía una situación familiar difícil.

—Lo sé. Eleanor también.

El silencio duró lo suficiente para que Tavish advirtiera la irritación bajo la compostura del aristócrata.

—Mi hija ha tenido siempre cuanto he podido proporcionarle. Maestros, libros, dinero para sus estudios. Nunca le he negado nada de eso.

—No estoy hablando de dinero.

—Entonces sea más preciso.

Tavish lo miró de frente.

—Ha permitido que otras personas le expliquen cómo se encontraba su hija. Ha aceptado las respuestas de su cuñada cuando debería haber escuchado las de Eleanor. Y ella ha acabado creyendo que no tenía derecho a pedirle más.

Wetherby volvió la cabeza hacia la puerta.

—¿Eso le ha dicho?

—No voy a repetirle nuestras conversaciones.

—Está haciendo acusaciones bastante graves basándose en ellas.

—Le estoy diciendo lo que he visto.

El conde se acercó a la ventana. Parecía buscar una objeción que no consistiera en volver a mencionar sus obligaciones.

—Creí que estaba bien atendida con Beatrice.

—Estaba atendida. No es lo mismo que tener a su padre.

Wetherby permaneció callado. Cuando se volvió, había perdido algo de la seguridad con que entró.

—No sabía que se sentía así.

Tavish no suavizó la respuesta.

—Entonces tendrá que preguntárselo y quedarse a escuchar.

El conde recogió los guantes, pero no se los puso.

—Mi hija desea volver a Inglaterra.

—Lo hemos hablado.

—Beatrice irá a Londres para recibirla. Yo la acompañaré desde aquí.

Tavish asintió. Eleanor se lo había dicho aquella mañana.

No pretendía regresar a los meses de encierro ni a las visitas que otros escogieran para ella.

Quería sus libros, algunas de sus antiguas amistades y la posibilidad de volver a entrar en un salón sin sentir que estaba compareciendo ante un tribunal.

Le había costado escucharla hablar de marcharse. No iba a convertir esa dificultad en otra razón para retenerla.

Wetherby lo estudió antes de continuar.

—Hay algo que necesito preguntarle, señor MacKinnon. ¿Cuáles son exactamente sus intenciones respecto a Eleanor?

Tavish se irguió.

—Cortejarla.

El conde no pareció sorprendido, pero prestó más atención.

—¿Con intención de matrimonio?

—Con intención de matrimonio —se cuadró Tavish.

—Su situación está cambiando considerablemente.

—Mis intenciones no.

Wetherby lo miró durante unos segundos.

—Todavía no tiene el reconocimiento del título.

—Me interesé por su hija cuando solo tenía un barco, milord. No necesito un ducado para saber que quiero casarme con ella.

El conde bajó los ojos hacia los guantes.

Tavish dejó que asimilara la respuesta antes de añadir:

—Eleanor sabe que deseo cortejarla. Lo que no voy a hacer es acordar con usted una respuesta que le corresponde dar a ella.

—No he pretendido sugerirlo.

—Me alegra oírlo.

Wetherby soltó el aire lentamente.

—No acostumbro a permitir que un hombre venga a darme lecciones sobre mi propia familia.

—Tampoco yo acostumbro a enamorarme. Amo a su hija, milord. Y no volveré a amar a ninguna mujer del mismo modo.

La franqueza dejó al conde sin una réplica inmediata.

Cuando abrió la puerta, no ofreció una disculpa que Tavish no le había pedido ni prometió convertirse en otro padre de la noche a la mañana. Solo se detuvo antes de salir.

—Quiero que Eleanor esté bien.

—Entonces escúchela.

—Capitán MacKinnon —se despidió el conde con un movimiento de cabeza.

—Lord Wetherby —le devolvió la cortesía Tavish.

La víspera de la partida, Eleanor encontró a Tavish junto a los baúles del recibidor.

Estaba mirando la etiqueta de uno de ellos con una hostilidad que le habría resultado divertida si no hubiera sentido lo mismo cada vez que la señora Bell cerraba una caja.

—No va a conseguir que cambie de destino por observarla así.

Tavish levantó la cabeza.

—Podría convencer al cochero de que se equivoca de camino.

—Mi padre vería que estamos regresando a Skye.

—Su padre parece un hombre ocupado. Quizás tardara en darse cuenta.

Eleanor sonrió y después bajó los ojos. Tavish lo vio y dejó de fingir que aquella despedida podía resolverse con una broma.

La condujo hasta el salón. La señora Bell permanecía en el recibidor, comprobando con el criado lo que debía cargarse por la mañana.

—No me gusta marcharme precisamente ahora —admitió Eleanor.

—A mí tampoco.

—Pero no puedo quedarme aquí esperando indefinidamente una resolución.

—Lo sé.

Ella se acercó a la ventana. Durante semanas se había sentado allí para leer mientras aguardaba que Tavish regresara del despacho. Le parecía extraño que al día siguiente él pudiera cruzar aquella puerta y encontrar la silla vacía.

—¿Qué hará cuando llegue a Airdmòr?

—Preguntar más de lo que les va a gustar a sus administradores.

Eleanor volvió hacia él el rostro.

—Procure escuchar las respuestas.

—Ya sabía que iba a darme una última orden.

—No será la última.

Tavish se acercó.

—Eso espero.

Le acarició la mejilla y Eleanor cerró los ojos un instante. Había dejado de contar las veces que había querido aquel gesto. Ahora intentaba recordar exactamente cómo se sentía.

Él la besó.

Eleanor le sujetó las solapas y lo atrajo hacia sí, con una urgencia que no tenía nada que ver con demostrar valor. Quería que se quedara. Quería quedarse ella. Durante unos instantes le pareció que todas las razones para separarse eran absurdamente pequeñas comparadas con el esfuerzo de soltarlo.

Tavish apoyó la frente contra la suya.

—Le escribiré.

—No solo sobre las propiedades.

—Tenía intención de incluir alguna queja sobre los abogados.

Ella soltó una risa temblorosa.

—Tavish.

Él le levantó suavemente el rostro.

—No voy a desaparecer detrás de un título, Eleanor.

La certeza de su voz le permitió respirar mejor.

—Entonces no me haga adivinar lo que siente desde Londres.

Tavish la besó otra vez, más despacio.

—Procure no cansarse de recibir cartas.

Cuando se apartaron, Eleanor le alisó una solapa que había dejado arrugada.

—Y no permita que lo conviertan en alguien insoportablemente solemne.

Él arqueó una ceja.

—¿Eso le preocupa más que mi ausencia?

—Su ausencia tendrá remedio.

Tavish sonrió, aunque tardó en soltarle las manos.

No habían acordado permanecer separados durante meses.

Al principio pensaron en el tiempo necesario para terminar las comprobaciones. Después aparecieron plazos que Tavish no podía acortar con una orden, consultas remitidas a Londres y obligaciones en Airdmòr que no admitían resolverse firmando una hoja desde una posada.

El otoño lo encontró recorriendo las tierras.

El invierno llegó mientras todavía recibía cartas que comenzaban explicando la importancia de tener paciencia.

Tavish no la tuvo siempre.

Discutió con un administrador que pretendía enseñarle únicamente las cuentas favorables.

Se presentó sin aviso en viviendas cuya reparación llevaba demasiado tiempo aplazada y aprendió los nombres de hombres que bajaban la voz al hablar del difunto duque.

No prometió resolverlo todo. Quiso saber qué podía hacerse primero y cuánto costaría.