La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 18
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Capítulo 18

—No pienso sentarme delante de una sala llena de gente para que brinden por un título que todavía no tengo.

Torquil recibió la objeción sin sorprenderse.

—Entonces brindaremos por usted.

Tavish lo miró con desconfianza.

Estaban junto a la puerta del salón, donde dos hombres trasladaban un banco y una criada colocaba ramas verdes sobre la repisa de la chimenea. Desde el patio llegaban voces, el ruido de un carro y una discusión acerca de dónde habían guardado las jarras grandes.

—¿A cuántas personas ha invitado?

—A la familia. A algunos vecinos. A sus hombres, naturalmente.

—Naturalmente —repitió Tavish.

Torquil dejó sobre una mesa el candelabro que llevaba.

—No estamos celebrando lo que les ocurrió a sus padres. Ni pretendemos que usted lo olvide por sentarse a cenar con nosotros. Pero el hijo de Lachlan está aquí. Me gustaría que los nuestros pudieran conocerlo ahora que sabemos toda la verdad.

Tavish volvió hacia el salón los ojos.

Dos noches antes había permanecido allí con la carta de su abuela entre las manos. Recordaba el silencio, la certificación sobre la mesa y la dificultad de comprender cuanto acababan de explicarle.

Ahora alguien estaba discutiendo porque faltaban platos.

Torquil esperó hasta que volvió a mirarlo.

—Su padre también tuvo una vida antes de que aquel hombre se la arrebatara. Hay personas en esta casa que pueden hablarle de ella sin enseñarle un expediente.

Aquello terminó con las objeciones de Tavish.

—Está bien. Me quedaré a cenar.

Torquil sonrió.

—Magnífico. Ahora tenemos que resolver lo de su ropa.

Eleanor supo que aquella no sería una cena corriente cuando vio entrar a Calum con una túnica azul, un ancho cinturón de cuero y una expresión de resignación que no consiguió ocultar su diversión.

—No diga nada, milady.

Ella se llevó una mano a los labios.

—No he dicho nada.

—Lo está pensando con demasiada claridad.

La señora Bell, sentada cerca de la chimenea, bajó los ojos hacia su labor. Sus hombros se movieron con resignación.

Calum miró hacia ella.

—Ya veo que tampoco encontraré ayuda por ese lado.

El antiguo salón vikingo había cambiado desde la mañana en que abrieron el escondite.

Las mesas estaban dispuestas a ambos lados, cubiertas con manteles claros, fuentes de pan y jarras.

Los escudos seguían en las paredes, pero ahora entre ellos brillaban las luces de los candelabros.

El fuego encendido daba calor a las vigas oscuras y hacía resplandecer las figuras de serpientes talladas en las columnas.

En el patio ardían dos grandes hogueras.

Los invitados se detenían junto a ellas antes de entrar, sacudiéndose la humedad de las capas y saludándose a voces.

Algunos hombres vestían sus tartanes habituales; otros llevaban túnicas ceñidas con cinturones, mantos sujetos al hombro y brazales de cuero.

Había mujeres con vestidos adornados con cintas, broches de metal y largas trenzas que se entremezclaban con los peinados y las joyas de quienes habían preferido acudir como a cualquier otra reunión.

Eleanor observaba todo con una curiosidad que Torquil no tardó en percibir.

—Mi abuelo empezó a organizar estos banquetes cuando se restauró el salón vikingo —explicó—. Recuperó canciones que se cantaban en la familia y añadió cuanto le pareció digno de nuestros antepasados. Desde entonces, cada generación ha hecho lo mismo.

Eleanor contempló un cuerno pulido que uno de los invitados levantaba para saludar a otro.

—Sospecho que sus antepasados se sorprenderían con algunas cosas.

—Probablemente. Pero estoy seguro de que no les disgustaría la cena.

Ella sonrió.

Le habían prestado un manto de lana clara, sujeto sobre su vestido verde oscuro con dos pequeños broches de plata.

Una de las mujeres de la casa le había trenzado dos mechones rubios y los había unido detrás de la cabeza, dejando el resto del cabello suelto.

Eleanor aceptó al principio con cierta reserva, pero ahora agradecía no sentirse completamente ajena a la celebración.

Se acercó a la escultura de Ragnhildr.

El fuego parecía haber dado vida al rostro de piedra. Aquella mujer ya no estaba rodeada de sombras y documentos, sino de conversaciones, música y personas que se reunían bajo su mirada.

Eleanor se preguntó qué habría pensado de ellos.

Entonces oyó una carcajada junto a la entrada.

Reconoció la voz antes de girarse.

Tavish acababa de entrar con el sobrino de Torquil.

Eleanor dejó de prestar atención a todo lo demás.

Llevaba una túnica de lino color crudo, ceñida a la cintura con un ancho cinturón de cuero oscuro.

El cuello, abierto y sin anudar, dejaba ver parte de su pecho; las mangas estaban recogidas por debajo de los codos, sobre unos brazales que acentuaban la fuerza de sus antebrazos.

Una capa de piel gris descansaba sobre uno de sus hombros, prendida con un broche de bronce, y a su costado llevaba una espada envainada.

El tartán de los MacKinnon no había desaparecido. Una franja de aquella lana caía junto a su cadera, sobre los pantalones oscuros.

Le habían recogido parte del cabello rojizo en trenzas más cuidadas que las que solía llevar a bordo. El resto le rozaba el cuello y se movía cuando giraba la cabeza para responder al hombre que caminaba a su lado.

No parecía incómodo con la ropa vikinga.

Lo había estado, seguramente; Eleanor reconocía en su sonrisa la expresión del hombre que había decidido dejar de protestar y disfrutar de la situación.

Avanzó entre las mesas, saludó a uno de sus marineros y le apoyó una mano en el hombro antes de seguir buscando con la mirada.

La encontró.

Eleanor no consiguió apartar los ojos.

Tavish se detuvo un instante. Después su sonrisa cambió y cruzó el espacio que quedaba entre ambos.

—Empiezo a sospechar que debería haber venido vestido así a Blairmuir.

Ella tardó demasiado en contestar.

—Habría asustado a los criados.

—No me preocupa demasiado la opinión de los criados en este momento.

Eleanor bajó la mirada hacia la espada.

—¿También piensa cenar con eso?

—Torquil insiste en que forma parte del conjunto. Calum asegura que me ayudará a conseguir que sirvan antes.

Ella soltó una risa, agradecida por aquella oportunidad de recuperar la compostura. Jamás había asistido a una fiesta tan divertida, ni en los mejores salones de Londres.

Tavish se acercó un poco más.

—Todavía no me ha dicho qué le parece.

Eleanor volvió a mirarlo. La túnica, la capa y las trenzas parecían acentuar cuanto ya conocía de él: los hombros anchos, la firmeza de su mandíbula, la seguridad con que ocupaba el espacio sin pedir permiso para hacerlo.

—No creo que necesite más motivos para presumir.

Él inclinó la cabeza.

—Entonces le gusta.

—He dicho que es usted un presumido.

—Y yo he decidido quedarme con la parte que me favorece.

Tavish le tomó la mano y se la llevó a los labios. No fue un saludo distraído. Sus ojos permanecieron en los de ella durante el beso, y Eleanor sintió que el calor de la chimenea no explicaba lo que le estaba ocurriendo.

—Usted también debería haberme advertido —murmuró él.

—¿De qué?

Su mirada descendió hacia el cabello rubio que le caía sobre el manto.

—De que pensaba presentarse así. Habría discutido menos con Torquil para llegar antes.

Antes de la cena, Torquil pidió silencio.

No tuvo que alzar demasiado la voz. Los músicos dejaron los instrumentos y las conversaciones se apagaron mientras él permanecía de pie junto a la mesa principal.

Tavish se encontraba a su derecha. Eleanor estaba cerca, acompañada por la señora Bell, y vio cómo el capitán dejaba de sonreír al comprender que llegaba el momento que había intentado evitar.

Torquil levantó su copa.

—Esta noche tenemos con nosotros a un hombre al que mi familia debería haber conocido mucho antes —Tavish bajó un instante los ojos—.

Ayer hablamos de lo que se le negó. Hoy quiero hablar de quienes hicieron posible que esté aquí.

De Lachlan MacKinnon, de Elspeth Cameron y de Màiri, que no dejó de pensar en su nieto cuando ya le faltaban fuerzas para tantas otras cosas.

Eleanor vio que Tavish cerraba la mano alrededor de la copa.

Torquil no mencionó el crimen. No convirtió el recuerdo en otra explicación de los documentos.

Pronunció los tres nombres una vez más y los invitados los repitieron en el brindis.

Durante unos instantes, Tavish no bebió.

Eleanor se acercó lo suficiente para rozarle la mano libre. Él entrelazó los dedos con los suyos y después levantó la copa.

—Por ellos.

Su voz no sonó firme del todo.

Nadie pareció encontrar nada extraño en ello.

Torquil dejó pasar el silencio antes de sonreír.

—Y ahora, por Tavish MacKinnon. Que esta casa deje de parecerle una casa ajena.

Las voces volvieron a levantarse. Alguien golpeó la mesa con la palma; uno de los marineros respondió con un grito que hizo reír a Calum.

Tavish miró alrededor.

Había llegado buscando documentos. Ahora tenía delante a hombres que le hacían sitio en un banco, mujeres que conocieron a su familia y un muchacho que se parecía a él sin que tuviera que mirar un retrato.

Cuando Eleanor volvió a observarlo, estaba sonriendo.

La música empezó de nuevo después de la cena.

Apartaron los bancos del centro y el salón se llenó de movimiento. Las gaitas escocesas cedieron el protagonismo a los violines; un hombre marcaba el compás con un pequeño tambor y las conversaciones tenían que abrirse paso entre las risas de quienes intentaban recordar los pasos.

Calum demostró tener mucha más confianza bailando que el marinero al que había arrastrado a participar. La señora Bell siguió a ambos con una expresión divertida y aceptó que una mujer de la casa le explicara quién era cada invitado.

Tavish se había quitado la capa y había dejado la espada junto a las de los demás. Con la túnica ceñida y el cabello más revuelto, parecía todavía menos dispuesto a aceptar instrucciones de un salón londinense.

Eleanor lo observó reír con uno de los hombres de la familia.

Aquella risa no borraba lo ocurrido con sus padres. Lo sabía. Había visto cómo se detenía al escuchar sus nombres y cómo apretaba su mano durante el brindis.

Pero le gustaba verlo allí, formando parte de algo que no le exigía demostrar un parentesco antes de ofrecerle un lugar.

Tavish se giró y la sorprendió mirándolo.

Eleanor intentó ocuparse de su copa.

No tuvo tiempo.

Él llegó hasta ella y le tendió la mano.

—Venga, inglesa.

—No conozco este baile.

—Yo sí.

—Eso no significa que consiga enseñármelo.

—Dudo que pueda ser más difícil que convencerme de sujetar un pergamino sin discutir.

Eleanor dejó la copa.

—No me haga quedar en ridículo.

La sonrisa de Tavish perdió parte de su insolencia.

—No lo haré.

Ella aceptó su mano.

Al principio tuvo que fijarse en sus pies y en las parejas que se movían a su alrededor. Tavish le indicó el giro con una presión leve de los dedos y volvió a encontrarla cuando el baile los separó. No tiró de ella ni se burló cuando tardó en comprender un paso.

Se rio, en cambio, cuando Eleanor lo miró con indignación después de una vuelta demasiado rápida.

—¡Eso no me lo había explicado!

—No me ha dado tiempo. Estaba demasiado ocupada amenazándome con que no la avergonzara.

Ella habría seguido protestando si él no la hubiera hecho girar otra vez.

Al volver a su lado, Eleanor se estaba riendo.

Tavish la contempló con una satisfacción que ella reconoció enseguida.

—No diga nada —le advirtió.

—No pensaba hacerlo.

—Tiene esa cara.

—¿Qué cara?

—La de un hombre convencido de haber tenido razón.

Tavish la acercó lo necesario para que pudiera oírlo por encima de la música.

—Está bailando conmigo y se está riendo mientras lleva un traje de vikinga. Tendrá que perdonarme por no lamentar hacerla feliz... en todos los aspectos.

Ella levantó el rostro, azorada por el comentario con evidente alusión a la noche que compartieron juntos.

Durante un momento dejó de pensar en el siguiente paso.

Él se dio cuenta y le apretó suavemente la mano antes de conducirla de nuevo entre las otras parejas.

Más tarde salieron a la galería, donde el aire fresco llegaba desde el patio.

Tavish recogió su capa antes de acompañarla. Se la puso sobre los hombros al darse cuenta de que Eleanor se frotaba los brazos y permaneció cerca mientras ella observaba las hogueras.

Desde el salón seguían llegando música y risas.

—Mañana tendremos que hablar otra vez de abogados —dijo Eleanor.

Tavish hizo un gesto de disgusto.

—Esperaba que tardara un poco más en recordármelo.

Ella sonrió y le clavó sus ojos verdes llenos de ternura.

La luz del fuego le iluminaba una mejilla, el cabello rojizo y el metal del broche que sostenía la capa sobre sus propios hombros. Eleanor levantó una mano para apartarle una trenza que había quedado atrapada en el cuello de la túnica.

Tavish dejó de sonreír.

—Si sigue mirándome de esa manera, tendré que pedirle a Torquil que me deje conservar la ropa.

—No creo que la ropa sea su problema.

—¿Ah, no?

Eleanor negó, todavía con los dedos junto a su cuello.

Él le rodeó la cintura despacio y esperó a que se acercara. Cuando Eleanor lo hizo, Tavish la besó sin la prisa de quien teme perder una oportunidad, al fin y al cabo estaban solos.

Ella le apoyó la mano en la mejilla y respondió, sintiendo la calidez de su cuerpo a través de la túnica vikinga.

Al separarse, él no retiró el brazo.

—Empiezo a encontrar ventajas a esta cena —murmuró él.

—Lleva usted encontrándolas toda la noche.

—Esta es mi favorita.

Eleanor bajó los ojos con una sonrisa. Tavish le rozó la frente con los labios antes de mirar hacia el salón.

Los estaban llamando para otra canción.

Ella comenzó a quitarse la capa, pero él la detuvo.

—Quédese con ella.

—Su familia va a pensar...

—Mi familia lleva toda la noche viéndome cerca de usted. Sospecho que ya ha pensado bastante.

Eleanor levantó los ojos.

Tavish le ofreció la mano, esta vez sin una broma que disimulara la intención.

Ella la aceptó.

Y cuando regresaron al salón, él no la soltó, ni siquiera cuando varios de sus parientes interrumpieron la conversación para verlos llegar.