Capítulo 17 #3
—¿Qué espera encontrar Airdmòr cuando llegue?
Torquil dejó pasar un instante.
—Un hombre que se haga cargo de lo que hasta ahora ha permanecido pendiente. La casa, los administradores, las personas que viven y trabajan en sus tierras. El título no se quedará escrito en un documento, Tavish.
Por primera vez había dejado de llamarlo capitán.
Tavish se dio cuenta.
Miró hacia la ventana. Desde el mar había visto las torres de Airdmòr más de una vez, sin prestarles mayor atención que a cualquier referencia de la costa. Recordaba el perfil oscuro, los muros sobre la elevación del terreno y el embarcadero más abajo.
Había navegado frente a aquella casa sin saber que su padre podría haber vivido en ella.
Que él mismo podría haber crecido entre sus paredes.
La rabia regresó, pero esta vez encontró una dirección distinta.
—No voy a renunciar.
Eleanor apretó suavemente su mano.
Tavish volvió hacia Torquil el rostro.
—No por orgullo. Ni porque crea que un castillo vale lo que me quitaron. Pero no pienso dejar sin terminar lo que mis padres fueron a buscar.
—Entonces prepararé la presentación de los documentos.
—Y la entrega de las pruebas del crimen. Por separado.
Torquil asintió.
—Sí.
Tavish se pasó la mano libre por el cabello. Después bajó los ojos hacia su ropa y soltó una risa breve, todavía incapaz de asimilarlo por completo.
—No tengo aspecto de duque.
Eleanor lo miró de arriba abajo.
—Eso será bastante más sencillo de resolver que su inclinación a discutir con cualquiera que pretenda darle instrucciones.
Él volvió hacia ella la cabeza.
—No piense que un título va a darle más autoridad sobre mí, inglesa.
—No necesito un título para conseguir que me escuche.
Tavish sonrió.
La reconocía allí, junto a él, incluso mientras todo lo demás empezaba a cambiar. La mujer que le exigía sujetar un pergamino, que le reprochaba taparle la luz y que había encontrado dentro de un broche lo que generaciones enteras dieron por perdido.
No quería entrar en aquella nueva vida sin ella.
—¿Vendrá conmigo a Edimburgo?
Eleanor lo miró como si no comprendiera que todavía necesitara preguntárselo.
—Por supuesto.
Tavish le sostuvo la mano unos segundos. Había empezado aquel viaje buscando respuestas sobre su familia, pero durante buena parte del camino había deseado llegar a Skye por una razón mucho más sencilla: Eleanor estaría con él.
Ahora lo acompañaría también a Edimburgo.
A presentar unos documentos que podían hacer que las mismas personas que hasta entonces apenas habrían reparado en un capitán mercante se levantaran para recibirlo.
La idea seguía pareciéndole absurda.
—Tendrá que decírmelo cuando esté a punto de ofender a alguien importante —dijo.
Eleanor arqueó una ceja.
—¿Antes de que lo haga o después de que decida hacerlo de todos modos?
Tavish soltó una risa.
—Empiezo a sospechar que conoce demasiado bien mis defectos.
—He tenido tiempo de estudiarlos.
Él se llevó su mano a los labios.
—Entonces procure no contárselos todos a mis nuevos vecinos.
Torquil los observó con una sonrisa antes de recoger la certificación.
—Airdmòr ha conocido hombres bastante menos razonables que usted, capitán.
Tavish volvió hacia él el rostro.
—No sé si eso pretende tranquilizarme.
—Pretende recordarle que no tiene que convertirse en otro hombre para ocupar su lugar.
Tavish miró los papeles extendidos sobre la mesa. Allí estaban los nombres de quienes habían vivido antes que él, la prueba que sus padres buscaron y la carta de la mujer que lo protegió cuando no tenía edad para comprender el peligro.
Ragnhildr había sido el comienzo de aquella búsqueda. Su descendencia los había conducido hasta los MacKinnon de Skye y, finalmente, hasta Airdmòr. Pero fueron Lachlan, Elspeth y Màiri quienes se empeñaron en que su propia rama no desapareciera bajo una mentira.
Él no pensaba abandonarla ahora.
Guardó la carta de su abuela en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al broche.
—Prepare los documentos, Torquil.
Su pariente acercó una hoja limpia al escritorio.
—Avisaré al despacho de que comparecerá con los originales.
—En persona.
Torquil mojó la pluma. Antes de escribir, levantó los ojos.
—¿Y a los administradores de Airdmòr? También tendrán que recibir noticias.
Tavish miró a Eleanor. Ella seguía a su lado, con una mano apoyada sobre los papeles que habían examinado juntos durante tantas tardes. No parecía impresionada por sus botas gastadas ni preocupada por los modales que tendría que corregirle.
Estaba sonriendo.
Él le correspondió antes de volver hacia Torquil.
—Dígales que voy a Edimburgo —respondió—. Y que, cuando llegue allí, pienso conocer mi casa.
La pluma quedó suspendida un instante sobre el papel.
Tavish ya no dudaba.
Había navegado frente a las torres de Airdmòr sin saber que el hombre que vivía entre aquellos muros había ordenado matar a sus padres. No volvería a contemplarlas como un desconocido.
La sangre vikinga que había salido a buscar iba a convertirlo en duque de Airdmòr, y esta vez sería él quien decidiera qué ocurría al otro lado de sus puertas.