Capítulo 17 #2
—Todos, capitán. El duque fue el último.
Eleanor vio cambiar su expresión.
Había esperado encontrar un nombre y, detrás de él, un hombre al que exigir respuestas. Alguien que tuviera que mirarlo a la cara y escuchar los nombres de Lachlan y Elspeth pronunciados por su hijo.
No quedaba ninguno.
El duque había muerto cinco semanas antes de que Tavish llegara a Skye. Los demás se habían llevado sus vidas hasta el final sin tener que responder ante él.
—Se murieron sin que nadie supiera lo que hicieron.
—Ahora lo sabemos —dijo Eleanor.
Tavish volvió hacia ella unos ojos encendidos.
—Eso no los obliga a escucharlo.
Ella no encontró una respuesta que pudiera aliviar aquella verdad.
Torquil señaló la última parte de la declaración.
—Aquí explica también la visita a Màiri.
Tavish regresó al papel.
El administrador era el hombre que había preguntado por él después de la muerte de sus padres. Había recibido una segunda orden: encontrar al hijo de Lachlan.
Màiri se negó a decirle dónde estaba.
Después de aquella visita, el administrador comunicó al duque que el niño había muerto de unas fiebres. Admitía que era mentira y que no había sido capaz de cumplir otra vez el encargo.
Tavish dejó caer la hoja sobre la carpeta.
—Pero fue capaz de callarse durante el resto de su vida.
Torquil bajó la cabeza.
—Sí.
—No pienso darle las gracias por haberse detenido después de matar a mis padres.
—Nadie se lo está pidiendo —respondió Eleanor.
Él la miró. Ella permanecía junto a él, con una mano sobre la mesa y la otra recogida contra el vestido. No intentaba convertir aquella confesión tardía en una reparación.
Tavish se apartó unos pasos.
Desde la puerta abierta podía ver una parte del retrato de Seumas. Su bisabuelo había envejecido intentando defender un derecho que otros le negaron. Lachlan había continuado. Elspeth lo había ayudado.
Y un duque había decidido que resultaba más sencillo matarlos que reconocerlos.
—Quiero que se conserve todo —dijo al volver—. Las órdenes, los pagos, la declaración. No permitiré que esta familia recuerde al último duque como un hombre digno de imitación.
Torquil asintió.
—Quedará constancia de lo que hizo.
—Y del nombre de mi madre. En cada relación de los hechos.
—Del de ambos —confirmó Eleanor.
Tavish la observó durante unos segundos. Después cerró la carpeta.
No había nadie a quien perseguir.
Quedaba, sin embargo, algo que aquel hombre había conservado gracias al asesinato.
Tavish volvió la mirada hacia la certificación matrimonial.
—Ahora dígame qué ocurre con Airdmòr.
Torquil acercó los documentos que habían examinado el día anterior y colocó sobre ellos la certificación encontrada en el escondite.
—La descendencia de Seumas tenía preferencia según la concesión del ducado. Fue excluida porque no se admitió el matrimonio de sus padres. Eso es lo que acabamos de acreditar.
Tavish miró la fecha una vez más.
—¿Y los demás parentescos?
—Están documentados. Seumas, Duncan, Lachlan y usted. Tendremos que presentar los originales y completar el reconocimiento, pero no queda otro enlace desconocido que debamos salir a buscar.
Eleanor pasó un dedo junto al nombre de Tavish.
—Esta era la prueba que impedía continuar.
Él miró de uno a otro.
Llevaba tantas semanas escuchando posibilidades que le costaba reconocer una respuesta definitiva cuando por fin se la ofrecían.
—Entonces dejen de hablarme de ramas y de enlaces. Díganme qué significa.
Torquil se irguió.
—Que usted será el próximo duque de Airdmòr.
Tavish no respondió.
Había oído aquellas palabras como una posibilidad el día anterior. Ahora sonaban distintas. No dependían de encontrar una boda que quizá nunca se celebró ni de demostrar un parentesco incierto.
El documento estaba allí.
Su nombre estaba al final de aquella sucesión.
Él, que había empezado fregando cubiertas y durmiendo donde le dejaban sitio. Él, que había discutido cada pago hasta reunir lo necesario para tener su propio barco. Él, que todavía llevaba sal en las botas y una camisa que Eleanor le había ayudado a abrochar aquella mañana.
Duque de Airdmòr.
—No tiene ninguna gracia, Torquil.
Su pariente no sonrió.
—No pretendía tenerla.
Tavish soltó una respiración incrédula y miró a Eleanor.
Ella tenía los ojos brillantes.
—¿Usted también lo cree?
—No lo estoy creyendo por afecto —respondió Eleanor—. Lo he comprobado.
La firmeza de su voz lo alcanzó más que cualquier felicitación.
Eleanor no estaba intentando devolverle algo después de lo que había perdido. Le estaba diciendo la verdad, como había hecho desde la primera tarde en que extendió aquellos papeles sobre una mesa.
Tavish le tomó la mano.
—Cuando le escribí, solo quería saber de dónde procedía mi familia.
—Y quería que fuera a Skye con usted.
Él la observó.
Aun en aquel momento, Eleanor había encontrado la manera de recordarle que conocía sus verdaderas intenciones.
—Eso también.
Ella sonrió, y Tavish le llevó los dedos a los labios sin importarle que Torquil los estuviera viendo.
Después volvió hacia su pariente.