La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 17
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Capítulo 17

Torquil los recibió cuando todavía había humedad sobre las piedras del patio. Eleanor le mostró la nota del broche antes de quitarse los guantes, y él la acercó a una ventana.

—Las dos serpientes —murmuró—. Mi padre hizo colocar esa talla durante una reparación. Cubre un hueco de la pared.

Tavish se acercó a su lado.

—¿Podemos abrirla?

Torquil le devolvió el papel.

—Ahora mismo.

Mandó buscar herramientas y los condujo al salón. Eleanor caminaba junto a Tavish, consciente de la impaciencia que lo hacía adelantar el paso antes de recordar que ella estaba a su lado. Cuando sus manos se rozaron, él le sujetó los dedos un instante, recordando lo ocurrido la noche anterior.

Se detuvieron junto a la escultura de Ragnhildr. Mientras aguardaban las herramientas, Eleanor levantó los ojos hacia el rostro de piedra.

—Su abuela escogió una buena guardiana.

Torquil siguió su mirada.

—Le gustaba la historia de esa mujer. Decía que había hecho falta mucho carácter para llegar desde Noruega y negarse a cumplir lo que otros habían decidido durante meses.

Tavish volvió la cabeza.

—¿Se refiere a su matrimonio?

—Según el relato familiar, la enviaron a las islas para sellar una alianza. Cuando llegó, su prometido discutió los acuerdos con el pariente que la acompañaba. Hablaron de sus bienes, de dónde viviría y de las obligaciones de ambas familias. A ella no le preguntaron nada.

Eleanor frunció ligeramente el ceño.

—¿Y aceptó?

—Esperó a que terminaran. Después preguntó quién de los presentes la había oído dar su palabra. El prometido volvió a dirigirse a su acompañante, como si no la hubiera escuchado.

Tavish soltó una exclamación de incredulidad.

—Un hombre poco inteligente.

—Ragnhildr debió de pensar lo mismo. Se levantó y abandonó el salón sin pronunciar la promesa.

Eleanor sonrió al imaginar aquella escena.

—Me habría gustado conocerla.

—Quizás pueda hacerlo a través del relato —respondió Torquil—. Conservamos una copia. Habla también de un hombre al que conoció durante la travesía y que complicó considerablemente aquel acuerdo matrimonial.

Tavish miró de reojo a Eleanor.

—Algo me dice que ese otro caballero tuvo más consideración con sus opiniones.

—O que al menos supo dirigirse a ella cuando quería una respuesta —replicó Eleanor.

Él sonrió. La conocía lo suficiente para saber que no dejaría pasar una observación semejante.

Torquil se apartó cuando su sobrino llegó con las herramientas.

—Le prestaré la transcripción, milady. Hoy tenemos que ocuparnos de lo que Màiri dejó junto a ella.

Tavish volvió hacia la escultura. Aquella vikinga había sido durante semanas poco más que un nombre difícil de pronunciar. Ahora podía imaginar a una mujer joven desembarcando en un país desconocido, rodeada de hombres que esperaban su obediencia, y encontrando valor para contrariarlos.

Le gustó pensar que algo de aquel carácter pudiera haber llegado hasta él.

Después se arrodilló ante la tabla.

Los tornillos estaban donde Màiri había indicado. Torquil apartó un banco y se agachó para ayudarlo, mientras Eleanor sostenía la lámpara. La madera se resistió al principio; Tavish tuvo que dominar el impulso de tirar con más fuerza, pero consiguió separarla sin romper el borde.

Detrás apareció una cavidad estrecha.

Y, dentro, una caja de hojalata envuelta en lona.

Tavish la sacó despacio. El exterior estaba manchado, aunque la tapa conservaba restos de cera alrededor del cierre. Bajo la lona encontró un envoltorio y unas palabras escritas con una letra que ya conocía.

Para Tavish, hijo de Lachlan.

La impaciencia lo abandonó de golpe.

Se quedó mirando su nombre, escrito muchos años antes por una mujer cuya voz apenas conseguía recordar. No era una referencia dentro de una genealogía ni una anotación destinada a los abogados. Màiri había pensado en él al dejar aquello allí.

Eleanor se acercó.

—Lo guardó para usted.

Tavish pasó el pulgar junto a las letras.

—Sí.

No consiguió decir nada más.

Llevaron la caja hasta una mesa próxima a la ventana. La señora Bell retiró un candelero para hacerles sitio y Torquil esperó mientras Tavish rompía los restos del sello.

Dentro había dos envoltorios. Uno protegía un documento entre cartones. El otro contenía una carta.

Tavish escogió primero la carta de su abuela.

La certificación llegó a nombre de tu padre cuando ya no podía recibirla. La envió el hombre al que Elspeth había escrito. Fue tu madre quien consiguió que volviera a buscar. No quiero que se olvide.

Se sentó sin apartar los ojos de la hoja.

Eleanor acercó su silla, pero no intentó leer por encima de su hombro. Tavish agradeció aquella discreción. Había pasado el día anterior compartiendo cada descubrimiento; esas primeras palabras, sin embargo, necesitaba recibirlas él solo.

Màiri explicaba cuándo llegó el documento y de quién lo había recibido. Después, la escritura se volvía menos firme.

Vinieron a preguntar por ti y no quise conservarlo todo en el mismo lugar.

Pensaba enseñarte dónde estaba cuando fueras mayor.

Ahora me faltan fuerzas y no sé si tendré tiempo.

Catriona cuidará de ti. Dejo la indicación en el broche para que algún día puedas decidir qué hacer con lo que tu padre y tu madre buscaron.

Tavish se detuvo.

Durante años había recordado a su abuela enferma, dependiendo de otros para cosas que antes hacía sin ayuda. Ahora encontraba una mujer que había seguido tomando decisiones mientras todos hablaban de su debilidad.

Lo había protegido.

Había guardado la prueba.

Y había procurado que el tiempo no le arrebatara también la posibilidad de conocer la verdad.

—Pensaba entregármelo ella misma —dijo.

Eleanor le apoyó una mano en el brazo.

Tavish dobló la carta por los pliegues antiguos y se la tendió.

—Guárdela con las de mis padres. No entre las notas de la investigación.

Ella la recibió con cuidado.

Él abrió el segundo envoltorio.

Eleanor examinó el encabezamiento del documento, después los nombres y la fecha. Torquil acercó el registro familiar que habían consultado el día anterior. Durante unos segundos, los dos compararon las hojas en silencio.

Tavish acabó inclinándose sobre la mesa.

—Dígame qué ha encontrado, inglesa.

Ella levantó el rostro.

—El matrimonio de Anne y Donald.

Tavish miró el documento.

La certificación recogía la unión de lady Anne MacKinnon y Donald MacKinnon, celebrada en la capilla de San Columba el doce de abril de 1772. Constaban el ministro, los testigos y la referencia al registro del que se había extraído.

Eleanor señaló la fecha y colocó a su lado la del nacimiento de Seumas.

—Se casaron antes de que naciera su bisabuelo.

Tavish permaneció inclinado sobre ambos papeles.

Habían apartado a Seumas de la sucesión afirmando que sus padres nunca se casaron. Una vida entera, y después las de sus descendientes, condicionadas por una acusación que cabía desmentir con aquella hoja.

—Entonces decía la verdad.

—Sí —respondió Eleanor—. Y Lachlan tenía razón al seguir buscando.

Tavish se enderezó. Necesitó alejarse unos pasos de la mesa antes de regresar a ella.

—Mi padre habría podido presentarlo.

Eleanor asintió.

—Y fue mi madre quien consiguió que lo encontraran.

—Màiri quiso que lo supiera.

Él miró la carta que Eleanor había dejado junto a su bolso.

De pronto, Lachlan y Elspeth ya no eran únicamente los padres que perdió durante un viaje.

Habían trabajado juntos, discutido posibilidades, escrito a desconocidos y encontrado una razón para continuar cuando otros les dijeron que renunciaran.

La prueba llegó cuando ninguno de los dos podía recibirla.

Tavish se pasó una mano por el rostro.

—Los dos tenían razón.

Torquil esperó a que volviera a sentarse antes de acercar una cubierta para proteger la certificación.

—Esta era la pieza que faltaba, capitán.

Tavish levantó los ojos hacia él.

—Después hablaremos de lo que significa para mí. Primero quiero saber qué les hicieron a ellos.

La expresión de Torquil perdió la satisfacción del hallazgo.

No buscó una respuesta evasiva.

—Anoche llegaron los documentos que aguardaba del notario.

Eleanor dejó el lápiz sobre la mesa.

Torquil sostuvo la mirada de Tavish.

—Ya sabemos quién dio la orden.

En el despacho, Torquil dejó una sola carpeta delante de Tavish.

No sacó otra genealogía. No les pidió que siguieran una rama distinta de la familia. Les explicó de dónde procedían aquellos papeles antes de permitir que Tavish los abriera.

—El antiguo administrador de Airdmòr confió esta documentación a un notario. Dispuso que se entregara cuando hubieran muerto tanto él como el duque. Al abrirse la sucesión, el depósito quedó disponible. Es lo que solicité después de encontrar el informe sobre el carruaje.

Tavish no se sentó.

—¿Qué hay dentro?

—Una declaración firmada. Las cartas que conservó para respaldarla. Y las cuentas del pago que ordenó hacer.

Tavish abrió la carpeta.

Torquil habló antes de que empezara a leer.

—No fue un accidente. El duque mandó matar a sus padres.

Eleanor sintió cómo Tavish se quedaba inmóvil a su lado.

La declaración del administrador identificaba a quienes habían recibido el encargo y reconocía su propia intervención. La acompañaba una orden escrita del duque, anterior al viaje, y la respuesta que confirmaba su ejecución.

Lachlan y Elspeth debían morir antes de presentar la prueba que buscaban.

El duque sabía que viajarían juntos.

Tavish leyó aquel pasaje dos veces.

—También mi madre.

Su voz salió tan baja que Eleanor tuvo que acercarse para oírlo.

Torquil asintió.

—La orden los incluía a ambos.

Tavish dejó la mano abierta sobre el papel. Bajo sus dedos quedaba la firma de un hombre que había seguido gobernando sus propiedades durante años, mientras él crecía oyendo hablar de un camino peligroso y de una desgracia que nadie pudo impedir.

—¿Dónde está el administrador?

Torquil tardó apenas un instante en responder.

—Murió hace tres años.

—¿Y los hombres que obedecieron sus órdenes?

—También han muerto. El notario confirmó los fallecimientos al preparar la entrega del expediente.

Tavish alzó la cabeza.

—¿Todos?