Capítulo 16 #3
Pero al contemplar los ojos húmedos de Eleanor, comprendió que ninguna satisfacción propia podía compararse con la felicidad de verla disfrutar de sus caricias.
La estrechó un poco más entre sus brazos y le besó la frente.
—No sabe lo que me está haciendo, inglesa —murmuró con una sonrisa ronca.
Eleanor se ruborizó.
—¿Algo malo?
—Algo extraordinariamente peligroso para la poca paciencia que me queda.
Ella dejó escapar una pequeña risa y Tavish volvió a besarla, decidido a no permitir que su propia impaciencia estropeara aquel momento que tanto significaba para ambos.
Le llevó algún tiempo conseguir que Eleanor se relajara por completo, pero finalmente percibió la humedad por encima de la tela. Solo entonces se atrevió a subirle lentamente el camisón, mientras Eleanor seguía correspondiendo a sus besos.
De pronto, ella sintió las manos de Tavish sobre la piel desnuda de sus muslos. La vergüenza la invadió de tal manera que quiso desaparecer, pero él advirtió su turbación y buscó su mirada.
—Soy yo, Eleanor —le susurró—. Permítame darle placer. No le pido nada a cambio. Solo quiero que disfrute de este momento.
Eleanor lo miró, con las mejillas tan rojas como la sangre misma y los labios hinchados por los besos. Hasta entonces no había sido plenamente consciente de lo mojada que estaba en su intimidad. Jamás se había sentido de aquella manera, y descubrirlo la desconcertaba casi tanto como la emocionaba.
—Es demasiado vergonzoso, señor MacKinnon. No sé si yo...
—Shhh... —la tranquilizó Tavish con dulzura.
Advirtió que Eleanor todavía mantenía las piernas muy juntas, pese a las caricias que le había prodigado por encima del camisón. Quizá fuera un gesto instintivo de protección, una resistencia que ni ella misma sabía cómo vencer.
Tavish acarició suavemente sus ingles, sin apresurarla, y aguardó a que se sintiera cómoda con su cercanía hasta colar un solo dedo entre sus piernas y deslizarse por los pliegues de sus carnes más íntimas, resbalando dentro de ella hasta hacerla gemir.
—Tavish —lo tuteó ella con placer, abrazándose a su cuello, enterrando su cara en su pecho—. Esto es demasiado...
—¿Le gusta?
—Sí —sinceró ella para su sorpresa, mientras notaba el dedo de Tavish resbalando por esas carnes que creía muertas, que nunca se habían despertado, y que ni sabía que existían si no fuera por el dolor que un día sufrió.
Se cogió con más fuerza al cuello fuerte de Tavish mientras no podía evitar gemir contra su piel, a pesar de su vergüenza.
—Eso es todo lo que pretendo... milady, que le guste —le susurró él en la oreja, tocándola con más ritmo pero sin perder la delicadeza.
Ella no podía mirarlo, sentía que si lo miraba, se moriría de la vergüenza, y él tampoco la obligó a hacerlo, solo se mantuvo firme en el abrazo mientras la acariciaba en lo que parecía un mar de agua cada vez más profundo y más generoso—.
Está usted tan empapada como el mismísimo océano.
—No me avergüence todavía más —susurró Eleanor, escondiendo el rostro contra su cuello. Tavish soltó una carcajada ronca, tan llena de satisfacción que ella levantó la cabeza para mirarlo con fingida indignación—. ¡No se ría de mí, señor MacKinnon!
—Por todos los santos, inglesa, permítame disfrutar de un momento de felicidad. Llevo demasiado tiempo esperando verla así.
Eleanor sintió que las mejillas le ardían todavía más.
—Es usted un presumido.
—Y usted, querida mía, acaba de darme motivos para serlo.
La besó con una pasión arrebatadora, y a Eleanor le gustó.
Correspondió a sus besos con el mismo ímpetu mientras él continuaba acariciándola en la vulva.
Entonces sintió que una oleada desconocida nacía en su bajo vientre y ascendía por su cuerpo con una fuerza imposible de contener como una marea agitada.
La sensación le alcanzó el pecho, le cerró la garganta y, de pronto, todo pareció desvanecerse en un instante de éxtasis cegador que la dejó sin fuerzas.
Eleanor permaneció inmóvil durante unos instantes, con los ojos cerrados y los brazos todavía alrededor del cuello de Tavish. Tenía el corazón desbocado y la respiración tan agitada que apenas conseguía recuperar el aliento.
No comprendía del todo lo que acababa de sucederle.
Tavish le apartó un mechón de cabello de la frente y esperó pacientemente a que abriera los ojos.
—¿Eleanor?
Ella lo miró. Tenía una expresión tan desconcertada que él no pudo evitar sonreír.
—¿Se encuentra bien?
—Yo... —Se interrumpió, incapaz de encontrar las palabras—. ¡Santo cielo!
Tavish soltó una carcajada.
—Una respuesta bastante alentadora.
—¡No se ría otra vez de mí!
—No me río de usted, querida mía. Le aseguro que estoy haciendo un esfuerzo considerable por conservar la compostura.
Eleanor bajó los ojos y entonces reparó en el estado de su camisón. Se apresuró a acomodárselo, avergonzada.
—¡Dios mío! ¡Qué habrá pensado de mí!
La sonrisa de Tavish desapareció.
—Eleanor, míreme —Ella obedeció a regañadientes—. He pensado que es usted la mujer más hermosa que he conocido. Y que soy un condenado afortunado por estar aquí.
Eleanor sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. No eran lágrimas de tristeza, aunque tampoco habría sabido explicar exactamente de dónde procedían.
—Nunca había... —Se interrumpió y tragó saliva—. No sabía que podía ser así.
Tavish le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Hay muchas cosas que todavía no sabe, querida mía.
—¡Tavish!
—¿Qué? —preguntó con una expresión de inocencia que no engañaba a nadie.
Ella soltó una risa nerviosa y ocultó el rostro contra su cuello.
Tavish la abrazó. Aquella cercanía, después de todo lo que habían vivido, le resultaba tan maravillosa como peligrosa para su propio dominio. La deseaba con una intensidad que apenas conseguía disimular, pero no tenía intención de apresurar nada.
—¿Y usted? —preguntó Eleanor al cabo de un rato.
—¿Yo qué?
Ella levantó ligeramente la cabeza.
—¿No desea...?
No pudo terminar la pregunta. La vergüenza volvió a teñirle las mejillas.
Tavish comprendió perfectamente.
—Eleanor, escúcheme bien. No tiene que preocuparse por mí.
—Pero no me parece justo.
—¿Justo? —Enarcó una ceja—. ¿Desde cuándo se preocupa usted tanto por mi bienestar, señorita Ashcombe?
—¡Estoy hablando en serio!
—Yo también —La besó suavemente en la frente—. No quiero que haga nada por obligación. Ni por agradecimiento. Y mucho menos porque crea que me debe alguna cosa.
Eleanor lo contempló durante unos segundos.
—Entonces, ¿no está disgustado?
Tavish dejó escapar una risa incrédula.
—Querida mía, si supiera lo difícil que me está resultando comportarme como un caballero, no me haría semejante pregunta.
Ella sonrió.
Y entonces sucedió algo que a Eleanor le pareció todavía más extraordinario que cuanto acababa de experimentar: se acomodó contra él sin sentir la necesidad de huir, de disculparse ni de esconderse.
Simplemente deseaba permanecer allí.
Y Tavish, que habría dado cualquier cosa por besarla de nuevo, se conformó con estrecharla entre sus brazos.