La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

La sonrisa de Eleanor terminó en otro beso. Mientras él le acariciaba el cabello, sus dedos encontraron los botones de la camisa. El primero estaba deshecho; soltó el siguiente y dejó la mano sobre la piel que acababa de descubrir.

Tavish interrumpió el beso.

Durante un instante, Eleanor temió haberlo sorprendido de una manera desagradable. Después vio su expresión y comprendió que era precisamente lo contrario.

—No se quede tan callado —murmuró.

Él le rozó la boca.

—Estoy procurando no decirle todo lo que estoy pensando.

Eleanor se sonrojó, pero no retiró la mano.

Tavish terminó de desabrocharse la camisa y se la quitó de un tirón, dejándola caer al suelo sin preocuparse por dónde acababa. Después volvió hacia Eleanor con los ojos avellana encendidos de deseo.

Eleanor había imaginado muchas veces cómo sería contemplar a Tavish sin camisa, pero ninguna de sus fantasías le había hecho justicia.

Era un hombre extraordinariamente atractivo, de hombros anchos, pecho poderoso y músculos firmes, desarrollados tras años de trabajo a bordo de su barco. Su piel bronceada contrastaba con el vello castaño rojizo que le cubría ligeramente el pecho y descendía hacia su vientre plano.

Sus brazos fuertes, sus manos grandes y las pequeñas cicatrices que marcaban su piel le conferían un aspecto más salvaje que el de cualquiera de los refinados caballeros que había conocido en Londres. Y, sin embargo, Eleanor jamás se había sentido tan segura junto a un hombre como se sentía con él.

Cuando volvió a mirarlo a la cara, encontró sus ojos avellana observándola con una sonrisa peligrosamente arrogante.

Se sonrojó, pero aquella vez no apartó la mirada.

Al contrario, extendió una mano y le acarició el hombro, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo los dedos.

Después siguió lentamente la línea de su brazo hasta detenerse en una vieja cicatriz blanquecina.

—¿Esto también fue por discutir con el mar?

Tavish bajó la mirada.

—Con una caja mal colocada. El mar tuvo la decencia de no intervenir.

Ella sonrió y levantó los ojos.

Él ya estaba acercándose.

Esta vez Eleanor lo recibió sin esperar a que terminara de inclinarse. Le rodeó el cuello y lo besó con una seguridad que hizo que Tavish la estrechara brevemente antes de aflojar los brazos. Ella no se apartó. Se acomodó más cerca y sintió la mano que volvía a recorrer su espalda.

Eleanor empezó a sentirse más cómoda entre sus brazos.

Ya no tenía que pensar tanto en cada caricia.

Deseaba tocarlo, besarlo y disfrutar de su cercanía.

Y al descubrir cómo Tavish reaccionaba a sus besos, comprendió con una mezcla de timidez y satisfacción que ella también podía tener el control de la situación.

Tavish le besó los dedos antes de llevarle la mano de nuevo a su pecho.

—No tiene idea de lo difícil que resulta hablarle de historia cuando me mira así.

—Usted me pidió que lo ayudara.

—Estoy empezando a pagar las consecuencias.

—No parece lamentarlo demasiado.

Él la besó junto a la oreja.

—No lo lamento en absoluto.

Eleanor cerró los ojos. La voz, tan próxima, le produjo un estremecimiento que Tavish sintió y al que respondió acariciándole suavemente la espalda. Sus dedos se detuvieron junto al cierre superior del vestido.

Ella lo miró.

Tavish esperó aquel instante, sin apartarse.

Eleanor deshizo el primer cierre y permitió que él la ayudara con el siguiente. La tela cedió lo suficiente para descubrir el borde de la camisola y parte de su hombro. Tavish apartó el cabello y besó la piel con una delicadeza que no disimulaba su deseo.

Ella dejó la mano sobre su nuca.

No quería que terminara.

El pensamiento llegó sin una explicación ni una vergüenza que lo corrigiera enseguida.

Él deslizó las manos por su espalda hasta encontrar los cierres del vestido. Eleanor sintió cómo la tela comenzaba a aflojarse y, aunque sus mejillas ardieron, no intentó detenerlo. Le gustaba sentir sus besos, el calor de sus manos y aquella manera apasionada de acercarse a ella.

Tavish terminó de desprenderle el vestido de los hombros y la ayudó a librarse de aquella prenda que había acabado resultando extraordinariamente incómoda.

La dejó caer junto a su propia camisa.

Eleanor quedó ante él con su camisola blanca, adornada con pequeños encajes en el escote. El cabello rubio le caía sobre los hombros ya deshecho y sus ojos verdes brillaban bajo la luz de la lámpara.

Tavish permaneció contemplándola unos instantes.

—Por Dios Misericordioso, Eleanor...

Ella se ruborizó hasta la raíz del cabello.

—No me mire así.

—Me temo que eso va a resultarme imposible.

Se acercó para besarle un hombro y después la atrajo suavemente hacia él. Eleanor cerró los ojos, disfrutando del roce de sus labios, hasta que un movimiento inesperado hizo que todo cambiara.

Una mano en su cintura.

La cercanía de un cuerpo masculino.

La sensación de encontrarse demasiado expuesta.

El recuerdo llegó sin avisar.

Eleanor se puso rígida.

El aire pareció desaparecer del camarote y, durante un instante terrible, dejó de sentir que estaba junto a Tavish. Su mente regresó a aquel otro barco, a una habitación de la que había querido escapar y a unas manos que no se detuvieron cuando ella lo suplicó.

—¡No! —exclamó, apartándose bruscamente.

Tavish la soltó de inmediato.

—Eleanor...

Ella retrocedió hasta chocar con el borde de la cama. Tenía los ojos abiertos de par en par y respiraba con dificultad.

Él sintió un vuelco en el pecho.

Conocía aquella expresión.

—Eleanor, soy yo —Ella no pareció escucharlo. Tavish se mantuvo a cierta distancia, procurando que pudiera verlo—. Míreme, querida mía. Soy yo. Tavish.

Su voz, profunda y conocida, comenzó a abrirse paso entre los recuerdos.

Eleanor parpadeó.

Ante ella no estaba aquel hombre.

Era Tavish, con el cabello rojizo recogido en trenas, el pecho descubierto y los ojos avellana llenos de preocupación.

—Tavish... —susurró.

—Sí, inglesa. Estoy aquí.

Ella miró a su alrededor. La lámpara seguía encendida. Reconoció el pequeño escritorio, los documentos de Màiri y la camisa que Tavish había dejado tirada en el suelo junto a su vestido.

Estaba en el  Ròs na Mara .

Estaba con él.

Se llevó una mano temblorosa a los labios.

—Lo siento...

—No tiene que disculparse.

Eleanor levantó los ojos hacia él. Tavish no había intentado acercarse de nuevo, aunque parecía costarle permanecer donde estaba.

—No quería apartarlo —murmuró.

—Lo sé.

—Estaba disfrutando de sus besos y entonces...

La voz se le quebró y las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas.

Tavish extendió una mano, dejándole la decisión de tomarla.

—Venga aquí, Eleanor. Si quiere.

Ella contempló su mano durante un instante antes de acercarse. Cuando sus dedos se entrelazaron, Tavish tiró suavemente de ella hasta que Eleanor se refugió entre sus brazos, apoyando el rostro contra su pecho mientras lloraba.

Tavish no tenía prisa. Para un hombre tan impulsivo como él, aquella espera suponía una nueva prueba de paciencia. Pero Eleanor había despertado en él algo que jamás había conocido: el deseo de ser un hombre mejor.

La cubrió con la colcha y la ayudó a recostarse lentamente sobre la cama. Después se tumbó a su lado, sin dejar de abrazarla, permitiendo que llorase cuanto necesitara. Le acarició el cabello y besó su frente, sin exigirle palabras ni explicaciones.

—Le haré comprender que el placer no tiene por qué ir acompañado del dolor.

Eleanor levantó el rostro y buscó sus labios. Tavish correspondió con ternura, acariciándole la cintura por encima de la colcha. Cuando ella volvió a acercarse, deslizó una mano bajo la tela y la dejó descansar sobre su costado, sintiendo su cuerpo femenino y tembloroso.

Solo cuando se aseguró de que ella estaba más tranquila, empezó a acariciarle el vientre lentamente.

Eleanor dejó ir un gemido bajo, no podía creer que sentir algo positivo en todo aquello fuera real, pero lo estaba siendo.

Tavish estaba logrando que se relajara con una paciencia que jamás habría imaginado en él.

La mano de Tavish descendió lentamente desde su vientre hasta la curva de su cadera. Eleanor contuvo el aliento cuando sus dedos continuaron hacia el muslo, acariciándola con delicadeza a través de la fina tela del camisón.

Él levantó el rostro para observarla. Eleanor tenía los ojos cerrados y las mejillas encendidas, pero cuando volvió a abrirlos, lo buscó con una mirada llena de emoción.

—Tavish... —susurró.

—Estoy aquí, inglesa.

Continuó acariciándola por encima de la fina tela del camisón, recorriendo suavemente las curvas de su cuerpo mientras la besaba. Eleanor dejó escapar pequeños gemidos entrecortados, y las lágrimas que aún resbalaban por sus mejillas se mezclaron con la dulzura de aquellos besos.

Eleanor se aferró a él, abrumada por las emociones que se agolpaban en su pecho.

Había temido tanto volver a encontrarse en una situación semejante que jamás imaginó que pudiera llegar a desearla.

Y, sin embargo, allí estaba, entre los brazos de Tavish, descubriendo que su cuerpo también era capaz de responder con placer y que unas caricias podían despertar algo hermoso en lugar de sufrimiento.

Las lágrimas siguieron cayendo, pero esta vez no eran únicamente de tristeza. Había alivio, emoción y una felicidad tímida que apenas se atrevía a comprender. Levantó los ojos verdes hacia Tavish y le acarició el rostro con una mano temblorosa.

—No sabía que podía sentirme así —confesó con la voz quebrada—. Creí que nunca podría.

Y volvió a besarlo, profundamente conmovida por la ternura de aquel hombre que, sin exigirle nada, estaba ayudándola a recuperar una parte de sí misma que había creído perdida para siempre.

Tavish sintió que aquellas palabras terminaban de desarmarlo. La deseaba con una intensidad que casi no podía contener. Tenía el cuerpo tenso, la respiración agitada y necesitaba hacer un esfuerzo considerable para no dejarse llevar por el dolor de su miembro endurecido.