Capítulo 16
—Ese hombre entró en la casa de mi abuela —dijo Tavish—. Habló con ella. Preguntó por mí. Y yo no había oído una palabra de todo esto hasta hoy.
Se apartó de la mesa y atravesó el camarote de Eleanor. No había espacio suficiente para caminar cuanto necesitaba; al llegar al armario tuvo que girarse, irritado con las paredes, con los papeles y con aquella noche que parecía obligarlo a quedarse quieto.
Una prueba más para su impulsividad.
Eleanor seguía junto a la lámpara. Había dejado de ordenar los documentos, aunque conservaba una mano sobre la carta de Màiri.
—Torquil ha pedido que revisen los papeles del administrador.
—Eso ya lo sé.
La brusquedad de su respuesta hizo que ella levantara la cabeza. Tavish se pasó una mano por el cabello.
—No estoy enfadado con usted.
—También lo sé. Pero agradecería que se lo recordara a su voz.
Él soltó el aire con fuerza y regresó a la mesa. Podía ser injusto con Eleanor o podía seguir preguntándose por un hombre cuyo nombre ignoraba. Ninguna de las dos cosas le acercaría a la verdad.
Tomó el broche de su abuela. Lo había sacado de la caja sin recordar cuándo y ahora parecía incapaz de dejarlo en un sitio.
—Mi padre estaba investigando una herencia. Murió antes de encontrar la prueba. Después alguien de Airdmòr fue a preguntar por su hijo. ¿Cuántas casualidades se supone que debo aceptar?
—Ninguna sin examinarla —respondió Eleanor—. Pero tampoco debemos dar por demostrado lo que aún no podemos demostrar.
Tavish hizo girar la pieza entre los dedos.
—Me está pidiendo paciencia.
—Exacto.
Aquello consiguió detenerlo.
Eleanor volvió a mirar la mano que sostenía el broche. Se inclinó un poco hacia la luz y frunció el ceño.
—Déjeme verlo.
Tavish se lo entregó. Ella lo colocó de perfil sobre la mesa y acercó la lámpara.
—¿Qué ha encontrado?
—Todavía no lo sé.
Buscó la lupa. La reparación del cierre era irregular, pero la unión que recorría el adorno central no se parecía a una rotura. Formaba un borde demasiado limpio.
Tavish arrastró una silla.
—Lo hemos tenido delante durante semanas.
—Y hemos mirado más el cierre que el resto.
Eleanor recorrió la unión hasta encontrar una pequeña muesca. La limpió con cuidado y buscó entre sus cosas una herramienta fina.
—Sujete la lámpara.
Él obedeció.
—No pensé que terminaría la noche recibiendo órdenes.
—Está a tiempo de volver a pasearse entre el armario y la puerta.
La réplica casi le arrancó una sonrisa. Tavish acercó la luz mientras ella trabajaba. Después de dos intentos, el adorno cedió y se levantó sobre una diminuta bisagra.
Dentro había un papel.
Tavish dejó la lámpara tan deprisa que la llama osciló.
Eleanor retiró el envoltorio con ambas manos. El papel conservaba los pliegues apretados y tuvieron que esperar a que ella pudiera extenderlo sin desgarrarlo. En una esquina aparecían dos serpientes enlazadas. Debajo, unas palabras escritas con letra menuda.
Tavish acercó la carta que acababan de leer.
Era la misma mano.
—«Salón del norte» —leyó Eleanor—. «A la derecha de Ragnhildr. Tabla de las dos serpientes. Dos tornillos bajo el borde».
Él miró el dibujo.
—Junto al pedestal. Torquil se detuvo allí.
—Sí.
Tavish recogió su chaqueta.
—Mandaré preparar el bote.
Eleanor no levantó la voz.
—¿Piensa desmontar una pared con una lámpara como esta?
Él se detuvo junto a la puerta.
—Torquil tendrá más luz.
—Y podrá disponerla por la mañana, cuando sepa lo que vamos a buscar. Si hay otro papel escondido, prefiero verlo antes de que alguien lo enganche con una herramienta.
Tavish miró el broche abierto. La nota había permanecido allí durante años; acababa de encontrarla y ya le resultaba insoportable no saber adónde conducía.
—No creo que pueda dormir.
—Yo tampoco. Eso no hará que las cosas se vean mejor a oscuras.
Permaneció unos segundos con la chaqueta en la mano. Después la dejó sobre el respaldo y volvió junto a ella.
—Saldremos con la primera luz.
—Estaré preparada.
Eleanor colocó la nota entre dos hojas y la protegió dentro de una carpeta. Tavish se quedó con el broche vacío.
Recordaba aquella pieza prendida a un chal. Recordaba meter las manos heladas debajo de la lana y las protestas de Màiri antes de dejárselas allí.
—Se quejaba de que siempre tenía frío —murmuró.
Eleanor alzó los ojos.
—¿Su abuela?
—De mis manos. Yo volvía de jugar y se las metía debajo del chal. El broche me rozaba la cara cuando me acercaba.
Lo hizo girar una vez más.
Había olvidado tantas cosas de ella que aquel recuerdo insignificante le produjo un dolor inesperado. La había imaginado enferma, acostada, entregándolo al cuidado de su hermana. Ahora tenía delante algo que había preparado sin que él lo supiera.
—Todos me hablaban de lo débil que estaba —añadió—. Y estaba ocupándose de esto.
Eleanor dejó la lupa.
—Mañana sabremos qué quiso guardar.
Tavish cerró la tapa del broche con el pulgar.
No había dejado de sentir rabia. Pero junto a la rabia aparecía algo distinto: la impaciencia de un nieto que acababa de recibir noticias de su abuela muchos años después de perderla.
Eleanor le rozó la mano.
Él giró hacia ella el rostro. Tenía el cabello recogido sin demasiado cuidado y una marca de tinta en el dedo con que había señalado las instrucciones. Llevaba todo el día a su lado. Había escuchado hablar de duques, de matrimonios y de una muerte que empezaba a parecerse demasiado a un crimen.
No se había marchado.
—Está agotada —dijo.
—Un poco.
Tavish guardó el broche y apartó la silla.
—Voy a dejarla descansar.
Eleanor le sujetó la mano antes de que se levantara.
—Todavía no.
Él se quedó mirándola.
Ella no retiró los dedos.
—Podemos guardar los documentos sin que tenga que marcharse inmediatamente.
Tavish sintió que algo se aflojaba dentro de él. Había pasado buena parte de la noche deseando salir de aquel camarote; ahora descubría que lo único que no quería era dejarla.
—¿Y de qué hablaremos?
Eleanor lo observó con una seriedad que no ocultaba del todo su timidez.
—No es necesario que hablemos todo el tiempo.
Tavish se inclinó hacia ella.
—Empieza a darme ideas poco prudentes, inglesa.
—No creo que necesite mucha ayuda para eso.
Él le acarició la mejilla y la besó.
Eleanor había esperado un beso breve, quizás una despedida que él prolongaría lo suficiente para hacerla sonreír. Pero Tavish permaneció cerca cuando sus labios se separaron, con la mano entre sus cabellos y los ojos detenidos en su boca.
Ella le apoyó los dedos en el cuello de la camisa.
Había pasado la tarde viéndolo sostenerse ante cada noticia.
Incluso cuando se enfadaba parecía estar intentando encontrar algo que pudiera resolver, una orden que dar, un hombre al que dirigirse.
Ahora estaba inclinado hacia ella, y Eleanor deseó que durante un rato no tuviera que ocuparse de nada más.
Lo besó de nuevo.
Tavish dejó escapar una respiración áspera y se acercó cuanto permitían las sillas. Eleanor sintió la mano que le acariciaba la espalda, la firmeza de su boca y el cambio que se producía en él cuando ella dejaba de apartarse para esconder el rubor.
Al tenerlo tan cerca, notó el agradable aroma que desprendía su piel: una mezcla de jabón de sándalo, cuero y un ligero rastro de sal marina que parecía acompañarlo siempre.
Era un perfume cálido y profundamente masculino, tan propio de Tavish que Eleanor habría podido reconocerlo con los ojos cerrados.
Se acercó un poco más, disfrutando de aquel olor mientras sus dedos acariciaban la nuca del capitán.
Tavish, por su parte, quedó cautivado por la delicada fragancia de Eleanor.
Su cabello rubio olía a jabón de rosas y lavanda, y de su cuello se desprendía una suave nota de violetas.
Enterró por un instante el rostro entre sus mechones dorados, aspirando aquel perfume dulce y femenino antes de rozarle la sien con los labios.
—Maldita sea, inglesa... —murmuró con voz ronca—. Hasta su perfume está empeñado en volverme loco.
Al terminar el beso, Tavish miró las dos sillas.
—Esta disposición empieza a resultarme ofensiva.
Eleanor sonrió.
—Usted escogió dónde sentarse.
—Cometí el error de pensar en los documentos.
Se levantó y le ofreció la mano. Eleanor la tomó y lo acompañó al borde de la cama, donde había dejado el chal al vestirse. Tavish se sentó a su lado, sin apartar todavía los dedos de los suyos.
La puerta seguía entornada. Desde el alojamiento próximo llegaba el ruido discreto de la señora Bell preparándose para dormir.
Eleanor sintió un leve temblor al comprender lo cerca que estaba de Tavish y lo que podía suceder entre ambos. Miró hacia la puerta, algo dudosa.
—Cierre, por favor.
—¿Está segura?
—Sí —dijo ella con un hilo de voz, obligándose a ser valiente porque el deseo que sentía por Tavish era mayor al miedo de su cuerpo.
—¿Sabe cuántas veces imaginé encontrarla esperándome después de una jornada de trabajo?
Eleanor lo miró, sorprendida.
—¿En Blairmuir?
—En cualquier lugar donde quisiera quedarse conmigo.
La respuesta le cerró la garganta. Había pensado tanto en el temor de perderlo que casi no se había permitido imaginar qué esperaba él.
—Y yo me empeñé en que se marchara —murmuró.
—Esta noche no.
Eleanor negó despacio.
—Esta noche no.
Tavish la besó con una intensidad que le hizo aferrarse a su camisa.
Ella respondió acercándose, consciente de que ya conocía aquella boca y, sin embargo, cada encuentro seguía sorprendiéndola.
Le gustaba la pausa en que él la miraba antes de volver a besarla, el roce de la barba, la manera en que perdía parte de su seguridad cuando ella le acariciaba la nuca.
Tavish la atrajo hacia sí y Eleanor se acomodó de lado, con una mano sobre su hombro. No hubo un movimiento brusco ni una duda que los obligara a empezar otra vez. Él le besó la mejilla y descendió hasta el nacimiento del cuello, donde la tela del vestido detenía sus labios.
Eleanor inclinó la cabeza.
Tavish se apartó un poco para mirarla.
—Así va a conseguir que olvide el amanecer.
—Creía que nada podría hacerlo esperar hasta mañana.
—Yo también.