La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

El capitán tomó el sobre con una emoción que no consiguió disimular.

Habían pasado tantos años desde la muerte de su padre que apenas podía recordar su voz. Ni siquiera estaba seguro de haber visto alguna vez algo escrito por su mano.

Y allí estaba.

Su nombre aparecía al pie de una carta dirigida a un pariente que Tavish jamás había conocido.

Eleanor permaneció a su lado, sin interrumpirlo.

Tavish extrajo la hoja y la extendió con cuidado.

Reconoció inmediatamente el nombre de su madre en las primeras líneas.

«Elspeth».

Sintió una opresión inesperada en el pecho.

—Mi madre también estaba investigando —murmuró.

Torquil asintió lentamente.

—Sí, capitán. Y lo que sus padres descubrieron podría explicar por qué aquella antigua reclamación nunca llegó a resolverse.

Tavish levantó los ojos.

—¿Qué quiere decir?

—Lea la carta.

Tavish volvió la mirada hacia la escritura de su padre.

Y comenzó a leer.

Elspeth ha localizado el nombre del depositario. Iremos juntos a comprobar el libro. No basta con que vuelvan a decirnos que no existe.

La fecha estaba junto al encabezamiento.

Cuatro días antes del vuelco.

Tavish levantó el rostro.

—¿Viajaban para buscar esto?

—Eso indica la carta.

—¿Lo encontraron?

—No lo sabemos. El volumen sigue sin localizarse. Esa es la prueba que falta: el registro original, o una copia autenticada que permita comprobar el matrimonio.

Tavish apretó el papel.

Eleanor se lo señaló con suavidad.

—Tavish. La carta.

Aflojó los dedos de inmediato.

Torquil sacó una segunda hoja.

—Hay otra cosa que debe leer.

Era una declaración del hombre que había recogido los restos del carruaje. Describía marcas de herramienta en una pieza dañada del eje y advertía que no podía atribuirlas con seguridad al golpe. Pedía que se conservara para un examen posterior.

Debajo, otra mano había añadido que los restos ya se habían retirado.

Tavish leyó ambas anotaciones dos veces.

—¿Está diciéndome que los asesinaron?

—Estoy diciéndole que hubo una duda que no llegó a resolverse.

—No juegue con las palabras.

—No lo hago. Su padre estaba investigando un documento que podía alterar una sucesión. Murió durante ese viaje. Un hombre señaló algo extraño en el carruaje. Son hechos. No tengo una prueba de asesinato ni el nombre de un culpable.

Eleanor se puso al lado de Tavish.

No lo tocó.

Él miró hacia la ventana. Su madre había subido a aquel coche para acompañar a su padre. Durante años se había imaginado un caballo asustado, una rueda perdiendo el apoyo, un camino demasiado estrecho.

Nunca unas manos ajenas preparando la desgracia.

—¿Mi abuela lo sabía?

Torquil le entregó una carta más breve.

—Sabía lo que se había averiguado. No más que nosotros.

Màiri había escrito después de recibir la noticia de que el examen del carruaje no continuaría. Decía que conservaría los papeles de Duncan y Lachlan, que su enfermedad le impedía seguir haciendo preguntas y que Tavish pasaría al cuidado de Catriona si ella faltaba.

No quiero que lo críen esperando una fortuna. Pero tampoco quiero que, cuando pregunte por su padre, solo puedan hablarle de cómo murió. Guardaré sus papeles con los nuestros.

Más abajo había una frase escrita con menos firmeza.

Esta mañana ha vuelto a preguntar a qué hora llegará Lachlan.

Tavish apoyó la mano sobre la mesa. Tenía cinco años cuando perdió a sus padres; había olvidado que alguna vez los hubiera esperado.

No dijo nada. Tampoco permitió que Torquil retirara la carta.

La recordaba sujetando una cuchara. Apenas podía recuperar su voz. Allí, sin embargo, estaba aquella mujer ocupándose de él mientras le faltaban un hijo, una nuera y fuerzas para levantarse.

—Catriona nunca me habló de una reclamación.

—No sé cuánto llegó a contarle Màiri —respondió Torquil—. Su hermana recibió al niño y la caja. Esta carta quedó en el expediente de mi padre.

Eleanor acercó el pequeño broche roto a la mano de Tavish.

Él lo tomó.

Permanecieron en silencio hasta que pudo volver a mirar los documentos.

—Quiero copias. De todo. Y quiero saber quién retiró aquel carruaje.

—Lo averiguaremos —dijo Torquil—. Ya he consultado a los abogados que están preparando la sucesión. Esperaba respuesta antes de que llegaran.

Tavish alzó los ojos.

—No les permita convertir a mis padres en una nota al margen.

—No lo haré.

Cuando regresaron al  Ròs na Mara , la luz empezaba a retirarse de la bahía.

Calum recibió las carpetas antes de preguntar.

—¿Encontraste a tus vikingos?

Tavish miró hacia la isla.

—Y, al parecer, un ducado.

Su compañero soltó una risa breve.

Se calló al verlo.

—¿Lo dices en serio?

—Airdmòr. Dicen que podría reclamarlo.

Calum sostuvo los papeles con ambas manos.

—Siempre he pensado que necesitabas una casa más grande para guardar ese carácter.

Tavish no consiguió sonreír.

Su amigo dejó de bromear.

—¿Qué más?

—Mis padres quizás no murieron en un accidente.

Calum lo observó unos segundos. Después le devolvió las carpetas.

—La guardia está cubierta. No tienes que ocuparte de nada esta noche.

Tavish asintió. Antes de bajar, apoyó brevemente una mano en el hombro de su compañero.

Calum lo retuvo un instante.