La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—¿Comprende ahora por qué era tan importante encontrar a Ragnhildr, capitán?

—preguntó MacLeod—. Aquella mujer noruega no fue simplemente una antepasada de su familia.

Su descendencia se extendió durante siglos por las islas y terminó emparentando con los grandes señores de Escocia.

Isabel, la mujer que llegó a Skye desde Normandía, llevaba su sangre.

Y de su matrimonio con un MacKinnon nació la rama de la que descendía Robert MacKinnon, el primer duque de Airdmòr.

Tavish lo miró con incredulidad.

—¿Está diciendo que los duques de Airdmòr descendían de aquella mujer vikinga?

—Exactamente. Y usted también, capitán. Lady Anne pertenecía a esa misma estirpe. Su hijo Seumas fue su bisabuelo. De él descendieron Duncan, Lachlan y, finalmente, usted.

Eleanor contempló los documentos, impresionada.

—Entonces no hemos estado siguiendo dos historias familiares distintas —murmuró—. La descendencia de Ragnhildr nos ha conducido directamente hasta la casa ducal.

—Así es, milady —confirmó MacLeod—. Durante siglos, esa sangre pasó de una generación a otra, sobrevivió a guerras, matrimonios y disputas por el poder. Y ahora, después de la muerte del último duque, podría ser precisamente esa antigua estirpe la que devuelva Airdmòr a su legítimo heredero.

Tavish permaneció inmóvil.

—¿Y ese heredero sería yo?

—Si conseguimos demostrar el matrimonio de lady Anne, sí. Usted, capitán MacKinnon.

Tavish soltó una carcajada incrédula.

—¡Por Dios Misericordioso! ¡De modo que he pasado media vida navegando por estas malditas costas sin saber que llevo la sangre de los vikingos y que podría pertenecerme un ducado!

—Mucho más que eso, señor MacKinnon —respondió Torquil—. Podría ser el próximo duque de Airdmòr.

Apartó una hoja y dejó al descubierto un plano de las propiedades vinculadas al ducado. Había extensiones de bosque, tierras de cultivo, varios pueblos, un embarcadero y dos castillos. Tavish reconoció algunos nombres de la costa por los que había navegado innumerables veces.

—¿Todo esto pertenece a Airdmòr?

—La mayor parte. Algunas propiedades se incorporaron mediante matrimonios y otras fueron adquiridas por los sucesivos duques.

Tavish soltó una carcajada incrédula.

—¡Es una locura! Tengo un barco, hombres a los que pagar y suficientes preocupaciones para llenar una vida. No he venido a elegir castillos.

—Su padre tampoco mostró demasiado interés por el título cuando comenzó a investigar.

La sonrisa desapareció del rostro de Tavish.

—¿Conoció usted a mi padre?

—Personalmente, poco. Pero conservamos algunas cartas suyas. Antes de enseñárselas, quisiera mostrarle algo más. Creo que comprenderá mejor por qué su familia se empeñó durante tantos años en conservar estos documentos.

Torquil recogió una llave de su escritorio.

—Acompáñenme.

Los condujo por una escalera de piedra que descendía hacia la parte más antigua de la propiedad. Eleanor caminaba junto a Tavish, observando las paredes, cada vez más gruesas, y los estrechos ventanucos que dejaban pasar la luz.

—¿Adónde vamos? —preguntó ella.

—A una construcción que mi familia llama el salón de los reyes del norte. Se levanta sobre los cimientos de un antiguo asentamiento nórdico. Mi bisabuelo mandó reconstruirlo siguiendo las descripciones que se habían conservado.

Al llegar al final de la escalera, Torquil abrió una pesada puerta de roble.

Tavish se detuvo en el umbral.

La estancia era inmensa.

Las vigas oscuras sostenían un techo elevado. Había bancos de madera tallada a ambos lados, enormes escudos circulares y tapices que representaban embarcaciones de velas cuadradas navegando entre montañas. Las columnas estaban adornadas con figuras de dragones y serpientes entrelazadas.

En el extremo opuesto se levantaba una plataforma con un gran asiento de madera, semejante a un trono.

—No puedo creerlo —murmuró Tavish.

Eleanor avanzó unos pasos, fascinada.

—Parece la sala de un antiguo caudillo vikingo.

—Eso es lo que pretendieron reconstruir —explicó Torquil—.

Los MacKinnon conservaron durante generaciones la tradición de que aquí se reunían los señores nórdicos que gobernaron estas costas.

Algunas piezas proceden de excavaciones realizadas en la propiedad.

Otras llegaron a través de nuestra familia.

Tavish apenas lo escuchaba.

Su atención había quedado prendida de una figura situada junto al asiento principal.

Representaba a una mujer de rostro orgulloso, con dos largas trenzas sobre los hombros y una capa prendida mediante un broche circular. Una mano descansaba sobre la empuñadura de una espada.

Bajo la escultura había un nombre grabado en piedra.

«RAGNHILDR».

Eleanor se acercó inmediatamente.

—¡Tavish! ¡Es ella!

Torquil asintió.

—O, al menos, como nuestros antepasados imaginaron que pudo ser. La escultura se realizó hace menos de un siglo, inspirándose en las antiguas descripciones familiares.

Tavish contempló el rostro de piedra.

Había pasado semanas intentando descubrir quién fue aquella mujer. La había conocido únicamente a través de nombres difíciles de pronunciar, copias de pergaminos y relatos incompletos.

Ahora la tenía delante, convertida en una figura majestuosa.

—Así que usted es la responsable de todo este maldito asunto —murmuró.

Eleanor se rio.

—No creo que Ragnhildr imaginara que ochocientos años después uno de sus descendientes vendría a reprocharle sus decisiones.

—Entonces no conocía a los MacKinnon.

Torquil sonrió, pero enseguida señaló una estructura de madera situada junto a la escultura.

Sobre ella descansaba una espada de hoja ancha y empuñadura ornamentada.

—Y esta es una de nuestras posesiones más antiguas.

Tavish se acercó.

—¿Es auténtica?

—La empuñadura y buena parte de la hoja son antiguas. Ha sido reparada en varias ocasiones. Según la tradición, perteneció a uno de los primeros señores nórdicos de estas tierras.

Tavish observó el arma con interés.

—¿Puedo?

—Adelante.

El capitán rodeó la empuñadura con los dedos y la levantó.

El peso lo sorprendió. La hoja era considerablemente más pesada que las armas con las que había practicado durante su juventud, pero consiguió sostenerla y separar el brazo del cuerpo.

La luz que entraba por las ventanas recorrió el metal oscurecido.

Torquil lo observó con evidente satisfacción.

—En mi familia siempre se ha dicho que esa espada no fue hecha para manos inglesas ni escocesas. Solo un auténtico vikingo sería capaz de levantarla y manejarla como corresponde.

Tavish arqueó una ceja.

—¿Ha olvidado que soy escocés?

—Un escocés con sangre de los hombres del norte.

Tavish sostuvo la espada frente a él y examinó su longitud. Después probó cuidadosamente su equilibrio, haciendo un movimiento breve y controlado, lejos de las personas que lo rodeaban.

—Pues sus vikingos tenían unos brazos endemoniadamente fuertes.

Eleanor lo contempló con una sonrisa.

Había algo extraordinario en aquella imagen. Tavish, con su cabello rojizo, sus anchos hombros y la antigua espada entre las manos, parecía pertenecer a aquel salón.

Por un instante pudo imaginarlo siglos atrás, sobre la cubierta de una embarcación nórdica, dando órdenes a sus hombres mientras se aproximaban a las costas de Escocia.

—Le queda bastante bien, capitán —comentó.

Él se volvió hacia ella.

—¿La espada?

—La época. Aunque sospecho que habría sido usted un vikingo insoportable.

—Un vikingo extraordinario, inglesa. Conviene que aprenda a distinguir.

Eleanor soltó una carcajada.

Tavish devolvió el arma a su soporte y acarició un instante la madera tallada.

—Y dígame, Torquil, ¿qué parentesco tiene usted exactamente conmigo? Hasta esta mañana no sabía siquiera que existía.

—Mi abuela era hermana menor de Seumas MacKinnon, el hombre cuyo retrato ha visto arriba. Por tanto, pertenecemos a la misma rama familiar, aunque yo desciendo de una línea más joven. Somos primos lejanos, capitán.

—¿Y usted sabía que tenía un pariente navegando por estas costas?

—Sabía que Lachlan MacKinnon había dejado un hijo. Pero desconocía en qué hombre se había convertido aquel niño.

Tavish lo miró con mayor interés.

—¿Y qué opina ahora que lo ha conocido?

Torquil sonrió.

—Que Seumas habría estado orgulloso. Aunque posiblemente habría discutido con usted antes de terminar el desayuno.

—Empiezo a pensar que nos habríamos entendido admirablemente.

Torquil dejó escapar una carcajada. Después contempló la estatua de Ragnhildr.

—Hay algo que debe comprender, Tavish. Durante siglos, nuestra familia estuvo convencida de descender de aquellos antiguos señores del norte.

Muchos lo consideraban una leyenda, una historia que los ancianos repetían junto al fuego.

Pero los documentos que hemos encontrado permiten seguir esa descendencia hasta los MacKinnon y, finalmente, hasta los primeros duques de Airdmòr —Se volvió hacia él—.

Si usted es reconocido como heredero, no solo recuperará un título.

Recuperará una parte de la historia de nuestra familia que otros intentaron borrar.

Tavish contempló nuevamente la escultura.

La posibilidad de convertirse en duque seguía pareciéndole absurda. Sin embargo, el hombre del retrato, los nombres de sus abuelos y aquellas cartas habían dejado de ser simples curiosidades.

Todos conducían hasta él.

—Mi padre debió de saber bastante más de lo que yo imaginaba —murmuró.

La expresión de Torquil se ensombreció.

—Sí. Y precisamente por eso quería enseñarle otra cosa.

Los condujo hasta una pequeña cámara contigua, utilizada como archivo. Había armarios de madera y un escritorio antiguo junto a una ventana estrecha.

Torquil abrió un cajón y sacó un sobre amarillento.

—Su padre escribió varias veces al mío cuando comenzó a investigar la sucesión de Airdmòr. Mi padre conservó su correspondencia y, años después, la entregó para que se incorporara al expediente familiar. Hace una semana nos devolvieron estas cartas para examinarlas junto con los demás documentos.

Tavish se acercó.

—¿Esa es su letra?

—Sí. La de Lachlan MacKinnon.