Capítulo 15
—Llevas toda la mañana mirando esas montañas como si te debieran dinero —observó Calum.
—Si me lo debieran, ya habría desembarcado.
Tavish comprobó las amarras antes de volverse hacia tierra.
Habían llegado a Skye con la primera claridad, después de varios días de navegación.
Las nubes ocultaban las cumbres; más abajo, las laderas verdes descendían hasta una bahía de agua oscura.
Había ovejas junto a los muros, humo sobre los tejados y una torre desmochada detrás de las casas.
Conocía aquel fondeadero. Nunca había tenido tantas ganas de abandonarlo.
Eleanor apareció con la señora Bell. Llevaba la caja de su abuela, de Màiri, entre los brazos.
—¿Está preparado?
Tavish se la quitó con cuidado.
—Eso espero. He tenido bastantes años para hacerlo.
Calum quedó al mando. Un muchacho del desembarcadero les indicó, en gaélico, el camino de la casa donde los esperaban.
Tavish encontró un carruaje de alquiler y, poco después, atravesaban un patio con herramientas de jardín, dos perros y una criada que discutía con alguien sobre una ventana abierta.
La casa estaba adosada a una construcción antigua. Conservaba ventanas estrechas en el ala de piedra, pero las del cuerpo principal tenían cortinas limpias y macetas en los alféizares.
Un hombre de unos sesenta años, con el cabello gris y la espalda erguida, salió a recibirlos.
—Capitán MacKinnon. Soy Torquil MacLeod.
Le estrechó la mano y no la soltó de inmediato.
Sus ojos recorrieron el rostro de Tavish con una atención que acabó resultándole incómoda.
—¿Ocurre algo?
—Perdone. No esperaba semejante parecido.
—En Eilean Ròs lo consideran bastante habitual.
MacLeod sonrió, aunque continuó observándolo.
Dentro, un joven alto recogió sus abrigos. Tenía el cabello cobrizo y la misma mandíbula ancha que Tavish. Una mujer que salió a preguntar si tomarían té levantó una ceja de un modo tan familiar que él se quedó mirándola.
—Mi sobrino y su madre —explicó Torquil—. Les presentaré con calma. Primero quisiera enseñarles algo.
Eleanor se acercó a Tavish mientras atravesaban la galería.
Él dejó de caminar.
El hombre del retrato lo miraba desde una pared situada frente a la ventana.
Parecía tener unos treinta años. Llevaba el cabello rojizo recogido sobre el cuello de una levita oscura, y sus ojos avellana poseían una expresión orgullosa que resultaba imposible no reconocer. Incluso la pequeña desigualdad de las cejas, una ligeramente más alta que la otra, era la misma.
Eleanor miró el cuadro. Después a Tavish.
No encontró una observación que aligerara los pensamientos.
—Seumas MacKinnon —dijo Torquil—. El retrato se pintó a comienzos de siglo.
Tavish se acercó hasta distinguir las grietas del barniz.
—¿Quién era?
—El padre de Duncan MacKinnon.
Tavish volvió la cabeza.
—Duncan era mi abuelo. Casado con Màiri MacLeod.
—¿Y su padre se llamaba Lachlan?
—Sí.
Torquil miró otra vez el retrato.
—Entonces Seumas era su bisabuelo.
La señora Bell permaneció en silencio detrás de Eleanor.
Torquil señaló otro retrato más pequeño.
—Mi abuela era hermana menor de Seumas. Mi apellido viene de los MacLeod, pero compartimos esa rama.
Aquello explicaba parte de los rostros que acababa de ver. Tavish regresó al hombre del cuadro. Seumas había muerto antes de que él naciera; lo único que conocía de aquel nombre eran menciones dispersas durante su infancia.
Ahora tenía delante su cara.
—Siempre me decían que me parecía a él.
—No exageraban —murmuró Eleanor.
Tavish se llevó una mano a la mandíbula, comparando instintivamente sus facciones con las del hombre del retrato. Al darse cuenta de lo que hacía, bajó la mano con cierta incomodidad.
MacLeod guardó silencio, dejándole tiempo para asimilar aquel extraordinario parecido.
—Conservamos algunas cartas suyas. Era obstinado y bastante menos diplomático de lo que convenía a sus intereses.
—En eso también lo reconozco —dijo Eleanor.
Tavish la miró. Habría querido responder, pero todavía no podía apartar del todo la atención del retrato.
—¿Qué intereses?
Torquil tardó un instante.
—Será mejor que nos sentemos.
En el despacho habían dispuesto espacio junto a una ventana. La señora Bell aceptó el té y se acomodó cerca del fuego mientras Eleanor abría la caja.
Torquil sacó de un armario una bandeja con una pieza de plata oscurecida. Parecía parte de un brazalete; conservaba dibujos entrelazados y uno de los extremos estaba roto.
—Lo encontraron al rehacer un muro, en tierras próximas a una antigua sepultura.
Mi padre anotó el lugar y las circunstancias —Junto a la bandeja había dibujos de una piedra labrada y copias de unas inscripciones rúnicas—.
Un anticuario consideró que la pieza era nórdica —añadió—.
Mi familia prefirió asegurar que había pertenecido a Ragnhildr, nuestra antepasada en común.
—¿Hay alguna prueba? —preguntó Eleanor.
—Ninguna.
Tavish sonrió por primera vez desde que entraron.
—Empiezo a apreciar su sinceridad.
Miró la plata gastada sin tocarla. Había imaginado vikingos como los que aparecían en los libros: armas, barcos, hombres dispuestos a pelear.
Aquel pequeño resto le hizo pensar en alguien que se lo quitaba al terminar una jornada, en una casa junto al agua y en manos que habían envejecido mucho antes de que existiera el retrato de Seumas.
Torquil acercó un volumen.
—Esto les será más útil.
Eleanor encontró el nombre de Isabel en una copia antigua de su escritura matrimonial. La fecha, el lugar y el esposo coincidían con las referencias que había separado durante la travesía. Una relación de los bienes aportados mencionaba los documentos traídos de Normandía.
—Aquí están —dijo, acercando su propia transcripción—. No era una alusión general a la familia. Era este matrimonio.
Torquil asintió.
Disponía de otra genealogía que nombraba a Ragnhildr, la mujer noruega cuya familia se había establecido en las islas durante el siglo XI. La relación con la casa ducal normanda aparecía como un parentesco por matrimonio, no como un título que hubiese pertenecido a Ragnhildr.
Eleanor siguió las líneas hasta Isabel.
—Dos genealogías pueden haber copiado el mismo error —advirtió—. Pero esta escritura sí nos permite empezar a comprobar la rama asentada en Skye.
Los registros posteriores enlazaban matrimonios, propiedades y descendientes. Torquil fue colocando las referencias junto a las de Eleanor. No completaron ocho siglos aquella mañana, pero dejaron de encontrarse con nombres sin un lugar al que pertenecer.
—Isabel se casó con un antepasado de los MacKinnon de Airdmòr —explicó Torquil.
Tavish levantó la vista.
Conocía el nombre. Había visto desde el mar las torres del castillo.
—¿La casa ducal?
—La misma —Torquil sacó una carpeta distinta—. Su primera carta me llegó cuando todavía examinaba los documentos medievales. Lo que voy a enseñarles apareció después, al abrir los expedientes que habían permanecido en poder de los administradores de Airdmòr.
—¿Por qué los abrieron ahora?
—Porque el duque murió hace cinco semanas. Sin hijos. La enfermedad llevaba meses debilitándolo.
Tavish permaneció quieto.
Eleanor se inclinó hacia la carpeta.
—¿Quién ha sucedido?
—Todavía no hay un sucesor reconocido. Sus hermanos habían muerto sin dejar descendencia. Los abogados están revisando las ramas colaterales.
—¿Y usted administra todo aquello? —preguntó Eleanor.
—Solo esta propiedad y sus archivos. El castillo tiene sus propios administradores. Mi padre conservó aquí documentos de ambas familias; otros acabaron incorporados a los expedientes de Airdmòr.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo? —preguntó Tavish.
Torquil extendió una genealogía mucho más corta.
—Puede tenerlo todo.
Tavish miró el papel sin tocarlo.
—Hable claro.
—Robert MacKinnon recibió el ducado en 1688. La concesión estableció una sucesión particular: daba preferencia a la rama primogénita y permitía continuar por las hijas y su descendencia legítima antes de pasar a una rama menor.
Eleanor tomó la copia de la concesión y buscó la cláusula señalada.
—¿Esta transcripción está cotejada?
—Sí. La documentación de la concesión está localizada.
El problema no empieza ahí —Torquil apoyó un dedo sobre un nombre—.
Lady Anne, hija única del tercer duque. Murió antes que su padre.
Tuvo a Seumas MacKinnon con Donald MacKinnon, un pariente lejano.
La familia sostuvo que nunca se habían casado.
Tavish volvió hacia la puerta. Desde su asiento podía ver una esquina del retrato.
—Lo declararon ilegítimo.
—Y excluyeron su descendencia. El título pasó a la rama del hermano menor del padre de Anne. De ella procedía el duque que acaba de morir.
Eleanor revisó la línea que descendía de Seumas.
—Duncan. Lachlan. Tavish —Torquil asintió—. Su padre era el único hijo de Duncan. Y usted, el suyo. Los restantes enlaces de esta línea tienen respaldo documental; habrá que reunir certificaciones, pero sabemos dónde buscarlas.
Tavish no respondió.
—Mi familia desciende de la hermana menor de Seumas —continuó Torquil—. Aunque se reconociera el matrimonio, nuestra rama vendría después de la suya.
Eleanor alzó el rostro.
—Entonces la cuestión decisiva es demostrar que Anne y Donald estaban casados.
—Exactamente. Que fueran parientes no bastaba. Seumas tenía que ser hijo legítimo de aquella unión para transmitir el derecho que reclamaba.
Eleanor volvió a la cláusula de la concesión. La comparó con las notas de la reclamación anterior antes de asentir.
—Y habrá que cotejar todas las partidas. El parecido con el retrato no demuestra ninguna de estas cosas.
—Lo sé, milady.
Tavish miró de uno a otro.
—Están hablando de convertirme en duque por un matrimonio que nadie consiguió probar.
—Estamos hablando de comprobar si su bisabuelo fue apartado indebidamente —respondió Eleanor—. No es lo mismo.
Torquil señaló los documentos.