La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

La viuda siguió unos pasos por delante. Eleanor permaneció con Tavish.

—Me he acordado de lo que contó sobre los Pirineos —dijo él—. De que se había cansado de mirar las montañas desde un carruaje.

—No sabía que prestara tanta atención.

—Estaba intentando impresionarla. Me convenía escuchar.

Eleanor se rio.

Continuaron despacio. El camino se ensanchaba junto a un pequeño jardín, donde unos árboles protegían del viento varios bancos. La señora Bell escogió uno y se dispuso a examinar sus compras.

—¿Qué lugar quiere conocer después de Skye? —preguntó Tavish.

Eleanor se tomó un momento para responder.

—Florencia. Me gustaría pasar una temporada allí. No correr de una visita a otra porque alguien haya decidido cuántas cosas deben verse antes de comer.

—Tendremos que evitar a ese alguien.

Ella volvió hacia él la cabeza.

—¿Tendremos?

Tavish mantuvo la mirada unos segundos.

—No me desagradaría conocer sus opiniones sobre los caminos italianos.

Eleanor notó que sonreía antes de poder evitarlo.

—¿Y usted? ¿Qué lugar del mundo le queda por descubrir?

—Demasiados. No conseguiré verlos todos.

—Debería escribirlos.

Él miró su bolso.

—Espero que no esté buscando una razón para devolverme el cuaderno.

—Pensaba ofrecerle una página.

—Eso resulta bastante más generoso.

Habían llegado a una curva del camino. Tavish se detuvo junto al muro bajo que separaba el jardín de la pendiente hacia el puerto.

Eleanor permaneció a su lado.

—Antes siempre pensaba en eso —dijo él—. En adónde ir después. En cuánto tardaría, qué necesitaría el barco. Me gustaba salir de un puerto sabiendo que habría otro al final.

—Le sigue gustando.

—Sí.

No intentó disimularlo. Eleanor agradeció que no lo hiciera.

Tavish apoyó la mano sobre la piedra.

—Mi familia siempre ha estado en Eilean Ròs. He querido volver a verlos. Pero sabía que estarían allí, que discutiríamos durante la cena y que Fiona encontraría alguna razón para decirme que había tardado demasiado.

Eleanor sonrió.

—Lo imagino.

—Con usted fue distinto. En Blairmuir empecé a calcular a qué hora terminaría para encontrarla todavía en la biblioteca.

Y después, cuando me marché... —Dejó la frase.

Eleanor esperó—. Durante meses hubo lugares que me gustaron y cosas que disfruté haciendo —continuó—.

Pero algunas noches habría preferido volver a aquella mesa.

Eleanor bajó la vista hacia su mano.

—Yo también lo deseaba.

Tavish la miró de inmediato.

—No quería únicamente estar otra vez en Escocia —añadió ella—. Lo echaba de menos a usted.

Él soltó el aire y miró hacia el puerto antes de regresar a sus ojos.

—Pues procure recordar lo que le voy a decir, porque no me sale con demasiada facilidad. Sigo queriendo navegar. No voy a fingir lo contrario. Pero ya no me da lo mismo a quién encuentro cuando vuelvo.

Eleanor sintió que se le cerraba la garganta.

—No quisiera convertirme en una razón para que dejara de hacerlo.

Tavish frunció ligeramente el ceño.

—No le estoy pidiendo que me espere siempre en tierra. Acabo de preguntarle a dónde quiere ir después.

Ella sonrió con una emoción que no consiguió esconder.

La señora Bell continuaba en el banco, al otro lado de la curva, visible entre las ramas. El camino estaba vacío.

Eleanor se quitó los guantes y los guardó. Después se acercó a Tavish y apoyó los dedos sobre las solapas de su chaqueta.

Él bajó la mirada.

—¿He dicho algo que merezca una corrección?

—Todavía estoy decidiéndolo.

—En ese caso...

Eleanor se puso de puntillas y le rozó la boca con los labios.

Tavish dejó de hablar.

Ella no se apartó del todo. Sintió su respiración cerca, la leve aspereza de la barba y el movimiento de su mano al acercarse a su mejilla.

—Esto no ha parecido una corrección —murmuró él.

—No había terminado.

La sonrisa de Tavish desapareció en cuanto volvió a besarlo.

Esta vez él inclinó la cabeza y recibió su boca con una intensidad que hizo que Eleanor cerrara los dedos sobre la lana. El beso se prolongó. Ella conocía ya su calor, pero no aquella manera de ir lento, de rozarle el labio inferior hasta que olvidó lo que había pensado decir después.

Abrió los labios con un pequeño suspiro.

Tavish le acarició la mandíbula. Su otra mano descansaba sobre el muro, lejos de su cintura. Eleanor avanzó hasta rozarle el pecho y sintió cómo cambiaba su respiración.

Había pasado buena parte de la mañana imaginando aquel momento. Ahora no quería apresurarlo.

Deslizó una mano hacia el cuello de su camisa. Encontró la piel tibia junto a la nuca y Tavish se quedó quieto un instante antes de besarla de nuevo, con menos paciencia.

Eleanor respondió, sorprendida por lo fácil que resultaba querer más cuando lo tenía cerca.

El borde de su sombrero le rozó la frente. Tavish soltó una risa baja contra su boca.

—Este sombrero de dama en apuros empieza a resultarme un obstáculo.

—No pensaba en usted cuando lo escogí.

Él se apartó un poco.

—Me ha herido profundamente.

Eleanor sonrió y levantó el rostro lo suficiente para evitar el ala. Tavish aprovechó aquella mínima invitación. Sus labios volvieron a los de ella y el pulgar le recorrió despacio la mejilla mientras Eleanor olvidaba el jardín, el camino y la hora a la que habían prometido regresar.

Fue él quien terminó separándose.

Conservó la mano junto a su rostro, respirando con dificultad.

—Tenemos que volver.

Eleanor tardó unos segundos en recuperar la voz.

—¿Al barco?

—Antes de que me encuentre buscando razones para no hacerlo.

Ella bajó los ojos hacia las solapas que seguía sujetando y las alisó con un cuidado innecesario.

—Pensaba que un cortejo incluía una conducta más... comedida.

Tavish le rozó la punta de la nariz con la suya.

—La próxima vez que me bese de ese modo, intentaré parecer menos interesado.

—No he dicho que quiera eso.

—Menos mal.

Regresaron junto a la señora Bell. La viuda guardó sus compras sin hacer preguntas, aunque Eleanor encontró cierto consuelo en tener que ocuparse de los guantes durante los primeros pasos.

Tavish, en cambio, no parecía sentir la menor necesidad de esconder su buen humor.

El bote los esperaba al pie del muelle.

Subieron a bordo poco después. Calum recibió a Tavish con las novedades de la mañana y este lo escuchó sin apartar la atención, aunque Eleanor tuvo que contener una sonrisa al verlo tocarse la solapa que ella había dejado torcida a pesar de sus intentos de alisarla.

La señora Bell bajó las compras al camarote. Eleanor se quedó en cubierta, en el lugar que ya conocía, con el cuaderno sobre el regazo.

El ancla empezó a subir entre órdenes y pasos firmes. Tavish comprobó la disposición de las velas, habló con el hombre al timón y esperó a que el barco respondiera antes de dar la siguiente indicación.

Eleanor lo observó trabajar.

No le pidió que volviera a su lado. Le gustaba verlo allí, ocupado en conducirlos hacia un lugar que hasta entonces había conocido únicamente en los mapas.

La costa fue quedando atrás.

Cuando tuvieron agua libre por delante y Calum se hizo cargo de la guardia, Tavish se acercó.

—¿Ya ha empezado a escribir?

Eleanor cerró suavemente el cuaderno.

—Todavía no. Tendré que escoger qué merece quedar anotado.

—Espero que esta mañana obtenga un resultado favorable.

Ella lo miró de reojo.

—No quisiera que se distrajera de la investigación, capitán. Sigue teniendo una familia que descubrir en Skye.

—Lo recuerdo.

—Y yo necesitaré trabajar.

—También lo recuerdo. Procuraré no besarla mientras tenga una pluma en la mano.

Eleanor sonrió. Después apoyó los dedos en la cubierta de piel.

—¿Y cuándo encontremos las respuestas?

Tavish miró hacia el horizonte antes de volver a ella.

—Seguirán quedando páginas, señorita Ashcombe. Me gustaría acompañarla mientras las llena.