La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 14
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Capítulo 14

Eleanor estaba guardando el pañuelo en su bolso cuando Tavish llamó al marco de la puerta.

—El bote está preparado.

Ella levantó la cabeza. Llevaba una chaqueta oscura, el tartán prendido sobre un hombro y el cabello recogido en sus pequeñas trenzas. Se había arreglado la barba. Eleanor reparó en ello antes de mirarle la boca y lamentar que él hubiera visto ambas cosas.

La sonrisa de Tavish apareció despacio.

—Buenos días, inglesa.

—Buenos días, señor MacKinnon.

La señora Bell se levantó para recoger sus guantes. Eleanor terminó de cerrar el bolso, consciente de que Tavish seguía mirándola.

—No puede continuar con esa expresión toda la mañana —murmuró al pasar junto a él.

—¿Le desagrada?

—Parece demasiado satisfecho de sí mismo.

Tavish bajó la voz.

—Anoche me pareció que teníamos motivos.

Eleanor le dirigió una mirada de advertencia. Él se apartó para dejar pasar a la señora Bell, con una corrección que no consiguió engañar a ninguna de las dos.

En cubierta, Calum esperaba junto a la escalerilla.

—Agua y víveres a bordo. También han llevado al correo la carta para Eilean Ròs. Estaremos listos cuando regreséis.

Tavish asintió. Los últimos compromisos de carga habían quedado resueltos en Plymouth. Ya no había entregas que encajar entre sus planes: el próximo destino era Skye.

Eleanor lo oyó confirmar las instrucciones antes de ofrecerle la mano para bajar al bote. La tomó sin vacilar y descubrió que aquel gesto, tan sencillo otras veces, podía recordarle una noche entera.

Tavish la ayudó a acomodarse y se sentó enfrente.

Durante el trayecto casi no hablaron. Eleanor observó las casas agrupadas alrededor del pequeño puerto escocés, las ventanas abiertas y los hombres que trabajaban junto a las embarcaciones.

La mañana olía a sal y a humo de chimeneas.

A su lado, Tavish contemplaba la costa con aquella seguridad tan propia de él, mientras de vez en cuando dirigía alguna observación a los marineros que manejaban los remos.

Eleanor lo miró con disimulo y sonrió para sus adentros.

Todavía recordaba la primera vez que lo había visto en Eilean Ròs.

Un highlander insolente, orgulloso, de modales bastante cuestionables, que parecía disfrutar provocando a cualquiera que tuviera delante.

Había pensado que era un hombre arrogante, demasiado seguro de sí mismo y seguramente incapaz de mantener una conversación sin burlarse de alguien.

Ni siquiera comprendía cómo Fiona podía soportarlo.

Y, sin embargo, allí estaba.

Aquel mismo escocés había recorrido media Escocia para llevarle unos documentos, había soportado sus desplantes, la había hecho reír cuando creía haber olvidado cómo hacerlo y, la noche anterior, la había besado de una manera que todavía le aceleraba el corazón al recordarla.

Eleanor bajó los ojos hacia sus manos enguantadas.

Lo más desconcertante era que Tavish no había dejado de ser aquel hombre insolente que conoció en Eilean Ròs.

Seguía siendo orgulloso, impaciente y desesperadamente arrogante cuando se lo proponía.

Solo que ahora conocía también al hombre que se escondía detrás de aquellas provocaciones.

Un hombre generoso, leal, apasionado, capaz de una ternura que jamás habría sospechado en él.

Y se estaba enamorando de las dos partes.

Levantó de nuevo la mirada. Tavish se giró en ese preciso instante y, al descubrirla observándolo, arqueó una ceja con una sonrisa descarada.

—¿Ocurre algo, inglesa?

Eleanor negó, procurando disimular su propia sonrisa.

—Nada, capitán.

Él la contempló unos segundos más, evidentemente poco convencido, antes de volver su atención hacia la costa.

Eleanor sintió que el corazón volvía a darle aquel vuelco absurdo.

Quién le habría dicho, cuando conoció a aquel highlander maleducado, que algún día bastaría una sonrisa suya para hacerla tan feliz.

Al desembarcar, Tavish le ofreció el brazo.

Eleanor lo aceptó.

—¿Conoce bien este lugar?

—Lo suficiente para encontrar el camino de vuelta.

—Una recomendación modesta.

—También conozco una panadería.

—Eso mejora mucho su utilidad.

Tavish sonrió. La señora Bell caminaba detrás, a una distancia que le permitía oírlos cuando hablaban con normalidad y no hacerlo cuando bajaban la voz.

Subieron por una calle estrecha entre fachadas encaladas.

Eleanor se detenía ante los escaparates sin sentir la necesidad de disculparse cada vez.

Tavish adaptaba el paso al suyo y señalaba algún detalle: la marca de una antigua crecida, una casa que antes tenía la puerta pintada de rojo, un banco donde había esperado durante horas a un hombre que le debía dinero.

—¿Se lo pagó?

—Sí.

—¿Después de cuántas horas?

—Antes de que terminara de explicarle cuánto podía quedarme.

Eleanor se rio. Al volver el rostro hacia la siguiente tienda, dejó de caminar.

Detrás del cristal había mapas doblados, dos libros de viajes abiertos sobre soportes y una hilera de cuadernos de distintos tamaños.

Tavish siguió su mirada.

—Entremos.

—Hemos salido a caminar.

—Y estamos parados. Es evidente que algo nos lo impide.

Eleanor miró hacia el puerto.

—No quisiera retrasar la partida.

Él sacó el reloj.

—Tenemos tiempo.

La campanilla sonó sobre sus cabezas. La librería era estrecha, con estantes hasta el techo y un mostrador ocupado por tinteros, sobres y varias pilas de papel. Olía a madera encerada y a libros guardados juntos durante años.

La señora Bell encontró un asiento próximo a la puerta. Eleanor se acercó a un volumen de viajes por Italia.

Tavish la dejó examinarlo mientras recorría los estantes más cercanos.

Había entrado dispuesto a esperar y se descubrió prestando atención a sus comentarios.

Eleanor no leía como quien buscaba algo con lo que entretener una tarde.

Se detenía, comparaba una ilustración con el texto y giraba unas páginas para comprobar lo que el autor había dicho antes.

—Este hombre dedica tres páginas a la cena y apenas unas líneas a la biblioteca que visitó —observó.

—Tal vez cenó extraordinariamente bien.

—No merecía que lo dejaran entrar.

—¿En la biblioteca?

—En Italia.

Tavish soltó una carcajada.

El librero se acercó con otro volumen y Eleanor empezó a preguntarle por una edición distinta. Tavish la escuchó un momento más antes de reparar en los cuadernos del extremo del mostrador.

Había uno de piel castaña, sin adornos, con un cierre de lengüeta. Lo abrió. Las hojas eran gruesas y la costura parecía resistente. Podía imaginarlo entre los libros de Eleanor, dentro de un equipaje, apoyado sobre las rodillas mientras discutía con algún guía poco afortunado.

Señaló el cuaderno al librero cuando este regresó.

—Ese también. Y necesitaré su pluma un momento.

Eleanor se había alejado con la señora Bell hacia una pequeña colección de grabados. Tavish abrió la primera página y escribió despacio. No tachó nada, aunque permaneció unos segundos mirando la última línea antes de firmar.

Dejó que la tinta secara mientras el librero reunía las compras.

Eleanor pagó su libro y unas hojas. Tavish recogió después el paquete estrecho que había pedido envolver por separado.

—Su esposa ha escogido uno de los mejores volúmenes que tengo —comentó el hombre.

Tavish levantó la cabeza.

—No es mi esposa. Lady Eleanor Ashcombe es la dama a la que estoy cortejando.

Lo dijo mientras guardaba el cambio, sin bajar la voz ni buscar en Eleanor una señal de aprobación.

El librero inclinó la cabeza hacia ella.

—Entonces espero haber contribuido a una mañana agradable, milady.

—Así ha sido. Gracias.

Eleanor salió con el libro bajo el brazo mientras la señora Bell se hacía la sorda.

Eleanor lo estaba mirando.

—¿Qué ocurre?

—No esperaba que se lo explicara.

—Parecía conveniente aclararlo antes de que también nos atribuyera unos hijos.

Eleanor sonrió, pero no apartó los ojos.

—Podría haberse limitado a decir que no estamos casados.

Tavish le ofreció de nuevo el brazo.

—Y perderme esa cara suya.

Ella lo aceptó, sintiendo el calor de su manga incluso a través del guante.

Tomaron un camino que descendía hacia el puerto bordeando los jardines de las últimas casas. Desde allí se veía el barco entre las demás embarcaciones.

Tavish le entregó el paquete.

—Esto es para usted.

Eleanor se detuvo.

—¿Qué ha comprado?

—Tendrá que abrirlo.

Apoyó su libro sobre un murete, deshizo el cordel y retiró el papel. Pasó los dedos sobre la piel castaña antes de levantar los ojos.

—Un cuaderno.

—Páginas limpias. He pensado que agradecería no tener que descifrar a nadie.

Eleanor lo abrió.

En la primera hoja encontró la letra de Tavish, enérgica y ligeramente inclinada.

Para lady Eleanor Ashcombe.

Porque todavía quedan muchos lugares que conocer.

—Tavish MacKinnon.

La leyó una segunda vez.

Tavish se movió a su lado.

—El cierre parece firme. No debería abrirse dentro del equipaje.

Eleanor levantó el rostro. Él estaba mirando el cuaderno, no a ella.

—Gracias, Tavish.

—No tiene que...

—Déjeme dárselas.

Él cerró la boca.

Eleanor acarició el borde de la página.

—Es un regalo precioso... Y reconocería su letra aunque no hubiera firmado.

—He procurado que esta vez se entendiera.

—No lo decía por eso. Todavía conservo su primera carta.

Tavish dejó de mirar el cuaderno.

—¿La de los documentos?

Eleanor asintió.

—La he leído muchas veces. Está entre mis libros.

Él apretó los labios, como si hubiera tenido preparada una respuesta y acabara de desecharla. Después extendió la mano sobre la página para impedir que el viento la girara.

—Me alegra no haberle enviado únicamente la copia de Hamilton —Eleanor sonrió al verlo examinar su propia dedicatoria con más atención de la necesaria. Tavish recuperó algo de su sonrisa—. Ahora tendré que procurar que el viaje merezca tantas hojas.

—No pienso reservarlo solo para este viaje.

Él la miró entonces con esos ojos grandes y cubiertos por pestañas rojas.

Eleanor cerró el cuaderno y lo guardó en el bolso. Recogió el libro del murete y aceptó que la señora Bell se lo llevara junto con sus propias compras.