La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 13
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Capítulo 13

Eleanor permaneció en cubierta hasta que los hombres terminaron de asegurar el barco.

Las voces fueron perdiendo urgencia, las velas quedaron recogidas y el agua empezó a golpear el casco con un ritmo más tranquilo.

Tavish había encontrado otro lugar donde fondear y comprobaba con Calum las disposiciones de la guardia.

Todavía no había vuelto.

La señora Bell apareció con su chal y lo colocó sobre el banco.

—Ahora podrá descansar sin que la muevan de un lado a otro, milady.

—No estoy cansada.

La viuda miró hacia Tavish antes de regresar a ella.

—Entonces le dejaré esto aquí. En cuanto se retire el sol, agradecerá tenerlo cerca.

Eleanor le dio las gracias. La señora Bell bajó a terminar de ordenar las prendas que habían quedado pendientes desde la mañana, dejando encendida una lámpara en la cámara próxima a los alojamientos. Podría llamarla cuando quisiera retirarse.

Eleanor apoyó los dedos sobre la madera de la borda.

Aún recordaba la mano de Tavish en su mejilla, su respiración tan cerca y la decepción que había sentido cuando Calum lo llamó.

No había tenido que preguntarse si deseaba aquel beso.

Lo difícil había sido escuchar al capitán alejarse para ocuparse del barco.

Lo observó mientras hablaba con uno de los marineros.

Tavish vestía unos pantalones de lana gris oscuro, ajustados a sus largas y musculosas piernas, y unas botas altas de cuero negro.

La camisa de lino blanco, con las mangas remangadas hasta los codos, dejaba al descubierto sus fuertes antebrazos bronceados.

Llevaba los primeros botones desabrochados, mostrando parte de su pecho y el vello castaño rojizo que lo cubría.

Sobre los hombros anchos lucía un chaleco de color verde bosque, abierto por delante, que realzaba su poderosa constitución.

El viento había deshecho parte de sus pequeñas trenzas rojizas, dejando algunos mechones rebeldes sobre la frente.

Su mandíbula firme, la barba corta y aquellos ojos avellana le conferían un atractivo varonil difícil de ignorar.

Alzó la mano para dar una indicación, escuchó la respuesta del marinero y después soltó una carcajada por algún comentario de Calum.

Eleanor se quedó contemplándolo, fascinada.

Había conocido caballeros apuestos en los salones de Londres, hombres elegantes que dedicaban horas a su apariencia.

Pero ninguno poseía el atractivo natural de aquel escocés, tan seguro de sí mismo, tan orgulloso y dueño de una masculinidad que no necesitaba exhibir para hacerse notar.

Eleanor conocía aquella sonrisa. Había pasado meses echándola de menos.

Podía bajar al camarote y esperar a la mañana siguiente. Tavish no se lo reprocharía; se había encargado de demostrárselo durante los últimos días. Pero ya no quería que él tuviera que adivinar siempre cuánto deseaba su compañía.

Cuando el marinero se marchó, Eleanor recogió el chal y atravesó despacio el espacio de cubierta que los separaba.

Tavish fue el primero en verla acercarse. Dejó de sonreír.

—¿Necesita algo?

Ella se detuvo a unos pasos.

—Quería saber si ha terminado de trabajar.

Calum bajó la vista hacia el cabo que sostenía, con una atención repentina.

—Por ahora —respondió Tavish.

—Entonces me gustaría hablar con usted.

Él sostuvo su mirada un instante antes de volverse hacia su compañero.

—Sabes dónde encontrarme.

—Sí, capitán.

No hubo ninguna broma. Eleanor agradeció que Calum esperara a que se alejaran para regresar a sus tareas.

Tavish caminó junto a ella hasta el lugar resguardado donde había estado esperando.

La luz del atardecer se desvanecía sobre el agua y una luna pálida comenzaba a distinguirse entre las nubes.

Desde allí podían ver el resto de la cubierta, aunque apenas les llegaban las conversaciones de los hombres de guardia.

—Pensaba volver —dijo él.

—Lo sé.

—Creí que se habría retirado con la señora Bell.

Eleanor dejó el chal sobre el banco.

—Preferí esperarlo.

Tavish la observó con una seriedad que hizo más difícil continuar. Ella había imaginado que empezaría con alguna provocación y que podría responderle antes de encontrar el valor para decir lo demás.

Él le ahorró aquella defensa.

—Me alegro.

Tavish había pasado la última media hora procurando no buscarla con los ojos mientras decidía dónde dejar el barco. Ahora la tenía delante, con el vestido azul recogido bajo el tartán MacKinnon y el cabello rubio suelto sobre los hombros.

Eleanor había ido a buscarlo.

No necesitaba una traducción, ni ayuda para caminar, ni que resolviera alguna incomodidad del camarote. Había preguntado por él cuando sus obligaciones podían concederle un poco de tiempo.

Tavish se apoyó en la borda para no acercarse demasiado deprisa.

—¿De qué quería hablarme?

Eleanor miró un instante hacia el agua.

—De lo que ha ocurrido antes.

—Me temo que Calum escogió bastante mal el momento.

—No me refería a Calum.

—Yo llevo un rato intentando no referirme a él.

La sonrisa de Eleanor apareció con timidez. Tavish sintió que la paciencia de los últimos seis días no lo había preparado para verla allí, esforzándose por decir algo que parecía importarle tanto como a él.

—He pensado en lo que me dijo aquella noche —continuó ella—. Que quería besarme.

Él se enderezó lentamente.

—No he cambiado de opinión.

—Ya lo había comprendido.

Tavish sonrió.

—He procurado ser bastante claro.

Eleanor apretó los dedos sobre el borde del tartán.

—Yo no lo he sido tanto.

La voz le había cambiado. Tavish dejó de mirar su boca para concentrarse en sus ojos.

—No necesito que me prometa nada, Eleanor.

—No iba a prometerle nada. —Le dirigió una mirada que recuperó por un instante su antigua severidad—. Estaba intentando decirle algo. Pero resulta difícil cuando usted se adelanta a todo.

Tavish inclinó ligeramente la cabeza, cruzando los brazos.

—La escucho.

Ella respiró hondo. El viento le había llevado un mechón hasta los labios y lo apartó con dedos poco firmes.

—No se me ha quitado el miedo —dijo—. Pero antes, cuando se acercó, no quería que se apartara —Él permaneció inmóvil—. Y ahora tampoco.

Tavish dejó escapar el aire despacio. Había recibido invitaciones más elocuentes, pronunciadas sin rubor y sin aquella dificultad que hacía que cada palabra pareciera escogida con cuidado. Ninguna había conseguido conmoverlo de aquella manera.

—¿Está segura?

Eleanor alzó la barbilla.

—He venido a buscarlo, capitán.

Eleanor no retrocedió. Lo observó acercarse y sus dedos dejaron de apretar la lana. Tavish alzó la mano hasta su rostro, apartó el mechón que volvía a rozarle la boca y le acarició suavemente la mejilla.

Ella levantó los ojos.

No había burla en su expresión ni necesidad de demostrarle que podía ser valiente. Había nervios, sí, y un deseo que Tavish había pasado demasiadas noches imaginando.

Se inclinó.

Eleanor cerró los ojos cuando sus labios se encontraron.

El primer contacto fue lento. Tavish sintió la respiración que ella había contenido y el pequeño movimiento con que levantó un poco más el rostro. No la atrajo hacia sí. Le dejó aquella distancia mínima hasta que Eleanor apoyó una mano sobre su camisa.

Entonces volvió a besarla.

La mano de ella se cerró ligeramente sobre la tela. Tavish sintió sus dedos, el calor de su mejilla bajo la palma y la forma incierta en que empezó a responderle.

Tavish dejó de pensar en todos los besos que había imaginado.

La estaba besando a ella.

A la mujer que había conocido en el puerto de Eilèan Ros y desde entonces no había podido dejar de pensar en ella. Eleanor estaba allí, con la mano sobre su pecho y los labios volviendo a los suyos.

¡Por fin!

Ella olía a mil maravillas, a perfumes ingleses y, para su sorpresa, encontró una manera más firme de responderlo. A Tavish le pareció que toda su contención empezaba a costarle un esfuerzo distinto. Ya no intentaba ocultar su deseo, sino impedir que la impaciencia estropeara aquel momento.

Eleanor le rozó la mandíbula con la mano que no estaba sujeta a su camisa.

Tavish se separó lo suficiente para mirarla. Tenía las mejillas encendidas y los labios entreabiertos, como si todavía no supiera qué hacer con la siguiente respiración.

—Eleanor.

Ella levantó los ojos.

Él no encontró nada que decir que no resultara insuficiente. Le acarició de nuevo el rostro y la besó con más intensidad.

Eleanor dio medio paso más hacia él, hasta quedarse amparada por su cuerpo.

El borde de su falda rozó sus botas y Tavish sintió la mano que sostenía la camisa subir despacio hacia su hombro.

Besarla ya no era un sueño. Había algo vivo y urgente en la manera en que ella lo buscaba ahora, en el leve suspiro que dejó escapar cuando él le rozó la mejilla con los labios antes de volver a su boca.

Tavish bajó la mano desde su rostro hasta la cintura. La apoyó sobre la tela del vestido y deslizó el brazo alrededor de ella para apretarla un poco más contra él.

Eleanor se quedó rígida.

Él lo percibió de inmediato. La mano sobre su camisa dejó de atraerlo y se afirmó contra su pecho. Tavish interrumpió el beso y retiró el brazo antes de que ella consiguiera hablar.

—Así no —murmuró Eleanor.

Tavish dio medio paso atrás.

—No la sujetaré.

Ella seguía mirándolo, con una respiración demasiado rápida y los dedos temblándole sobre el pecho. Él dejó las manos quietas junto al cuerpo, sin intentar corregir aquella distancia.

—Podemos sentarnos —dijo él.

Eleanor miró el banco y después volvió a él. No parecía haber dejado de reconocerlo. Lo que había cambiado era su cuerpo, la rigidez con que sostenía los hombros y el esfuerzo por aflojar las manos.

Tavish esperó.

—No quería que dejara de besarme —dijo ella finalmente.

Él sostuvo sus ojos.

—He entendido lo que me ha pedido.

Eleanor tragó saliva y cerró los ojos. Bajó las manos, alisó sin necesidad un pliegue de su vestido y volvió a mirar el espacio que él había dejado entre ambos.

Tavish no se apartó más. Tampoco lo redujo.

Al cabo de unos momentos, Eleanor levantó de nuevo la mano hasta su pecho.