La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Había aprendido a distinguir cuándo podía interrumpirlo.

También había aprendido lo difícil que resultaba dejar de mirarlo una vez que empezaba.

Tavish llevaba el cuello de la camisa desabrochado y las mangas recogidas. El trabajo había terminado de soltarle algunos mechones de las trenzas, y el viento se los apartaba de la frente cuando giraba la cabeza.

Eleanor recordó la caricia de seis noches atrás.

No se había olvidado de ella.

Tampoco de lo que él dijo después.

Había momentos en que temía que Tavish hubiera decidido dejar aquella promesa donde estaba. Otros, en cambio, bastaba con sorprenderlo mirándola para comprender que no era así.

Él se acercó y se detuvo a su lado.

—La señora Bell dice que me está esperando.

Eleanor sintió calor en las mejillas.

—Le he dicho que todavía no quería bajar.

—Entonces tendré que agradecerle la interpretación.

—¿Ya ha terminado?

Tavish miró hacia Calum, que seguía pendiente de la costa.

—Por unos minutos.

Eleanor asintió y volvió hacia el agua los ojos. Había tenido cosas que decirle mientras él estaba lejos. Ahora solo conseguía pensar en lo cerca que quedaba su mano sobre la borda.

—Ha estado muy callada desde esta mañana —observó Tavish.

—He hablado bastante.

—Conmigo, menos.

Ella lo miró.

—Hemos pasado media mañana juntos.

—Y todo el tiempo se ha ocupado de que tuviera una mano sobre sus documentos.

La intención de aquellas palabras le hizo apretar los dedos sobre la lana.

Tavish lo vio y dejó de sonreír.

—Eleanor.

La manera en que pronunció su nombre la obligó a levantar los ojos.

Él no se había acercado más, pero toda la ligereza de la conversación había cambiado.

—No he olvidado lo que le dije.

Eleanor supo de inmediato a qué se refería: al beso.

Podría haber fingido que no. En otro momento lo habría hecho, buscando una observación sobre sus antepasados o sobre el trabajo que lo esperaba.

Aquella tarde no quiso.

—Yo tampoco, señor MacKinnon.

Tavish la observó con una atención que hizo que cada respiración le resultara demasiado evidente.

—He procurado darle tiempo.

Ella bajó los ojos un instante.

—No le he pedido que deje de acercarse.

La frase salió por encima del ruido del agua. Eleanor sintió vergüenza en cuanto la pronunció, pero Tavish no se burló ni se apresuró a aprovecharla.

Se inclinó hacia ella, dejando atrás la postura despreocupada con que se había apoyado en la borda.

—Míreme, inglesa.

Eleanor levantó el rostro.

Él alzó la mano despacio y apartó el mechón que el viento había llevado hasta su mejilla. Sus dedos se detuvieron allí. Eleanor sintió el calor de aquella caricia y recordó que ahora Tavish conocía la verdad.

No la miraba con menos deseo, sino con más afecto.

—Quiero besarla —dijo él—. Y esta vez preferiría no tener que conformarme con decírselo.

El corazón le golpeó con fuerza.

Tavish esperó.

Eleanor no buscó su mano ni lo atrajo hacia ella. Solo permaneció allí, mirándolo, hasta que encontró valor para responder.

—No quiero que se conforme.

La expresión de Tavish cambió.

Durante un instante desapareció el hombre que siempre encontraba una réplica. Eleanor vio cuánto le habían importado aquellas palabras y sintió que el temor se mezclaba con una emoción mucho más difícil de ocultar.

Él le acarició la mejilla con el pulgar.

Eleanor asintió.

Tavish se inclinó más, rozándola con sus trenzas rojas. No la sujetó por la cintura ni la acercó contra él. Su mano permaneció junto a su rostro mientras la distancia entre ambos se reducía.

Eleanor levantó la barbilla.

Podía sentir su respiración. La aspereza de sus dedos. El olor a sal de la camisa que tenía tan cerca.

Cerró los ojos.

—¡Capitán! ¡Un mercante acaba de ocupar el lugar donde íbamos a fondear!

Tavish se quedó inmóvil.

Eleanor abrió los ojos. Él seguía tan cerca que tardó un instante en comprender por qué había dejado de acercarse.

—Mantennos apartados de él —respondió Tavish sin volver todavía la cabeza—. Voy.

Retiró la mano con una lentitud que hizo que Eleanor sintiera más su ausencia.

Durante unos segundos ninguno habló.

Después ella miró hacia Calum.

—Sus hombres lo necesitan.

Tavish dejó escapar una respiración áspera.

—Estoy empezando a lamentar haberlos acostumbrado a consultármelo todo.

Eleanor no consiguió ocultar la sonrisa.

Él la miró y negó despacio, como si aquella expresión no estuviera ayudándolo en absoluto.

—No se divierta demasiado, señorita Ashcombe, no me sienta bien que los ingleses se diviertan a expensas de los escoceses.

—No me estoy divirtiendo.

Tavish bajó los ojos hacia su boca y volvió a levantarlos.

—Entonces somos dos.

Calum volvió a llamarlo.

Esta vez Tavish se apartó, aunque antes de dirigirse al timón miró a Eleanor una vez más.

Ella seguía allí, con los dedos cerrados sobre el tartán y las mejillas encendidas.

—No he cambiado de opinión —dijo ella en voz baja.

Tavish se detuvo.

La sonrisa que apareció en su rostro hizo que Eleanor comprendiera que acababa de darle una ventaja que no pensaba desaprovechar.

—Me alegra oírlo —respondió—. Porque, en cuanto termine aquí, pienso volver.