La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Y hay algo más. Si estos documentos se conservaron para demostrar un derecho hereditario, necesitamos averiguar cómo llegaron hasta su abuela. De nada sirve encontrar a Ragnhildr si no conseguimos establecer qué relación tenía su descendencia con los MacKinnon de Skye.

Tavish volvió a mirar los nombres de sus padres.

—Entonces tendremos que buscar sus partidas de matrimonio y cualquier documento familiar que se haya conservado.

—Y escribir a Catriona. Quizá guarde cartas de su hermana o sepa por qué su abuela Màiri tenía estos papeles.

Tavish guardó silencio unos instantes. Después tomó el pequeño broche roto y lo hizo girar entre sus dedos.

—Mi abuela perdió a su hijo y a su nuera. Sabía que estaba enferma y que yo terminaría viviendo con su hermana. Sin embargo, entre todas las cosas que podía conservar, decidió guardar esta caja.

Eleanor lo observó con atención.

—Quizá porque contenía algo que quería dejarle.

Tavish levantó sus ojos avellana.

—¿A mí?

—No lo sabemos. Pero los documentos viajaron con sus pertenencias cuando era niño y nadie se deshizo de ellos. Tal vez su abuela quisiera que algún día conociera su contenido.

Él volvió a mirar el broche.

—Entonces me gustaría saber qué demonios esperaba que descubriera.

Eleanor sonrió ligeramente.

—Eso es precisamente lo que vamos a averiguar, capitán.

Se dispuso a recoger las hojas, pero Tavish permaneció inmóvil, contemplando la anotación sobre la sucesión.

—Eleanor, hay algo que no comprendo.

—¿Qué cosa?

—Si todos estos nombres se conservaron para reclamar una herencia, ¿por qué nadie de mi familia volvió a hablar de ella?

Eleanor dejó lentamente los papeles sobre la mesa.

Era una buena pregunta. Y, después de examinar aquella caja durante tantos días, empezaba a comprender que quizá habían estado buscando la respuesta equivocada.

—Eso, señor MacKinnon, es precisamente lo que más me inquieta.

Él frunció el ceño.

—¿Por qué?

Eleanor señaló la anotación que acababa de traducir.

—Porque alguien se tomó muchas molestias para demostrar ese parentesco. Reunió nombres, matrimonios y documentos de varios siglos. No parece el trabajo de una persona que estuviera recordando a sus antepasados por simple curiosidad.

Tavish volvió a mirar la caja.

—Entonces ¿qué ocurrió con la reclamación?

Eleanor sostuvo sus ojos avellana.

—No lo sé. Pero hay dos posibilidades: que su familia perdiera aquello que intentaba reclamar... o que nunca llegara a recibirlo.

Tavish dejó el broche sobre la mesa.

Hasta aquella mañana había creído estar buscando la historia de sus antepasados.

Ahora empezaba a preguntarse si alguno de ellos había dejado algo que todavía le pertenecía.

Cuando Tavish subió a cubierta llevaba dos hojas dentro de la chaqueta.

Una contenía las preguntas que enviarían a Eilean Ròs. La otra, los nombres y referencias que Eleanor quería buscar en Skye.

Ahora sabía por qué importaba aquel matrimonio de Isabel. También sabía que los papeles de su abuela podían haber conservado una reclamación que nadie le había explicado.

No deseaba volver a postergar el viaje.

Calum lo encontró junto al timón.

—¿Han aparecido ya tus vikingos?

—Una mujer noruega. Una boda. Y alguien que quería heredar algo.

Su compañero lo miró de reojo.

—¿Dinero?

—Todavía no lo sabemos.

—Procura averiguarlo antes de que necesitemos velas nuevas.

Tavish le dirigió una mirada.

—Me alegra comprobar que no te interesa mi familia únicamente por afecto.

—El afecto no arregla una vela.

Volvieron al trabajo.

Tavish revisó con él dónde pasarían la noche y después recorrió la cubierta, comprobando lo que aún faltaba hacer.

No tenía intención de convertir una búsqueda familiar en motivo para desatender el barco.

Había llegado hasta allí gracias a lo que sabía hacer, no a los nombres escritos en un pergamino.

Sin embargo, aquella mañana deseó conocerlos por primera vez sin sentir que les debía nada.

Eleanor apareció en cubierta un rato después, acompañada por la señora Bell.

Llevaba un bonito vestido de paseo de color azul celeste, ajustado a su esbelta cintura y adornado con delicados encajes blancos en el cuello y los puños.

Había decidido llevar el cabello suelto, y el viento marino jugueteaba con sus largos mechones rubios, haciéndolos ondear sobre su espalda.

Se acercó a la borda y apoyó los antebrazos sobre la madera, contemplando la inmensidad del mar con una expresión serena. La brisa había sonrosado ligeramente sus mejillas y algunos mechones dorados acariciaban su rostro, enmarcando sus delicadas facciones y aquellos hermosos ojos verdes.

Tavish se quedó observándola desde el otro extremo de la cubierta.

Había algo extraordinariamente atractivo en Eleanor, con la falda agitándose suavemente alrededor de sus piernas y una sonrisa apenas perceptible mientras contemplaba el horizonte.

Por primera vez desde que había vuelto a encontrarla, parecía disfrutar del viaje sin pensar en nada más.

Y, maldita fuera, estaba preciosa así: sintiéndose cómoda y libre.

Tavish terminó de dar una indicación antes de acercarse.

—¿Ha venido a comprobar si hago algo más que sujetar papeles?

—Quería asegurarme de que también obedece usted las instrucciones de alguien.

—Calum lleva años esperando lo mismo.

Eleanor sonrió sin tanto miedo como días atrás.

Él se apoyó a su lado. El viento había soltado un mechón junto a su nuca y lo hacía moverse sobre el cuello del vestido. Tavish miró la piel que aparecía entre el cabello y la tela antes de obligarse a regresar a sus ojos.

Eleanor lo había visto.

—¿Ocurre algo?

—Sí. Pero no es asunto de la tripulación.

Ella apretó los labios, intentando esconder el rubor.

Tavish empezaba a conocer aquella expresión. No era la vigilancia con que lo había observado en Blairmuir, esperando un movimiento que no pudiera soportar. Era algo que aparecía cuando él se quedaba mirándola y que Eleanor intentaba disimular cambiando de asunto.

No pensaba ayudarla demasiado.

—¿Seguiremos navegando esta noche? —preguntó ella.

—Buscaremos resguardo más adelante. Continuaremos por la mañana si el viento nos conviene.

—Me gustaría caminar un poco cuando podamos bajar a tierra.

—Lo imaginaba.

Eleanor volvió el rostro hacia él.

—¿Por qué?

—Porque ha empezado a mirar la costa como si estuviera examinando los caminos.

Ella lo contempló con sorpresa antes de sonreír.

—¿Siempre se fija tanto?

Tavish bajó la voz y clavó sus ojos avellana en ella.

—En usted, sí.

Eleanor volvió hacia el mar los ojos.

Él dejó que el silencio durara. No había ninguna necesidad de añadir otra broma para quitar importancia a lo que acababa de decir.

—No he pedido que abandone sus obligaciones para acompañarme —murmuró ella.

—Todavía no le he dicho que vaya a hacerlo.

Eleanor lo miró de nuevo.

Tavish sonrió.

—Pero pensaba proponérselo.

—Pues podría empezar por ahí.

—¿Caminará conmigo mañana?

—Sí.

La facilidad de la respuesta le hizo perder la siguiente provocación.

Eleanor pareció darse cuenta. Su sonrisa se volvió más segura y Tavish comprendió que empezaba a encontrarse en una situación bastante peligrosa.

Aquella mujer estaba descubriendo lo mucho que podía afectarlo.

—¿Siempre quiso ser capitán? —preguntó ella.

Tavish miró hacia los hombres que trabajaban a proa.

—Al principio quería que me dejaran embarcar. Después, que me pagaran. Tardé bastante en poder decidir adónde íbamos.

—Me cuesta imaginarlo obedeciendo.

—Obedecí durante años. Y fregué más cubierta de la que me gusta recordar.

—¿Sin protestar?

Él arqueó una ceja roja, acentuando sus facciones duras.

—No exageremos.

Eleanor soltó una risa y Tavish sintió de nuevo aquella satisfacción que lo hacía buscarla incluso cuando no tenía nada que decir.

—Allí nadie esperaba que me pareciera a mi padre ni a mi abuelo —añadió—. Si hacía bien el trabajo, era mérito mío. Si lo hacía mal, también se ocupaban de recordármelo.

Ella miró el barco con otra atención.

—¿Y le gustaría que una posible herencia cambie lo que ha conseguido?

Tavish la observó. No le había explicado aquella preocupación, pero Eleanor la había encontrado igualmente.

—Quiero saber qué ocurrió —respondió él—. No necesito que un papel me conceda lo que ya me he ganado.

—Entonces buscaremos una respuesta, no una vida distinta para usted.

Tavish permaneció mirándola unos segundos.

Había empezado a desear que Eleanor formara parte de aquella vida mucho antes de reconocerlo. Ahora hacían planes juntos.

Calum lo llamó desde el timón.

Tavish se apartó de mala gana.

—Volveré en cuanto termine.

—No tiene que avisarme cada vez que se marcha.

Él se inclinó apenas hacia ella.

—Lo sé. Pero prefiero que no se acostumbre a mi ausencia.

Poco antes del atardecer, Eleanor regresó al lado resguardado de la cubierta.

La señora Bell había bajado a buscar su chal. A proa se oían las voces de los hombres que preparaban el fondeo, y Tavish conversaba con Calum junto al timón. Eleanor lo observó señalar un punto de la costa y esperar a que su compañero asintiera antes de alejarse.