Capítulo 12
—Sujete esta esquina, capitán.
Tavish bajó la mirada hacia el pergamino que Eleanor intentaba mantener extendido sobre la mesa.
—¿Ese es mi cometido esta mañana?
—De momento. Y aparte un poco la silla. Me está tapando la luz.
Él se desplazó hacia el otro lado sin levantar los dedos del documento.
—Mis hombres me dan menos órdenes.
—Sus hombres no tienen que leer una letra de hace varios siglos debajo de su sombra.
Tavish sonrió. La nueva posición lo había dejado frente a ella, con la mano apoyada cerca de la suya. Eleanor volvió a concentrarse en la escritura, aunque tardó unos segundos en encontrar la línea que estaba examinando.
Habían transcurrido seis días desde su confesión. Seis días desde que Tavish le aseguró que seguía queriendo besarla.
No lo había intentado.
Tampoco había dejado de acercarse.
La buscaba después de las comidas, la acompañaba a cubierta y encontraba motivos para detenerse junto a su silla.
En Plymouth había discutido con un vendedor porque, después de verla comer una naranja, decidió comprar suficientes para alimentar a media tripulación.
Eleanor tuvo que recordarle que solo había dicho que le gustaban, no que pensara vivir exclusivamente de ellas.
Ahora navegaban de nuevo hacia el oeste. La señora Bell había dejado abierta la puerta del camarote y se encontraba en la estancia contigua, ocupada con unas prendas. Sobre la mesa, entre los libros de Eleanor, descansaban los papeles de la abuela de Tavish.
Él siguió con la mirada el movimiento de su lápiz.
—¿Ha encontrado algo?
—Sí. Y esta vez podré explicárselo sin pedirle que imagine tres parentescos distintos.
—Eso ya parece un progreso.
Eleanor acercó una hoja limpia.
—¿Recuerda a Ragnhildr?
—La mujer por la que llevamos semanas intentando llegar a Skye.
—La misma. Esta anotación dice que era noruega y que su familia se estableció en las islas occidentales a comienzos del siglo XI.
Tavish observó el nombre.
—Entonces no nos equivocábamos con el origen nórdico.
—No con el suyo. Todavía tenemos que demostrar qué relación tenía con su familia.
—Siempre encuentra la manera de estropearme una buena noticia.
—Prefiero hacerlo yo antes de que se presente en Skye anunciando que ha encontrado a una abuela vikinga.
—Con lo que me está costando conocerla, pienso llamarla como me dé la gana.
Eleanor sonrió y escribió el nombre en la parte superior de la hoja.
—Ragnhildr vivió muchos siglos antes que usted.
La genealogía sigue a una parte de sus descendientes y relaciona una de esas ramas con la familia de un duque de Normandía.
No sabemos todavía cuál —Tavish asintió para que continuara—.
Varias generaciones después aparece Isabel.
La nota dice que se casó con un MacKinnon de Skye y que llevó consigo documentos procedentes de Normandía.
Eleanor escribió el segundo nombre más abajo, dejando espacio entre ambos.
—No era hija de Ragnhildr —aclaró—. Era una descendiente. Lo importante es que aquí se menciona un matrimonio concreto y unos papeles que llegaron a Skye con la esposa.
Tavish miró el esquema.
—Y el hombre que me escribió guarda documentos de aquella rama.
—Eso cree. Ahora podremos preguntarle por Isabel y por su matrimonio, no únicamente por cualquier MacKinnon que aparezca en sus archivos.
Él pasó un dedo junto al segundo nombre, sin rozar la tinta.
—Bien. Una mujer noruega, una descendiente que llega de Normandía y una boda en Skye.
—Exactamente.
—Hasta ahí puedo seguirla.
Eleanor retiró con cuidado el pergamino que él sujetaba y colocó delante una hoja más pequeña.
—Lo que me preocupa es esto.
Tavish reconoció el papel. Lo había visto varias veces entre las copias, pero Eleanor lo mantenía apartado porque pertenecía a otra época.
—¿Qué dice?
Ella señaló el encabezamiento.
—«Relación de la rama de Skye, para prueba de parentesco en la sucesión».
La sonrisa desapareció del rostro de Tavish.
—¿Una herencia?
—Alguien necesitó demostrar que pertenecía a esta familia para reclamar un derecho. Esta hoja es del siglo pasado, mucho más reciente que la genealogía.
—¿Tierras?
—Podrían serlo. No tenemos el documento principal, así que no puedo asegurarle qué se reclamaba.
Tavish volvió a mirar la caja. El broche roto de su abuela descansaba sobre la lana, junto a la cinta desteñida.
—Pensaba que guardaba una historia de familia.
—La guarda. Pero quizás no solo para recordar a los muertos.
Él tomó la hoja.
Hasta entonces, aquellos nombres habían pertenecido a una curiosidad que podía atender cuando los contratos y el viento le dejaran tiempo.
Saber que alguien los había reunido para demostrar un derecho cambiaba la naturaleza de la búsqueda.
—¿Y ese derecho podría tener algo que ver conmigo?
Eleanor no respondió enseguida.
—Primero debemos averiguar por qué estos papeles llegaron a su abuela. Conservarlos no demuestra que fuera descendiente de todas las personas que aparecen en ellos. Podrían proceder de su familia o haber llegado con su marido.
Tavish dejó el documento sobre la mesa.
—Entonces nos falta empezar por el principio.
—Nos falta empezar por lo más cercano —corrigió ella con suavidad—.
Sus abuelos. Sus padres. Usted —Al oír mencionar a sus padres, Tavish apartó los ojos del papel.
Eleanor esperó unos segundos antes de continuar—.
Me ha hablado de su llegada a Eilean Ròs y de su abuela.
De su padre y de su madre apenas sé nada.
Él acarició el borde de la caja.
—Yo tampoco he hablado mucho de ellos.
—¿Por qué recuerda poco?
—Porque hay cosas que conozco por lo que me contaron. A veces no sé dónde termina el recuerdo y dónde empieza lo que he oído tantas veces que he acabado imaginándolo.
Eleanor dejó el lápiz.
Tavish permaneció mirando la caja, sorprendido de haber llegado tan lejos en una conversación que había comenzado con una esquina de pergamino.
—Cuando tenía seis años, todos sabían a quién me parecía —continuó—. Si me enfadaba, había heredado el carácter de uno. Si me quedaba callado, tenía los gestos de otro. Yo los escuchaba y procuraba recordar algo que me permitiera darles la razón.
—Debía de ser difícil.
Él se encogió ligeramente de hombros.
—Acabó resultándome irritante. No quería que cada cosa que hiciera perteneciera antes a alguien más.
Eleanor lo observó con una atención que no tenía nada de compasión.
—¿Y dejó de preguntar?
—Sí. Crecí. Empecé a trabajar. Me interesaba más que me pagaran por lo que hacía que escuchar otra vez de quién había heredado las manos.
La respuesta hizo que ella bajara la mirada hacia sus dedos, fuertes y marcados por el trabajo.
—Tavish, hay algo que no comprendo —dijo Eleanor, dejando el lápiz sobre la mesa—. Llevamos días buscando a sus antepasados de hace ochocientos años, pero apenas hemos hablado de su familia más cercana.
Él levantó la mirada.
—¿A qué se refiere?
—A sus padres, por ejemplo. ¿Cómo se llamaban?
—Mi padre se llamaba Lachlan MacKinnon. Mi madre, Elspeth Cameron, antes de casarse —respondió Tavish.
Eleanor anotó ambos nombres.
—¿Y sus abuelos?
—Mi abuelo paterno se llamaba Duncan MacKinnon. Estaba casado con Màiri MacLeod, mi abuela. La misma a la que pertenecía esta caja.
Eleanor levantó la cabeza.
—¿Y qué parentesco tenía con la abuela de Fiona?
—Eran hermanas. Mi abuela Màiri y Catriona, la abuela paterna de Fiona. Por eso crecimos juntos en Eilean Ròs, aunque no somos hermanos.
Eleanor observó los nombres que acababa de escribir.
—Entonces tenemos un punto de partida.
—¿Para qué?
—Para descubrir de qué rama familiar proceden realmente estos documentos. Hasta ahora hemos supuesto que llegaron a su abuela por los MacKinnon, pero también podrían proceder de los MacLeod. Incluso de una generación anterior.
Tavish se inclinó sobre el papel.
—¿Quiere decir que llevamos semanas investigando a unos vikingos sin saber siquiera qué lado de mi familia debemos seguir?
—Precisamente.
Él soltó una carcajada incrédula.
—¡Por Dios Misericordioso, inglesa! ¡Podría habérmelo dicho antes!
—Podría haber empezado por darme los nombres de sus padres y abuelos, capitán.
Tavish la miró con una sonrisa burlona.
—Empiezo a pensar que debería haber contratado a un historiador menos impertinente.
—Y yo que debería haber escogido un capitán que conociera mejor su propia familia.
La sonrisa de Tavish se desvaneció ligeramente mientras observaba los nombres.
—Conozco sus nombres, Eleanor. Lo que no conozco es buena parte de su historia.
—¿Qué ocurrió con sus padres? ¿Por qué terminó viviendo en Eilean Ròs?
La expresión del capitán cambió ligeramente. Durante unos segundos contempló la caja de su abuela antes de responder.
—Mis padres murieron cuando yo tenía cinco años. Su carruaje volcó en un camino de montaña, durante un viaje. Ninguno sobrevivió.
Eleanor apretó las manos sobre la mesa.
—Lo siento mucho. No sabía que los hubiera perdido tan pequeño.
—Fue hace muchos años, inglesa.
—Eso no significa que no importe.
Tavish levantó los ojos hacia ella. La sinceridad de aquellas palabras le hizo guardar silencio un instante.
—Mi abuela Màiri se hizo cargo de mí —continuó finalmente—. Era la madre de mi padre. Viví con ella hasta que enfermó, aproximadamente un año después. Cuando murió, su hermana Catriona decidió llevarme a Eilean Ròs.
—La abuela de Fiona.
—La misma. Las dos eran hijas de los MacLeod. Se casaron con hombres de la familia MacKinnon. Mi abuela siempre había mantenido una relación muy estrecha con su hermana.
Eleanor observó el pequeño broche que descansaba junto a los documentos.
—Así que perdió a sus padres y a su abuela en poco más de un año.
Tavish asintió. Eleanor dejó ir un suspiro.
—Entonces estos documentos pertenecían a Màiri MacLeod, su abuela paterna.
—Sí.
—Y llegaron a Eilean Ròs con sus pertenencias cuando usted tenía seis años.
—Exactamente.
Eleanor señaló la anotación sobre la antigua sucesión.