La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

Ella bajó la cabeza para esconder una sonrisa que no había esperado sentir.

—Siempre mencionaba los documentos.

—Porque usted parecía más dispuesta a hablar con mis muertos que conmigo.

Eleanor soltó una risa pequeña. Le sorprendió el sonido y levantó la mirada al descubrir que Tavish la estaba observando.

No con la gravedad de aquella tarde.

Con el interés que recordaba de Blairmuir.

La sonrisa se le deshizo lentamente.

—¿Por qué me mira así?

Tavish no respondió enseguida.

Eleanor sintió que el corazón empezaba a latirle más deprisa.

—Como me miraba antes —aclaró ella.

Él se recostó apenas, sin dejar de observarla.

—Porque no ha dejado de ser usted.

Eleanor apretó los dedos alrededor de la taza.

—No diga cosas hermosas solo para ayudarme.

—No estoy intentando resultar hermoso. Estoy contestándole.

Había algo casi impaciente en su voz. Eleanor lo reconoció con una emoción que le hizo difícil seguir sosteniéndole la mirada.

Ese era Tavish.

No era un hombre que midiera cada palabra por temor a herirla. Era Tavish MacKinnon, con su carácter orgulloso, su franqueza y aquella honestidad que lo llevaba a decir lo que pensaba, incluso cuando habría resultado más fácil callar.

—Lo que dije en Blairmuir era mentira —murmuró ella.

Él dejó de moverse.

—¿Qué parte?

Eleanor tragó saliva.

—Que su presencia no significaba nada. Que solo había sido cortés.

Tavish bajó los ojos un instante.

—Escogió unas palabras muy convincentes.

—Quería que se marchara antes de que empezara a importarme más.

Cuando volvió a mirarla, había desaparecido la diversión.

—¿Y lo consiguió?

Eleanor negó despacio.

No supo de dónde había sacado el valor para hacerlo. Quizás de la conversación de aquella tarde. Quizá de comprobar que él había vuelto sabiendo que ella ya no era una mujer virgen.

Tavish permaneció callado tanto tiempo que ella empezó a temer haber dicho otra cosa equivocada.

—No estoy pidiéndole que olvide cómo lo traté —añadió ella.

—No lo he olvidado —Eleanor bajó el rostro—. Pero ahora sé por qué lo hizo —continuó él—. Y prefiero escuchar esto a seguir recordando aquella despedida sin entender nada.

Ella dejó la taza sobre la bandeja. Tenía las manos demasiado inquietas para sostenerla.

Tavish siguió el movimiento y después volvió a mirarla.

Eleanor sintió la conciencia de la distancia entre ambos: no muy grande, pero suficiente para que hubiera podido levantarse y salir sin rozarlo. Durante toda la tarde él había respetado aquel espacio.

De pronto deseó que fuera menor.

El deseo no llegó como una imagen clara ni como la fantasía de un beso. Fue la necesidad de saber cómo sería tenerlo cerca después de haberle contado aquello que tanto había temido revelar.

Tavish se incorporó para retirar la bandeja. Eleanor levantó una mano y le tocó la manga.

Él se detuvo.

Ella estuvo a punto de apartarse, sorprendida por su propio gesto, pero dejó los dedos sobre la tela.

—No quería que se marchara todavía.

—Solo iba a dejar esto ahí.

Señaló el extremo del escritorio. Eleanor asintió y soltó la manga, avergonzada.

Tavish dejó la bandeja y no regresó de inmediato a la silla. Permaneció frente a ella, lo bastante cerca para que Eleanor viera el color de sus ojos bajo la luz de la lámpara.

—No voy a marcharme sin decírselo —murmuró Tavish.

Eleanor levantó el rostro.

Él alzó una mano hacia su mejilla, pero se detuvo antes de tocarla. Esperó hasta que ella asintió y entonces apartó con delicadeza un mechón rubio que le caía sobre el rostro.

Eleanor cerró los ojos un instante. La mano de Tavish era grande, cálida y algo áspera, pero la ternura de aquella caricia le produjo una emoción inesperada. Nunca había permitido que un hombre la tocara de aquella manera.

Y, por primera vez, no deseó que terminara.

Cuando abrió los ojos, descubrió que Tavish la contemplaba con una intensidad que le hizo palpitar el corazón.

—Llevo mucho tiempo queriendo besarla, inglesa —confesó él, con la voz ronca.

Eleanor sintió que las mejillas le ardían.

—Y antes de que empiece a sacar conclusiones equivocadas, quiero que sepa que no sería por compasión.

Ella tragó saliva. Durante su estancia en Blairmuir había soñado más de una vez con recibir un beso de aquel hombre. Pero ahora que lo tenía tan cerca, sus deseos se mezclaban con un miedo que todavía no sabía dominar.

—No sé si podré... —susurró avergonzada.

Tavish le acarició la mejilla una última vez antes de retirar la mano.

—Entonces no la besaré esta noche.

Eleanor bajó los ojos, sintiendo una decepción que la sorprendió incluso a ella misma.

—Lo comprendo.

—Me temo que no, inglesa.

Ella volvió a mirarlo.

Tavish se inclinó ligeramente hacia ella. Sus ojos avellana brillaban con aquella intensidad masculina que tantas veces la había hecho olvidar sus propias palabras.

—No renuncio a besarla, Eleanor. Llevo demasiado tiempo deseándolo.

El corazón de Eleanor dio un vuelco.

—Entonces, ¿por qué no lo hace?

Una sonrisa lenta, irresistiblemente arrogante, apareció en los labios del capitán.

—Porque cuando por fin la bese, inglesa, quiero que lo único que lamente sea haberme hecho esperar tanto.