La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—Ahora quiero llegar a Escocia. Quiero saber qué hay en esos papeles. Y hay momentos en que pienso que quizá pueda... —Miró hacia la caja del escritorio—. Pero no sé cómo estar bien todo el tiempo.

—No le estoy pidiendo eso —Eleanor lo observó—. Si vuelve a encontrarse como aquella tarde, despiértela —dijo él, señalando con la mirada la estancia de la señora Bell—. O despiérteme a mí. No espere a tener una explicación preparada.

Ella apretó el pañuelo.

—Me avergüenza necesitarlo.

Tavish se pasó la mano por la boca.

—Pues tendrá que soportar un poco de mi obstinación mientras se acostumbra.

No sonrió al decirlo. Eleanor tampoco, pero lo miró con algo que no había estado allí al comenzar la conversación.

Cansancio, todavía. Miedo.

Y la sorpresa de que él siguiera sentado en la misma silla.

Tavish subió a cubierta cuando la señora Bell entró para acompañarla a descansar.

Se quedó junto a la borda más tiempo del necesario. Había deseado saber y ahora tenía que aprender a soportar lo que sabía sin convertirlo en otra desgracia para Eleanor. Sin dejarse llevar por el impulso ni por el enfado.

Calum lo encontró allí.

—¿Todo bien?

Tavish negó antes de poder ofrecer una respuesta más cómoda.

Su compañero miró hacia la escotilla.

—¿Necesita el médico?

—Está descansando con la señora Bell.

Calum aguardó. Tavish sabía que podía contarle cualquier cosa y precisamente por eso no le contó aquella.

—No es asunto mío —dijo el marinero al comprender el silencio.

—No.

La respuesta salió demasiado seca. Calum no pareció ofenderse.

Le habló de la guardia y de un trabajo pendiente que no requería más de dos hombres. Tavish escuchó, dio las indicaciones y se ocupó después de revisar algo que podía haber encargado a cualquiera.

Necesitaba hacer una cosa que tuviera un principio y un final.

Al cabo de un rato se descubrió pensando en el nombre que Eleanor no había dicho. Apretó la mano contra la madera hasta sentir la rozadura de los nudillos.

Un nombre no cambiaría lo que ella acababa de confiarle.

Aunque sus puños encontrarían bastante alivio, desde luego.

Lo que más lo enfurecía no era solo el daño. Era que Eleanor hubiera pasado todos aquellos meses convencida de que un hombre como él la despreciaría por lo que había sufrido.

Había tenido miedo de contárselo.

Ahora estaría esperando que la tratara de otra manera, que la rechazara.

Tavish volvió hacia la escotilla.

Antes de bajar, pidió al muchacho que llevaba la cena que no olvidara el pan que Eleanor había preferido la noche anterior.

Era una cosa pequeña. No reparaba nada.

Pero aquella noche podía empezar por no hacerla sentirse una desconocida.

Eleanor escuchó los pasos de Tavish antes de que llamara.

Había pasado la tarde esperando aquel momento y deseando que se retrasara. Mientras él estaba delante había conseguido sostener parte de la conversación; después, a solas con sus pensamientos, empezó a recordar cada frase y a preguntarse por qué había dicho tanto.

La señora Bell no le hizo preguntas. La ayudó a lavarse el rostro, le acercó una taza y permaneció con ella hasta que dejó de temblar.

Ahora la viuda estaba en la cámara contigua, ocupada en guardar unas prendas. Había dejado encendida una lámpara y la puerta abierta lo suficiente para que Eleanor pudiera llamarla.

Tavish aguardó a que le permitiera entrar.

Tavish llevaba el cabello rojizo recogido hacia atrás, aunque algunos mechones rebeldes le caían sobre la frente.

Sostenía la chaqueta sobre uno de sus musculosos antebrazos y la camisa de lino, ligeramente abierta en el cuello, dejaba entrever la piel bronceada de su pecho.

El cansancio no restaba atractivo a sus facciones varoniles ni a la firmeza de su mandíbula.

Al contrario, había algo irresistiblemente seductor en aquel capitán de hombros anchos y mirada avellana, que incluso con el hombro herido conservaba el porte orgulloso de un guerrero de las Highlands.

—La señora Bell dice que apenas ha cenado —comentó Tavish.

Eleanor bajó los ojos.

—No tenía hambre.

Él dejó una pequeña bandeja sobre el escritorio.

—Entonces tendrá ocasión de rechazar una segunda cena. No quiero que diga que en mi barco no se ofrecen alternativas.

Eleanor miró el pan, el queso y la taza.

—¿Ha venido a vigilarme?

—He venido a sentarme. Si me permite recuperar una de mis sillas.

La normalidad de su tono estuvo a punto de hacerla llorar otra vez.

Asintió y Tavish se acomodó a poca distancia. No abrió la caja de documentos ni fingió buscar un papel. Se quedó allí, con una mano sobre la rodilla y la otra recogida cerca del cuerpo.

Eleanor partió un trozo de pan solo para tener algo que hacer.

—Ha estado mucho tiempo arriba.

Él la miró.

—Tenía que ocuparme del barco —Ella asintió, avergonzada de haber parecido reclamar su presencia.

Tavish esperó unos segundos—. Y necesitaba ordenar lo que me había contado —Eleanor dejó el pan.

Él no desvió los ojos—. No voy a mentirle para que crea que lo escuché y dejé de pensar en ello al cruzar la puerta.

—No esperaba eso.

—Pero esperaba que no volviera.

Eleanor no encontró cómo negarlo.

Tavish apoyó el antebrazo sano sobre el escritorio.

—Aquí estoy.

La sencillez de aquellas palabras le dolió de una manera distinta. Había preparado argumentos para soportar la compasión, una despedida cortés o la incomodidad de un hombre que ya no supiera conversar con ella.

No había preparado nada para Tavish sentado en su silla, esperando sin apartar los ojos.

—No quiero que se quede porque le doy lástima.

Una arruga apareció entre sus cejas rojas.

—Llevo meses buscando razones para estar con usted. No ha conseguido cambiar eso esta tarde.

Eleanor miró hacia la taza. La emoción le cerraba la garganta, pero esta vez no era únicamente vergüenza.

—No sabía que seguía queriendo verme.

Tavish soltó una respiración breve.

—La he invitado dos veces a Skye, inglesa. Empiezo a sospechar que mis intenciones necesitan explicaciones demasiado extensas.