La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Ella lo observó con una angustia que empezó a impacientarlo, no porque tardara en hablar, sino porque parecía esperar de él algo terrible.

—No está bien —susurró—. Usted no lo sabe todo.

—Entonces diga lo que pueda.

Eleanor retiró las manos del libro y las escondió en el regazo.

—Si lo supiera todo de mí, no me querría cerca.

Tavish sostuvo su mirada.

—Eso no lo decida por mí.

—No diga eso antes de escucharme.

La voz de Eleanor tembló de tal manera que Tavish sintió una necesidad casi dolorosa de levantarse, estrecharla contra su pecho y protegerla de cuanto pudiera hacerle daño.

Habría dado cualquier cosa por borrar aquel sufrimiento de sus ojos.

Pero se obligó a permanecer sentado, consciente de que incluso sus brazos, en los que tanto deseaba cobijarla, podían atormentarla.

—La estoy escuchando.

Ella abrió la boca y volvió a cerrarla. Miró el libro, la lámpara apagada, el pequeño espacio que quedaba entre la silla de Tavish y la puerta. Él se preguntó cuántas veces habría intentado encontrar palabras para aquello y cuántas habría renunciado por miedo a lo que viniera después.

Cuando habló, lo hizo sin mirarlo.

—Hubo un hombre durante aquel viaje —Tavish apenas respiró—. No quería estar con él. No le di motivos para creerlo. No...

—Eleanor —Ella levantó los ojos, alarmada. Él tuvo que obligarse a aflojar la mandíbula antes de continuar—. No le he pedido que se defienda.

Aquello pareció dejarla sin nada a lo que sujetarse. Sus ojos se llenaron de lágrimas y bajó el rostro con una vergüenza que a Tavish le resultó insoportable.

—Me forzó —dijo Eleanor—. Le pedí que me dejara. Se lo pedí, señor MacKinnon.

La última frase casi no tuvo voz. Eleanor lo miraba con los labios temblorosos, como si necesitara que la creyera antes de atreverse a respirar.

Había conseguido pronunciarlo, pero no parecía sentir alivio; seguía sentada ante él, con el pañuelo retorcido entre los dedos, esperando descubrir qué acababa de perder al contárselo.

Tavish sintió que se le endurecía el cuerpo entero.

Lo había sospechado. Había reconocido demasiado miedo en aquella necesidad de encontrar una puerta, en la forma en que se apartaba cuando una mano se acercaba sin avisar.

Pero ninguna sospecha lo había preparado para escucharla decir que había suplicado.

Para saber que alguien había tenido a Eleanor delante, aterrorizada, pidiéndole que se detuviera, y había continuado.

—¿Quién fue?

La pregunta salió baja y brutal, despojada de toda cortesía.

Eleanor se encogió en la silla.

Tavish se levantó de golpe. Necesitaba moverse, encontrar algo que hacer con aquella rabia antes de que lo desbordara.

La silla raspó el suelo y ella apretó los dedos sobre el pañuelo.

Al verla seguir sus movimientos con los ojos, comprendió que estaba esperando otro estallido del que tendría que protegerse.

Se volvió hacia el escritorio en lugar de acercarse a ella. Apoyó la mano sana sobre la madera y cerró los dedos alrededor del borde hasta que le dolieron los nudillos. Podía dar órdenes a toda una tripulación sin vacilar; ahora tuvo que esforzarse para que su propia voz le obedeciera.

—No tiene que decirme su nombre ahora —la quiso tranquilizar, a pesar de su voz grave y endurecida.

Eleanor permaneció inmóvil. Cuando él la miró, encontró una expresión que le hizo comprender cuánto podía herirla incluso sin tocarla.

—Se ha enfadado —musitó ella.

—Sí.

Ella bajó la cabeza de inmediato.

—No con usted —añadió Tavish, apartándose del escritorio—. Eleanor, no con usted.

Se detuvo a la misma distancia de antes.

Ella había recogido las manos sobre el regazo y trataba de secarse una mejilla sin mirarlo.

El gesto le produjo una necesidad dolorosa de abrazarla, de interponer su cuerpo entre ella y todo cuanto todavía pudiera alcanzarla.

Pero no iba a imponerle sus brazos después de escuchar lo que acababa de confiarle.

—No me mira como antes —murmuró ella.

Tavish tragó saliva. La confesión estaba convirtiéndose, ante sus ojos, en aquello que ella había temido durante meses.

—Porque estoy intentando dominar las ganas de encontrar al miserable que le hizo eso —respondió con aspereza—. No porque haya cambiado lo que pienso de usted.

Eleanor sacudió ligeramente la cabeza.

—No pude impedirlo, señor MacKinnon.

Aquellas palabras terminaron de desarmarlo. No había una acusación contra el hombre en su voz, sino contra sí misma, y Tavish comprendió que llevaba demasiado tiempo repitiéndosela.

Volvió a sentarse. La rabia no había disminuido, pero Eleanor necesitaba poder mirarlo sin levantar la cabeza como si aguardara una sentencia.

—Le pidió que la dejara —dijo Tavish, contemplando con dolor cómo Eleanor lloraba con la cabeza inclinada y los mechones rubios ocultándole el rostro—. Él era quien no debería haberla tocado, inglesa. Usted no tenía que seguir suplicándole.

El rostro de Eleanor se contrajo. Se llevó el pañuelo a la boca, pero no consiguió ahogar el sollozo.

Tavish se inclinó hacia ella, dominando el impulso de estrecharla entre sus brazos.

Le destrozaba verla llorar de aquella manera y no poder hacer nada para aliviar su sufrimiento.

Habría dado cualquier cosa por haber estado allí aquel día, por haber impedido que aquel miserable le pusiera una mano encima.

Pero el daño ya estaba hecho, y lo único que podía ofrecerle ahora era la certeza de que jamás volvería a estar sola mientras él pudiera evitarlo.

—Escúcheme bien, Eleanor —pidió él, intentando suavizar su voz—. No voy a pedirle cuentas por lo que hizo ese hombre. Ni voy a sentarme aquí a decidir si se defendió lo suficiente para merecer mi respeto. No tiene que ganárselo contándome cuánto sufrió.

Ella lo miró a través de las lágrimas.

—Creí que, cuando lo supiera...

Tavish negó despacio, sin permitir que tuviera que terminar.

—Ahora lo sé —dijo, con la voz ronca—. Y sigo queriendo estar aquí, con usted.

Eleanor se llevó el pañuelo a los labios. Tavish esperó hasta que pudo volver a mirarlo.

—Mi tía lo sabe —dijo—. Ella estuvo conmigo después. Hizo cuanto pudo. Pero desde entonces todo... Todo parece tratar de lo que todavía puede salvarse, como si estuviera rota.

Tavish recordó las palabras de Beatrice en su camarote.

«Lo poco que todavía podían salvar».

Había oído aquella frase sin conocer todo su alcance.

Ahora lo conocía.

—Por eso pensó que debía aceptar a Alderwick —comprendió.

Eleanor asintió.

—Es un buen hombre. No me ha hecho nada. Solo intentaba ayudar a la familia.

—Lo comprendo.

—Y, aun así, no podía. No podía sentarme delante de él y fingir que estaba agradecida de que no quisiera hacer preguntas.

No podía pensar en casarme y... —Su respiración se quebró.

Tavish esperó, inmóvil, hasta que volvió a encontrarla—.

Y usted era peor —añadió ella. Él levantó lentamente la cabeza.

Eleanor lo miró con desesperación—. No porque me tratara mal.

Porque con usted sí importaba. Lo que pudiera pensar.

Cómo fuera a mirarme cuando lo supiera. Con los demás podía soportar la cortesía. Con usted no habría soportado...

Dejó la frase y se cubrió el rostro enrojecido por la vergüenza y el dolor.

Tavish se quedó observándola. Aquella confesión le habría producido una alegría feroz en cualquier otra circunstancia. Ahora solo le hizo comprender cuánto había ocurrido en la biblioteca de Blairmuir sin que él alcanzara a verlo.

Ella no había querido que se marchara.

Había querido adelantarse a una despedida que daba por inevitable.

—¿Por eso me dijo que no deseaba que volviera?

Eleanor asintió detrás del pañuelo.

Tavish bajó la vista hacia sus propias manos. Había pasado meses recordando aquella noche, enfureciéndose por lo que ella dijo y arrepintiéndose de algunas de sus respuestas. ¿Cuándo aprendería a dominar sus impulsos?

—Me habría gustado saberlo —murmuró.

—No podía arriesgarme.

Él volvió a mirarla.

—Y, sin embargo, acaba de hacerlo.

Eleanor dejó caer el pañuelo sobre el regazo. Tenía los ojos enrojecidos y una expresión exhausta.

—Ahora ya sabe que no soy la mujer que imaginaba.

Tavish se inclinó un poco, sin acercar las manos.

—Sé que un hombre la forzó. No me ha contado nada que deba avergonzarla a usted.

—Eso es fácil decirlo.

—No hay nada fácil en escucharla pedir perdón por lo que hizo otro.

Eleanor se quedó callada.

Él sintió otra vez las ganas de exigir un nombre, de levantarse y encontrar alguna manera de hacer algo con la furia. Pero había visto demasiadas veces cómo ella terminaba consolando a quienes se preocupaban por su sufrimiento.

No iba a obligarla a tranquilizarlo también a él.

—No sé cómo dejar de pensar en ello —dijo ella al cabo de un rato—. A veces estoy bien. Leo, hablo con alguien y durante un momento no ocurre nada. Después un hombre se acerca, o no puedo salir cuando quiero, y vuelvo a sentir que lo que diga no servirá de nada.

Tavish asintió despacio.

Ahora entendía el arroyo. La puerta. La manera en que Eleanor había intentado apartarse de sus brazos mientras él creía estar ayudándola.

—Por eso cuando la sujeté...

Ella cerró los ojos.

—Sabía que era usted. Pero no conseguía sentirlo.

Tavish apoyó la espalda en la silla. Aquella explicación le dolió más que el rechazo de su contacto.

Eleanor lo miró con una inquietud nueva.

—No quiero que ahora tenga miedo de acercarse.

Él dejó escapar el aire lentamente.

—No es acercarme lo que me da miedo.

—¿Entonces?

Tavish sostuvo su mirada.

—Equivocarme y no darme cuenta.

Eleanor bajó los ojos. Durante unos segundos ninguno habló.

—El día de Portsmouth no quería seguir —murmuró ella—. No pensaba en nada después. Solo quería dejar de sentirme así.

Tavish sintió el recuerdo del agua cerrándose alrededor de su pecho y se obligó a permanecer quieto.

—¿Se siente así ahora?

Ella tardó en responder.