Capítulo 11
La segunda mañana de navegación, Eleanor descubrió que podía seguir las órdenes de Tavish sin entender casi ninguna de las palabras que empleaba.
Le bastaba observar a sus hombres. Cuando él alzaba la voz, alguien soltaba un cabo, otro cambiaba de posición y una parte de la vela empezaba a moverse sobre sus cabezas.
Nada parecía ocurrir por casualidad, aunque desde su silla le resultara imposible distinguir lo urgente de lo que podía esperar.
Tavish, en cambio, lo sabía antes de que los demás terminaran de hacerlo.
—Por ese lado no —advirtió a un marinero—. Dale espacio a Calum.
El hombre corrigió el paso. Tavish esperó a que terminaran la maniobra antes de acercarse a comprobar algo junto al mástil. Mantenía el brazo lastimado cerca del cuerpo, pero aquello no le impedía gobernar la cubierta con una autoridad que nadie parecía dispuesto a discutir.
Llevaba la chaqueta abierta sobre la camisa de lino y el cabello recogido en dos trenzas que el viento había empezado a deshacer junto a las sienes.
Cuando se inclinó, la tela se tensó sobre su espalda.
Eleanor siguió el movimiento de su mano sana hasta que comprendió que había dejado de observar el trabajo.
Bajó los ojos hacia el libro abierto sobre su regazo.
No consiguió recordar qué estaba leyendo.
La señora Bell se encontraba al otro lado de la cubierta, examinando con uno de los marineros un pequeño desperfecto en la silla que utilizaba.
Eleanor podía llamarla si necesitaba ayuda.
También podía regresar al camarote. Se había repetido ambas cosas al subir, y saberlas seguía siendo importante.
—¿Ha encontrado alguna incorrección?
Eleanor levantó la cabeza. Tavish se había detenido a unos pasos de ella.
—¿En el libro?
—En mi manera de gobernar. Lleva un rato examinándola con bastante atención.
—Estaba observando a su tripulación.
Él miró por encima del hombro.
—Entonces tendrá que girar un poco más la cabeza. Mis hombres están allí.
Eleanor sintió calor bajo el cuello del vestido.
—Es difícil no verlo cuando se coloca en medio de todo.
—Suele ser donde más falta hago.
Calum pasó junto a ellos con un cabo enrollado.
—Eso dice también cuando no hace falta.
—¿Has terminado? —preguntó Tavish.
—Con el cabo, sí.
—Me refería a hablar.
Calum siguió su camino, sonriendo, y Eleanor tuvo que ocultar la suya mirando de nuevo el libro. Tavish se dio cuenta.
—No lo anime. Ya tiene demasiada confianza.
—Empiezo a comprender cómo consigue soportarlo.
—Me temo que está usted formando una opinión bastante injusta de mí.
Eleanor apretó los labios, y se quedó callada por unos segundos.
—¿Quiere regresar al camarote?
Tavish apoyó la mano en el respaldo de su silla. No se inclinó sobre ella, pero la proximidad bastó para que Eleanor reparara en la línea de su mandíbula, en el cabello más rojizo de la barba y en la boca que conservaba aquella expresión de diversión.
—No es el mar, señor MacKinnon.
—No he dicho que lo fuera, milady.
—Me lo pregunta cada vez que dejo de hablar.
Había algo de irritación en su voz. Tavish la recibió con más interés que disgusto. Desde que salieron de Portsmouth había estado pendiente de sus silencios, intentando decidir cuáles pertenecían al cansancio y cuáles exigían que se acercara.
No parecía estar acertando demasiado.
—También podría ocurrir que me preocupe su comodidad.
Eleanor volvió hacia él el rostro.
—Entonces puede preguntar si estoy cómoda.
—¿Lo está?
Ella miró la silla.
—Lo estaría más si este barco tuviera muebles escogidos por alguien que hubiera pensado sentarse en ellos.
Tavish sonrió antes de poder evitarlo.
—Presentaré una queja al propietario.
—Hágalo. Parece bastante satisfecho con unas condiciones lamentables.
La señora Bell, ya sentada a poca distancia, empezó a coser como si no hubiera escuchado nada. Tavish vio moverse una comisura de su boca y decidió ignorarla.
Eleanor volvió a mirar el agua. Un velero avanzaba más cerca de tierra y ella lo siguió con atención, sin recogerse en la silla cuando el Ròs na Mara cambió ligeramente de inclinación.
Tavish recordó entonces algo que había observado aquella mañana.
Eleanor había atravesado la cubierta apoyada en el brazo de la señora Bell, atenta a dónde ponía los pies, pero sin angustia.
Fue al llegar a la entrada de los camarotes cuando se detuvo.
Un marinero ocupaba el paso mientras trasladaba un cajón y ella esperó a que se apartara, inmóvil, aunque quedaba espacio suficiente para cruzar junto a él.
No había sido el movimiento del barco.
—En Blairmuir me dijo que no temía ahogarse —recordó él.
Los dedos de Eleanor dejaron de moverse sobre el tartán.
—Lo recuerdo.
—Yo también.
Ella miró hacia la señora Bell y después hacia los hombres que trabajaban en cubierta. Tavish comprendió que aquel no era el lugar para continuar.
—Estaré abajo después de la comida —dijo él—. Hay algo de lo que deberíamos hablar.
Eleanor levantó los ojos.
—¿Deberíamos?
—Sí. Y no tiene nada que ver con mis antepasados.
La vio prepararse para negarse. La conocía lo suficiente para reconocer la barbilla alzada, la respiración contenida antes de escoger una respuesta que pusiera distancia entre ambos.
Pero esta vez no encontró las palabras.
Tavish se apartó antes de que tuviera que buscarlas por obligación.
—No voy a presentarme sin llamar, inglesa.
Ella bajó la mirada hacia el libro.
—Eso sería una novedad.
Él habría disfrutado más de la réplica si no hubiera visto el esfuerzo que le había costado pronunciarla.
La señora Bell estaba en la cámara contigua cuando Tavish bajó. Eleanor había pedido que le sirvieran allí la comida y había comido lo suficiente para que la viuda dejara de observar su plato. Ahora permanecía sentada ante el escritorio, con un libro cerrado bajo las manos.
Tavish llamó al marco de la puerta.
Ella levantó la cabeza.
—Adelante.
Entró y dejó el abrigo sobre un respaldo. No llevaba papeles ni había inventado una consulta para justificar su presencia. Eleanor reparó en ello antes de mirar hacia la puerta.
Él la dejó entornada, como estaba.
—¿Va a preguntarme otra vez qué ocurrió en Portsmouth?
Tavish tomó la otra silla.
—He comprendido lo que ocurrió en Portsmouth —Eleanor apretó las manos sobre el libro. Él se sentó sin acercar la silla a la suya—. No creo que se cayera al agua. Dejé de creerlo antes de que saliéramos del puerto.
Ella giró el rostro hacia el pequeño portillo acristalado de su camarote. Tavish le había cedido aquella estancia pocos días antes de zarpar de Portsmouth, trasladando sus pertenencias a otro alojamiento del barco para que Eleanor dispusiera de mayor intimidad.
No era una habitación espaciosa, pero sí acogedora.
Tenía una cama de madera con cortinas de algodón, un pequeño armario, una cómoda y una mesa donde la señora Bell había colocado algunos de sus libros.
Sobre la cama descansaba el tartán de los MacKinnon, que Eleanor había terminado por utilizar más que sus propios chales.
El portillo dejaba entrar la claridad de la tarde y ofrecía una vista limitada del mar. Desde allí podía distinguir las olas deslizándose junto al casco y, cuando el barco se inclinaba ligeramente, una franja de cielo sobre el horizonte.
Tavish se había ocupado personalmente de que no le faltara ninguna comodidad. Incluso había ordenado colocar una cerradura en la puerta que Eleanor pudiera accionar desde el interior, un detalle que ella había agradecido más de lo que se había atrevido a expresar.
—No voy a reprochárselo —añadió Tavish—. Tampoco voy a utilizarlo para decidir por usted cada cosa que haga a partir de ahora.
Ella lo miró entonces.
—Ha decidido bastantes cosas desde que me encontró.
—Y ha tenido usted la consideración de señalarme cada una.
La respuesta no consiguió una sonrisa, aunque Eleanor dejó de apretar tanto el libro.
Tavish se inclinó ligeramente hacia delante y apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
La postura acentuó la anchura de sus hombros y la poderosa musculatura de su cuerpo.
Un mechón rojo le cayó sobre la frente, mientras sus ojos avellana permanecían fijos en Eleanor con una intensidad que realzaba el atractivo de su rostro masculino.
—Lo que quiero entender es por qué teme quedarse conmigo en una habitación y, otras veces, me pide que no me marche —El color desapareció lentamente de las mejillas de Eleanor.
Él vio el daño que podía hacer aquella pregunta si no terminaba de explicarse—.
No estoy pidiéndole que se disculpe. Quiero dejar de equivocarme cada vez que intento acercarme.
Eleanor bajó los ojos. Una uña se deslizó por el borde de la encuadernación hasta detenerse en una esquina desgastada.
—No le tengo miedo a usted —Tavish esperó—. Sé que es un hombre honorable y sé que no ha hecho nada para que deba temerlo. Y, sin embargo...
No terminó.
Desde la cámara contigua llegó el leve sonido de la señora Bell dejando una taza. Eleanor miró hacia la puerta, pero la mujer no apareció.
Tavish bajó la voz.
—Ocurrió en un barco —dijo él, señalando lo único que había comprendido hasta el momento.
Ella lo miró bruscamente.
No era una pregunta. Él llevaba demasiado tiempo reuniendo fragmentos como para seguir fingiendo que no encontraba ninguna relación entre ellos.
—Por eso no podía subir a bordo —continuó él—. No por las olas ni por la profundidad del agua.
Eleanor apartó una mano del libro y se la llevó al cuello del vestido.
—No temo que el barco se hunda.
Tavish permaneció quieto.
—Temo que vuelva a ocurrir —dijo ella, casi sin voz—. Estar lejos de tierra. No poder salir. Que un hombre decida que lo que yo quiera no tiene ninguna importancia.
Él sintió que los dedos se le cerraban sobre las rodillas. Había sospechado algo semejante, pero escucharla decirlo convirtió la sospecha en una imagen que tuvo que rechazar antes de permitir que ocupara la habitación.
—¿Eso fue lo que pasó?
Eleanor negó de inmediato, aunque no parecía estar negando sus palabras.
—No puedo...
Tavish se enderezó.
—Está bien.