La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 10 #5
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Capítulo 10 #5

Tavish había dispuesto una silla en un lugar resguardado, cerca de la escotilla y lejos del paso de los hombres. La señora Bell la acompañó; él las recibió arriba y se apartó para que Eleanor pudiera escoger dónde apoyarse sin tener que tomar su brazo.

Llevaba un vestido oscuro, una capa abrochada hasta el cuello y el cabello recogido con un cuidado que no disimulaba por completo su cansancio. Se detuvo al sentir el aire en el rostro.

Tavish esperó.

—Puedo volver abajo —murmuró Eleanor, mirando con inquietud la cubierta.

—Puede hacerlo cuando quiera, inglesa.

Ella dirigió una mirada hacia la escotilla, pero finalmente avanzó hasta la silla que habían preparado para ella y apoyó una mano en el respaldo.

Calum aguardaba junto al timón. Los marineros ocupaban sus puestos, esperando las órdenes de su capitán.

Eleanor levantó los ojos y descubrió que Tavish seguía observándola.

—No tiene que vigilar cada uno de mis movimientos, señor MacKinnon.

—¿Y perderme la oportunidad de escuchar su primera queja de la mañana? Sería una lástima.

—No pensaba quejarme.

Tavish arqueó una ceja.

—Entonces no ha probado esa silla.

Eleanor lo miró con indignación antes de sentarse.

—Es bastante incómoda.

Una sonrisa insolente apareció en los labios del capitán.

—Ahí está. Empezaba a preocuparme que el mar me hubiera devuelto a una inglesa distinta.

La señora Bell se ocupó de acomodar una manta mientras Eleanor bajaba el rostro. Tavish alcanzó a verle la sonrisa y tuvo que hacer un esfuerzo para regresar a su trabajo.

Dio las primeras órdenes. La embarcación respondió poco a poco, con el movimiento de los hombres, la tensión de los cabos y el cambio del agua contra el casco. Tavish conocía cada sonido; aun así, aquella mañana se descubrió escuchándolos como si pudiera escoger cuáles llegaban hasta Eleanor.

No miró hacia ella durante la parte más delicada de la maniobra. Calum necesitaba sus indicaciones y él no iba a ponerlos a todos en dificultades por comprobar una expresión que no podía remediar desde el timón.

Solo cuando quedaron encaminados hacia la salida permitió que su compañero lo relevara.

Eleanor seguía sentada. Tenía las manos unidas sobre la manta y los ojos en la costa que empezaba a desplazarse junto a ellos.

Tavish se detuvo a su lado.

—¿Quiere volver al camarote?

Ella negó.

—No sabía que alejarse tan despacio pudiera notarse tanto.

Él miró las casas, los muelles y el espacio de agua que iba quedando atrás.

Durante meses había buscado aquel litoral con una esperanza que no se había atrevido a reconocer. Ahora Eleanor estaba allí, temblando bajo una manta, sin haberle prometido nada que no fuera acompañarlo.

Le bastaba para que Portsmouth pareciera un lugar distinto.

—¿Seguimos hacia Plymouth? —preguntó ella.

—Si el tiempo nos permite mantener lo previsto.

—Y después, Escocia.

—Después, Escocia.

Eleanor volvió hacia él el rostro.

—No crea que he olvidado que le gusta dar órdenes.

Tavish apoyó la mano sana sobre el respaldo de la silla.

—Procure no decírselo a Calum. Lleva años esperando que alguien confirme sus sospechas.

Ella intentó sonreír, pero una oscilación del barco le hizo sujetarse con más fuerza. Tavish lo vio y se quedó quieto, sin tocarla ni fingir que no había ocurrido.

Eleanor tomó aire antes de volver a mirarlo.

—No he dejado de tener miedo.

—Ni yo de querer quitárselo.

Sus dedos continuaban blancos sobre la manta. Sin embargo, cuando el viento le soltó un mechón junto a la mejilla, consiguió levantar una mano para apartarlo.

—Tampoco he cambiado de idea, señor MacKinnon.

Tavish sostuvo su mirada hasta que Calum lo llamó desde el timón. Antes de regresar a su puesto, comprobó que la señora Bell tuviera cuanto necesitaba y dejó junto a la silla el tartán que se había quitado de los hombros.

Eleanor contempló la prenda durante unos instantes antes de acariciar la lana con los dedos. Reconoció los colores de los MacKinnon y sintió que el corazón le daba un vuelco.

Como historiadora, conocía las antiguas tradiciones de los clanes escoceses. Recordaba haber leído que, cuando un hombre envolvía a una mujer en su tartán, aquel gesto simbolizaba que la acogía bajo su protección y la reconocía como parte de los suyos.

Ahora tenía en su silla el tartán de Tavish MacKinnon.

Acarició la tela una vez más, imaginando por un instante lo que significaría pertenecer a aquel hombre. No como una posesión, sino como la mujer que él hubiera escogido para compartir su nombre, su hogar y su vida.

Sintió una punzada de tristeza. Tavish solo había querido protegerla del frío. No podía atribuir a aquel gesto un significado que él jamás le había dado.

Sin embargo, cuando se envolvió cuidadosamente en la lana, le pareció que todavía conservaba algo de su calor.

Tavish regresó al gobierno del  Ròs na Mara . A su espalda, las casas de Portsmouth empezaban a desdibujarse; delante se extendían las aguas por las que tendría que conducirlos y una travesía que no se parecía a ninguna de las que había imaginado.

Cuando volvió a mirar hacia Eleanor, descubrió que se había cubierto los hombros con su tartán.

Ella ya no contemplaba la costa.

Lo miraba a él.